Opinión

José Emilio Pacheco

Por: Salvador Rangel

Para bien o para mal, la participación de la Selección Nacional de Futbol en el Mundial de Brasil ha terminado; sentimientos encontrados, sesudos y profundos comentarios se han vertido… y los que faltan.

Así que ahora podemos regresar a lo cotidiano, a lo sencillo, a lo terrenal. Y qué mejor forma que recordar al maestro José Emilio Pacheco, que en su novela “Las batallas en el desierto” narra los encuentros de futbol que se escenificaban en el patio terregoso de la escuela primaria, donde se ponía toda la garra en el pase y se coronaba con un grito al anotar gol.

Hombre que deja huella en el ámbito intelectual, ajeno a los reflectores. En “Las batallas del desierto”, describe la primera sensación del amor infantil hacia una mujer mayor de edad. Deja un fiel retrato del gobierno del presidente Miguel Alemán y de la doble moral de la sociedad. Su narración inspiró una canción que interpreta Café Tacvba. Su novela, desarrollada en la Ciudad de México, en la colonia Roma, fue llevada al cine, dirigida por Alberto Isaac, en 1987.

Pero no nada más es un narrador, es poeta, guionista de la película El castillo de la pureza, en 1972, basada en un hecho real sucedido en la Ciudad de México, en 1950; cuando el conductor de un autobús pierde el control y se estrella contra el muro de una casa, al abrirse un boquete salen unos jóvenes, con el cabello sucio, desaliñados. Porvenir, Utopía y Libertad nunca habían salido de su casa; su padre, un ingeniero químico que con la ayuda de su familia elaboraba productos contra insectos, los tenía recluidos. Al igual que su esposa, justificaba el encierro de los jóvenes diciendo que así les evitaban la maldad de la sociedad. Estuvieron secuestrados por 18 años. Otro guión de José Emilio Pacheco es que el hizo para la película El lugar sin límites.

Pacheco estudió la carrera de Derecho y Letras en la UNAM; pertenece a la llamada “generación del medio siglo”, en la que figuran -entre otros- Carlos Monisváis, Sergio Pitol, Vicente Leñero, Eduardo Lizalde, Salvador Elizondo…

Pacheco recibió innumerables premios, entre ellos el Magda Donato -en 1967- por Morirás lejos. También recibió innumerables reconocimientos Honoris Causa por parte de diversas universidades.

Colabora en el periódico Excélsior, con su columna Inventario, hasta la intromisión del gobierno de Luis Echeverría Álvarez, en 1976. Al igual que muchos columnistas, emigra del periódico y se va con el exdirector de Excélsior, Julio Scherer García, a Proceso, donde se pueden encontrar colaboraciones en el primer número de la revista, aparecido noviembre de 1976.

Por su producción calculada en 7 mil columnas, recibió el Premio Nacional en Divulgación Cultural, en 1980; José Emilio Pacheco no acudió a recibirlo de manos del entonces presidente José López Portillo.

El 21 de abril de 2010, decide dejar un paquete con una serie de objetos en la Casa de las Letras del Instituto Cervantes, para que se abierto dentro de cien años, en el 2110. Al momento de depositarlos, expresó: lo dejo para que quien abra esto dentro de cien años sepa quién fui, porque no creo que nadie recuerde mi obra.

Y el 24 de enero de este 2014, al terminar de escribir en su estudio un artículo que tituló “La travesía de Juan Gelman”, se desvaneció, para fallecer dos días después. Propiamente, murió escribiendo.

Y los nostálgicos recuerdan a José Emilio Pacheco, quien en una entrevista dijo: Hay dos amores dramáticos: los de los niños y los de los ancianos; son imposibles.

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