Opinión

Jóvenes Politólogos (I)

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

A los jóvenes de la generación 2009-2013 de la Licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública de la FCPyS-UAQ.

Una pregunta más:

Un libro y un cuaderno cuestan 110 pesos, el libro cuesta 100 pesos más que el cuaderno ¿cuánto cuesta el cuaderno? Tómense 20 segundos para responder.

Si contestaron 10 pesos, la respuesta fue de botepronto, rápida, atractiva, pero errónea.

Si contestaron 5 pesos, la respuesta fue más lenta, exigió más concentración y pensar sistemáticamente.

Tenemos dos formas de pensar, dice Kanheman, una rápida y otra lenta. La primera es emotiva, automática, hasta cierto punto descontrolada, caprichosa; la segunda es de mayor concentración, racional, discrimina opciones.

Daniel Kanehman es un psicólogo al que concedieron, en 2002, el Premio Nobel de Economía “por haber integrado aspectos de la investigación psicológica en la ciencia económica, especialmente en lo que respecta al juicio humano y la toma de decisiones bajo incertidumbre”.

También los politólogos pueden ganar el Premio Nobel de Economía, por ejemplo Elinor Ostrom, quien lo ganó en 2009.

Hace poco presencié una conferencia dictada por uno de los sociólogos europeos más reconocidos a nivel mundial. Más reconocido es un decir. Hay más gente que conoce y reconoce, por ejemplo, al maestro Yoda, a Severus Snape, Salma Hayek o Luis Miguel que a FRANÇOIS DUBET, nombre del sociólogo que comento.

Dice Dubet que hoy prevalece una sensación de las transformaciones en grande, que la vida social se dispersa, cambia, se disgrega. Las culturas nacionales están cada vez más mezcladas con las culturas internacionales.

En esas grandes transformaciones la pregunta que orienta al pensamiento lento es cómo hacen los individuos para vivir en esta especie de desorden que llamamos sociedad. Así, el papel del sociólogo, como del politólogo y cualquier otro científico social es sencillo. Basta con ser lo más objetivo posible de manera que la ideología no esconda la vida social que realmente vivimos.

La sociedad está invadida por una multitud de actores en donde ninguno es el actor dominante. Tal vez alguno sea más espectacularmente visible, como los narcotraficantes y la violencia que les acompaña, pero no dominan.

Si comparo mi juventud, nací en 1959, con la de ustedes, jóvenes, pienso que en el mundo, este mundo que llamamos occidental, experimentó una gran transformación a la que podemos caracterizar como giro de 180 grados, que lo que estaba arriba ahora está abajo.

En aquellos años los jóvenes podíamos tener muchas angustias, inevitables en esa etapa de la vida, pero teníamos la certidumbre de que con cierto esfuerzo tendríamos ganada la integración económica y profesional en la sociedad.

Un título profesional era inmediatamente útil, y si no se tenía título de todos modos había empleos. Se tenía la sensación, no necesariamente consciente, de que había un lugar que nos esperaba en la sociedad.

Pensábamos que la sociedad era culturalmente vieja, atrapada en valores religiosos, conservadora, opresiva, que rechazaba a la juventud, la sexualidad, la o las libertades. Fue la época del México de Avándaro y las movilizaciones que acabaron en Tlatelolco. En otras partes sucedieron el Mayo francés o el Woodstock de los gringos.

Hoy la cosa ha cambiado. Por un lado se tiene la sensación trágica de que no hay lugar para los jóvenes –hay estadísticas en ese sentido, incluidos los países ricos: Italia tiene una tasa de desempleo del 36% para los menores de 30 años. Y hay que ver el tipo y calidad del empleo–.

Pero hoy los jóvenes se benefician de una gran libertad cultural que les permite acceder y “consumir” bienes culturales en un nivel elevado. Han adquirido una más amplia libertad personal, sexual, etcétera.

Son más libres que la juventud de hace 40 años. Antes era apertura económica-cierre cultural, hoy es apertura cultural-cierre económico.

Hay que decir dos cosas: aún cuando el valor de la educación se haya debilitado a causa del desempleo, siempre es mejor estar calificado que no estarlo. Y también hay que plantear, agendar en la discusión pública, la inviabilidad, la insostenibilidad de tal estado de cosas.

(El contenido de este texto es resultado del conocimiento invisible y la resistencia a la “infoxicación” de un viejo profesor. Es decir, las fuentes están en la red.)

rivonrl@gmail.com

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