
Muchas ocasiones en las clases de educación física hay algo que ocurre casi sin que se nombre, no todos los cuerpos participan de la misma manera. Mientras algunos estudiantes se integran con facilidad a las actividades, otros y otras se mantienen al margen, ya sea por incomodidad, inseguridad o porque no encuentran su lugar dentro del juego. Algunas veces no es evidente, pero sí es constante. Esta situación no es un asunto menor. La Educación Física (EF) no solo promueve la salud o el desarrollo motriz, también es un espacio donde se configuran formas de convivencia, participación y reconocimiento. En otras palabras, ahí también se aprende a ser parte de una comunidad. Por eso, asumir que se trata de una asignatura neutral, ya que se considera mayoritariamente práctica, lo que produce que se incluya dentro de las clases el cuerpo como una de las principales formas de participación dentro de las actividades.
Además, en la educación física se propicia el desarrollo habilidades motrices, beneficiando la salud mental, física y emocional, esta combinación genera aportes integrales para los seres humanos, así como el fomento de la Formación Ciudadana (FC) que dentro de la EF consiste en fortalecer la cultura corporal y el desarrollo de la motricidad, generando un espacio para comprender características tanto sociales como culturales. Se rescata que la EF no es neutral, sino un espacio donde se reproducen normas de género que pueden limitar la participación, por lo que su resignificación es clave para lograr la construcción de ciudadanías sexuales en la escuela. Es así, que se destaca la relevancia de la asignatura dentro del entorno escolar para FC desde una perspectiva democrática.
Específicamente, dentro de la FC se encuentran las ciudadanías sexuales, vinculando desde la EF como un espacio donde si coincide la corporalidad. En el artículo de Bolonga “Hacer escuela desde la Educación Física. La enseñanza de prácticas corporales para la formación de ciudadanía crítica, reflexiva y emancipada” (2022), explica la importancia de reconocer las prácticas corporales deben ofrecer el conocimiento de las sensaciones, la relación y respeto de otros cuerpos, el disfrute en la experiencia, la identificación de las expresiones culturales y sociales del entorno. Esto con el fin de entender cómo funciona esta expresión corporal, es allí que se busca ser un espacio clave para la formación de ciudadanías, incluidas las ciudadanías sexuales, entendidas como la oportunidad de habitar, expresar y sentir el cuerpo en la individualidad y en la construcción de espacios seguros en lo escolar para transcender en la cultura y la sociedad.
La EF debe concebirse como un espacio que favorezca las experiencias significativas, esto se puede lograr por medio de que los profesores se esfuercen por garantizar que cada estudiante pueda experimentar alegría a través del movimiento corporal y promover un ambiente de aprendizaje donde se replantee las prácticas corporales que se lleven a cabo en expresiones culturales. Reconociendo como entorno de privilegio para comprender las diversidades, impulsando la toma de decisiones, el respeto y la colaboración. Una de las formas principales para llevar a cabo es a través del juego, este se fomenta como herramienta didáctica, el cual propicia experiencias de participación activa, expresiones corporales, evoluciona y perfecciona la motricidad, generando actividades lúdicas que inciden en la participación y en función a la implicación del cuerpo, aunque con frecuencia son los varones quienes prefieren estas dinámicas ya que conlleva características como la fuerza, coordinación, resistencia, competencias, mientras que las mujeres presentan una valoración negativa por la apariencia, ansiedad o agobio ante el fracaso y dificultad.
Esto se rectifica con el articulo planteado por Poblete, Vera, y Urrutia “Rol del autoconcepto físico, motivación de logro y actitudes hacia la Educación Física en función del sexo” (2023), donde se refleja que el juego puede reforzar estereotipos de género al vincular a los varones con fuerza, habilidades o rendimiento, que con ello limita la posibilidad de que todos los estudiantes se reconozcan en la diversidad de corporalidades. Siendo así, se representa como un espacio que puede limitar a algunos estudiantes, porque cabe considerar que el juego en la EF no solo promueve la participación, sino que distribuye roles, define qué cuerpos son valorados y establece formas legítimas de moverse. En muchos casos estas dinámicas privilegian habilidades asociadas a la fuerza o la competencia, lo que tiende a favorecer a ciertos estudiantes y a generar experiencias de exclusión en otros. Mientras que las mujeres reportan mayores niveles de ansiedad o incomodidad en estas actividades, lo que evidencia que el problema no es individual, sino colectivo desde el desenvolvimiento del docente respecto a la interacción entre estudiantes. Desde una perspectiva de género, esto obliga a replantear el diseño de los juegos y las formas de participación en clase.
De allí radica la importancia de plantear con los docentes diversas estrategias que pongan en el centro la comprensión de la corporalidad a partir de las posibilidades reales de los estudiantes, cuestionando las generalidades para el fortalecimiento de la participación inclusiva, visualizando a la EF como un espacio de formación de ciudadanías sexuales donde se forman sujetos capaces de convivir entre sus diversidades corporales, esto no quiere decir que se quite el juego sino que se transforme en un espacio de verdadera inclusión educativa garantizando los accesos de aprendizaje y participación de todos los estudiantes, dando la oportunidad de considerar los aspectos biológicos, sociales, culturales y corporales al momento de dar la clase de educación física.

