Opinión

Infancias arrinconadas: estigmatización en el Barrio de San Francisquito

“La obra maestra de la injusticia es parecer justo sin serlo.”
Platón

En Querétaro, durante décadas, cientos de menores de edad aparecieron fotografiados por la prensa de nota roja en por lo menos dos de los diarios de mayor circulación de la ciudad: el Diario de Querétaro y Noticias de Querétaro; pero no sólo aparecieron sus caras y cuerpos, sino sus nombres completos y, en algunos casos, hasta sus domicilios particulares.

En la Facultad de Derecho estamos haciendo una investigación mixta sobre este tema, centrando nuestra atención en las décadas de los setenta, ochenta y noventa del siglo XX. Recorrimos ambos diarios por quinquenios (1975, 1980, 1985, 1990 y 1995), eligiendo dos trimestres en cada uno. Se obtuvo una muestra representativa de 342 fotografías que exhibe, de manera impune, a cientos de menores de edad precarizados y vulnerables, detenidos por la policía y retratados (y hasta acusados) por la prensa debido a una diversidad de supuestos delitos cometidos por ellos, como “inhalar cemento”, robo, lesiones, violación y hasta homicidio.

Tal vez esa prensa queretana ignoraba (o no le importaban) los derechos humanos y, en especial, los de los niños. Si bien es cierto que México adoptó las conocidas Reglas de Beijing en 1985 y la Convención de los Derechos de los Niños hasta 1989 –a pesar de lo cual siguieron publicando en nota roja muchas fotografías de menores de edad–, también es cierto que la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas lanzó la Declaración de los Derechos de los Niños desde 1959 y la presunción de inocencia era un derecho humano universal (artículo 11) desde 1948. A cientos de niños, niñas y adolescentes queretanos se les acusó y exhibió crudamente, sin un asomo de ética, como “drogadictos”, “delincuentes”, “gandules”, “raterillos” y demás. Eran los “desviados”.

Algunos de los barrios más mencionados en la prensa –ya sea porque ahí se cometía un ilícito o la detención, o bien porque era el lugar de residencia de los menores– eran El Tepetate, La Cruz, Lomas de Casa Blanca y San Francisquito; éste último es uno de los barrios más antiguos de la ciudad de Querétaro. Una de las familias, que vive ahí desde hace aproximadamente 60 años, nos abrió las puertas de su casa para contar su perspectiva respecto de cómo la prensa queretana dedicó líneas y líneas para estigmatizar tanto al barrio como a sus habitantes, además de exhibir en sus páginas a menores de edad supuestamente involucrados en actividades delictivas.

María es madre de ocho hijos. Creció en los andadores del centro de Querétaro y, por cuestiones de la vida, se mudó al barrio a vivir con su esposo. Todos sus hijos nacieron y crecieron en San Francisquito y, para sostener a la familia, ambos padres trabajaban. Ella cuenta que a sus hijos “siempre les dije ‘no quiero que provoquen nunca a nadie. No quiero que tomen nada que no sea de ustedes. Ustedes van a respetar a las niñas y a las personas mayores’. Creo les di principios”. Algunos de sus hijos formaron parte de una de las pandillas más famosas del Querétaro ochentero: “Los Ramones”. Ese nombre apareció en la prensa muchísimas veces cuando ésta pretendía (al menos en apariencia, pero sin mucho éxito que digamos) hacer labores de control social que, de todas maneras, tuvieron el efecto contrario.

De acuerdo con la familia, la pandilla de Los Ramones se distinguía, más que nada, por pelear. “No había pistolas, no había cuchillos. Eran trancazos a lo limpio (…) Y entonces de ahí empezó la publicidad de la prensa, a decir que era un barrio peligroso, que había una banda y que robaban y que mataban y que violaban. Todo eso es mentira. Eso no es cierto».

Uno de sus hijos, a quien llamaremos Miguel, participó de manera más activa en Los Ramones desde que tenía alrededor de 11 o 12 años y tanto el Diario de Querétaro como el Noticias (éste último con más saña, a decir de los entrevistados) publicaron su cara, nombre y domicilio, tan así que bastaba con que el joven se encontrara en la puerta de su casa para que llegara la policía y se lo llevara. María cuenta: “Sí, él era menor (…) decían que era un delincuente y que era un asesino, y que era un violador… Yo no sé si él vio la prensa. Yo la vi y la rompí, la verdad. Yo dije ‘no, no es verdad eso. Yo no quiero saber nada’. Total, que el caso es que a raíz de eso ya él no podía ni salir ni a la puerta porque llegaba la policía y se lo llevaba (…) Y eso vino a afectar, pues mi hijo se quedó marcado para siempre. O sea, hasta la fecha no ha podido superar eso. Y obvio, por consecuencia, pues nos afecta a todos los demás.”

Uno de los hermanos de Miguel, a quien llamaremos José Luis, también participó en la pandilla, pero de manera menos activa. Él narra cuáles fueron las consecuencias del acoso sistemático de la prensa queretana y la impunidad en la revelación de imágenes y datos personales en ella: “Yo veo a mi hermano, que ha luchado por… pues por hacer una vida, por cambiar su vida de antes (…) pero en muchos lados donde él se para, en cuanto saben que perteneció a esa banda, pues lo señalan y en unos cuantos días le dicen ‘pues gracias por tus servicios’ sin decirle más nada. O sea (…) le sigue esa sombra de los Ramones aquí en San Francisquito. Y porque la gente que conoce de esa… yo le llamo leyenda, o de ese pasaje que se vivió aquí en el barrio, pues al final del día, como lo dice mi mamá, no eran violadores, no eran asesinos, no eran asaltantes.”

Evidentemente, la prensa no se detuvo a reflexionar sobre el daño que causaba y actualmente nos preguntamos si acaso lo hace. Intentando ejercer un tipo de control social informal (autorizada o avalada por desconocemos quién), lo que se consiguió fue estigmatizar territorialmente al barrio y, además, a sus habitantes de manera personal. José Luis agrega: “yo creo que no nada más a mi familia, sino a muchas de las familias que vivían en San Francisquito en ese tiempo las marcaron y las dañaron”. Y pensando si el fin justificaría los medios, en realidad la publicidad que le dio la prensa al barrio y a Los Ramones surtió el efecto contrario: “Como que en lugar de apagarlos, los enardeció más, o sea, como decir ‘somos bien famosos, somos bien chingones y agárrense’”. Más aún, si en San Francisquito las pandillas eran tres o cuatro, “al final se sumaron a Ramones, todo el barrio era Ramones (…) Y los chicos, los más jóvenes, en este caso mis hermanos, los dos más chicos, yo los veía como que se envalentonaban y hasta me acuerdo que guardaban los recortes del periódico…”, comentó finalmente José Luis.

Desprestigio, aislamiento e ira, de acuerdo con los informantes, fue el resultado de que la prensa de esa época pretendiera ejercer funciones de control exhibiendo menores de edad en sus páginas. Aunque actualmente esta práctica ha sido erradicada de los medios de comunicación en general, puede destacarse que para todos los niños, niñas y adolescentes que salieron retratados en la nota roja de la prensa queretana no existe el derecho al olvido. La libertad de prensa, en ese entonces, pasó por encima de los más vulnerables alimentando su estigmatización.

“¿Y cómo respondió el barrio de San Francisquito a todo esto?”, le preguntamos a José Luis.
Él respondió: “El barrio unido, el barrio fiel”.


[1] Apartado 8. Protección de la intimidad. 8.1 Para evitar que la publicidad indebida o el proceso de difamación perjudiquen a los menores, se respetará en todas las etapas el derecho de los menores a la intimidad. 8.2 En principio, no se publicará ninguna información que pueda dar lugar a la individualización de un menor delincuente (Reglas de Beijing, 1989). https://www.ohchr.org/es/instruments-mechanisms/instruments/united-nations-standard-minimum-rules-administration-juvenile

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