Opinión

Juanga

Por: Rodolfo C. Paulín

PARA DESTACAR: Alberto Aguilera Valadez es quizá el último coletazo de un sistema educativo que, pírrico e ineficiente, era aún capaz de hacer triunfar el talento, la intuición y la sensibilidad por sobre los diplomas universitario. Con apenas el quinto año en su bagaje, hizo maravillas.

A Jheny

a Fernando Olvera Panigua a Jorge Ledesma Trejo

No fui su fan. Por años renegué fervientemente de él convencido que al rechazar su estética me rebelaba, de hecho, contra el deber-ser que la familia trataba de inocularme. Esto no obsta para que –magno placer culposo- moviera mis piececillos debajo de la mesa cada que oía el pegajoso ritmo… “dime cuándo tú/ dime cuándo tú/ vas a volver/ ajá”.

La rabia juvenil sosegada ayuda a revalorar el amplio capital cultural depositado en lo vernáculo. No puedo sino burlarme de mis despropósitos adolescentes y aceptar que Alberto Aguilera Valadez fue un genio de la música popular al que no quise oír y disfrutar en toda su melodramática magnitud.

Hace casi diez años fui llevado a rastras al estadio Corregidora a cumplir mi cita postergada. Participé en una comunión, rito iniciático en la que el mito desplegaba todo un arsenal de cursilería tan eficiente como coherente en sí mismo.Y eso que sus mejores años han pasado, me decía para mis adentros, justificando el gozoso estremecimiento que me abordó desde el inicio del concierto. Todo un alarde de ‘kitsch’ de ambos lados del escenario, un enorme showman, justificaba racionalmente antes que aceptar ante Jhen que me lo había pasado genial. Y aquel que bajo los efluvios etílicos no se sepa una rola suya, que tire la primera piedra.

Se le tiene fobia al lugar común. Se le atiza por la supuesta falta de rigor que lleva implícito de suyo. La cultura popular, en cambio, se inmersa y se siente de lo más cómodo en sus redes. Y si el ‘Divo de Juárez’ impactó a toda la sociedad mexicana se debe ello a su capacidad de pulir al lugar común hasta convertirlo, sendos arreglos musicales mediante, en pequeñas obras maestras de la balada romántica y la ranchera resignificada.

‘Juanga’ rompe todo molde no solo porque como compositor fue prolífico hasta la insania, sino porque encarna la antítesis formal de todo ese mazacote de géneros que la industria ha agrupado bajo la cómoda etiqueta del “regional mexicano”, empezando por el charro varonil y macho -muy-macho al que Juanga subyuga con toda la extroversión y el manierismo de que es capaz. Tal es su grandeza: se trata de la ‘gaycidad’ que escala a lo más alto de la cadena alimenticia –o del hit parade- mediante un extraño pacto que convierte, de vez en cuando, a la marginalidad total y absoluta en el más aclamado y acrítico mainstream.

A propósito de Salvador Novo, Monsiváis llama la atención en la paradoja que representa el homosexual que moralmente aterra al tiempo que su arte seduce. Lo mismo aplica para Juanga, con la salvedad de que la centralidad del margen que logra Novo se da en un estrecho círculo ilustrado en tanto que Juan Gabriel se volvió masivo desde que su primer hit se convirtió en una suerte de himno compensatorio de generaciones que van y vienen con el signo de la crisis como sucedáneo irremediable: No tengo dinero/ ni nada que dar.

Ambos, el poeta y el cantante, gozaron la amistad del cronista, pese a la zafiedad de Juanga. Alberto Aguilera puede ser elevado al altar laico de la cultura gay mexicana sin haber salido nunca explícitamente a aclarar sus preferencias. Tal y como Braulio Peralta afirma del propio Monsiváis, Juan Gabriel no precisó salir del clóset porque su homosexualidad fue vivida plenamente en un cubo de cristal: a la vista de todos.

Aún antes de que se inventara un léxico preciso para mentar al antro gay, nos llevó de la mano, como Virgilio a Dante, por las entrañas de “un lugar de ambiente/ donde todo es diferente” hasta volverlo de lo más natural, al punto que toda fiesta familiar que se respete debe incluir este repertorio en algún momento del convite. Es casi seguro que incluso los ilustres monseñores -que desperdigan odio a cada declaración que por estos días emiten en torno a la iniciativa presidencial con respecto a las sociedades de convivencia y la adopción de infantes por familias homoparentales- han bailado sus canciones en las fáusticas comidas con las que suelen celebrar sus cumpleaños “¿Pero qué necesidad? ¿Para qué tanto problema?”.

Un segundo rasgo que hace de Juan Gabriel un fenómeno irrepetible tiene que ver con su instrucción escolar. Alberto Aguilera Valadez es quizá el último coletazo de un sistema educativo que, pírrico e ineficiente, era aún capaz de hacer triunfar el talento, la intuición y la sensibilidad por sobre los diplomas universitario.

Con apenas el quinto año en su bagaje, hizo maravillas porque todavía se corresponde con una SEP que ofrecía la posibilidad de salir de la primaria no solo sabiendo leer, escribir, sumar, restar y multiplicar, sino hasta cantando. Y eso se nota incluso todavía más en la pobreza léxica que invade las composiciones de la radio comercial.

Otro rasgo admirable de Juanga es ese sentido lúdico que impregna varios momentos de su música, siendo que en lo privado Alberto Aguilera era un ser atormentado por la orfandad del lado paterno y el abandono materno. Podemos sentir su dolor, la mirada lo delata siempre, y aún su más alegre polka implica que” yo nací para amar/ nadie nació para mí”.

Toda la gesta juangabrielesca es una incansable lucha por obtener la aprobación de doña Virginia Valadez. Si García Márquez escribía para que sus amigos lo quisieran, Juan Gabriel parece componer para hacerse digno de una caricia de una palabra de aliento de mamá. De nacer en otras latitudes, Adán Luna se habría convertido quizá en un punk autodestructivo o en un dark autocomplaciente en vez que en el ídolo mexicano que clausura la época de los intérpretes genuinamente populares para dar paso a los productos musicales de y para las masas.

Ya hace cuarenta años, Monsiváis había anotado a propósito del ‘Divo de Juárez’: “Un ídolo es un convenio multigeneracional, la respuesta emocional a la falta de preguntas sentimentales, una versión difícilmente perfeccionable de la alegría, el espíritu romántico, la suave o agresiva ruptura de la norma.”

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