Opinión

Impacto del TLCAN en la cotidianidad y la subjetividad de la clase “raspa” mexicana

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

Hay una fuerte discusión sobre si el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), firmado hace 20 años, así como otros (de corte neoliberal), pactados últimamente, han beneficiado a la economía mexicana. En relación con el primero, grandes empresarios o miembros del gobierno, no se cansan de insistir en que ha sido “todo un éxito”, pues gracias a él aumentó la exportación nacional y también la inversión extranjera en nuestro país. “Detalle sin importancia” es la tremenda asimetría en dicho intercambio, que da rienda suelta al flujo de norte a sur, pero impone severas restricciones de sur a norte, por no cumplir con los altos estándares de calidad, salubridad, etc., requeridos por EEUU o Canadá.

Se dice que el TLCAN era “inevitable” en un mundo globalizado, pero no nos explican por qué no se trató mejor con la ALBA, para fortalecernos con el proyecto alternativo latinoamericano.

Se dice que las exigencias del TLCAN (y demás tratados, pactos, reformas etc.) terminarán con la improvisación, ineficiencia, corrupción e ineptitud de las clases trabajadoras, con el paternalismo autoritario del gobierno, así como con el sindicalismo “alcahuete de holgazanes”, para dar lugar a una nueva era de progreso, en la que todos “habremos de ponernos las pilas y responder rápida, pertinente y eficientemente a los desafíos de la modernidad, si queremos estar a la altura”.

Sólo que la mayoría de la población no tiene idea de cómo hacerlo, ni ve en los hechos, el supuesto beneficio que dicho tratado ha traído.

Me atrevo a decir que tampoco la mayoría de quienes toman las decisiones de gobierno, entiende a ciencia cierta los vericuetos relacionales entre la macro y micro economía, como para poder justificar por qué firmaron lo que firmaron.

Lo que sí experimentan amplios sectores sociales es el aumento de las dificultades para sobrevivir, de la desigualdad, la violencia, la confusión, el miedo y la sensación de impotencia y desvalidez.

El TLC ciertamente ha aumentado los beneficios de los más pudientes (sinvergüenza clase política incluida), pero ¿qué pasa con el resto de la gente?; ¿cómo  ha impactado el TLCAN en la cotidianidad y subjetividad de los mexicanos “raspas”?

No cuento con datos precisos  sobre cuántos analfabetos hay en mi colonia (una de las más antiguas, ricas, densamente pobladas y desiguales de la capital queretana y similar a la mayoría de los suburbios “raspas” del país), pero cuando me reúno con los vecinos, me sorprende encontrar a tantos que nunca aprendieron a leer ni a escribir y que nunca han ido más allá de la zona conurbada. No me sorprende, en cambio, toparme con muchos otros que, a pesar de saber leer, simplemente “no se les da hacerlo” y actúan cual ágrafos. ¿Cómo enfrentan estas personas las exigencias de la nueva era y burocracia digital?

Observo a respetables mayordomos de las capillas virreinales de mi pueblo, campesinos de chicos, luego obreros, ahora vendedores por catálogo de productos de belleza. Observo a ancianos, trabajando de cerillos en los súpers (el nuevo hábitat recreativo de las mayorías, a falta de parques deportivos); habitantes de casas de cartón, cocinando con leña y viendo televisores de plasma; pepenadores indigentes, angustiados porque deben registrar en Hacienda su iris y huellas digitales; pequeños comerciantes que deciden cerrar y trabajar clandestinamente, para evadir la exigencia de dar facturas electrónicas (después de haber sido regañados por burócratas menores, porque “no hay pretexto; en cada esquina hay un ciber y  si usted no sabe, dígale a sus hijos que lo ayuden”); clase medieros, afectados de insaciabilidad, despilfarrando sus ingresos en chucherías superfluas; enormes filas de vecinos, tratando de reconectar “la luz”, pues falló la nueva “tarjeta inteligente” de la CFE.; pensionados, cuyas Afores perdieron la mitad de sus ahorros, por las fluctuaciones “naturales” de la bolsa; humildísimos ancianos ex-campesinos, que después de superar su temor a entrar al banco, no logran cambiar sus pocos dólares, pues carecen de cuenta; indígenas chambeando de payasos o malabaristas en la esquina, o tratando de ahorrar pa’ comprarse un cochecito y poder sortear los gravísimos problemas que trajo la Red Q; enfermos muy pobres, incapacitados por meses, que habrán de ser mutilados, si no van al médico particular, pues el seguro no les da medicamento o sólo puede atenderlos meses después; mil millones de pesos del erario, donados al hospital corrupto Teletón;  “sin sin”, apestando a cemento, dedicados al narcomenudeo, a la prostitución, al vandalismo; preocupante aumento de suicidios adolescentes (varios, por no vislumbrar futuro para ellos ni poder conseguir la prometida beca de estudios en “Extranjia”); adultos escondidos por no poder pagar sus créditos, o suicidas, después de perder su patrimonio en los tramposos casinos (antes prohibidos, ahora florecientes) …

¿Frente a esto que vemos cotidianamente “los raspas”, me pregunto qué es lo que ven nuestros gobernantes, para justificar las decisiones neoliberales que toman en nuestro nombre?

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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