Opinión

Julio Scherer, el periodista

Tigres de papel

El poder no tiene ninguna duda de la fuerza expansiva de la palabra impresa

Julio Scherer

José Luis Álvarez

Los que simpatizamos y militamos con la izquierda siempre hemos tenido una patología muy sui generis: somos afanosos coleccionistas de todos los números que se publican tanto del periódico La Jornada, como del semanario Proceso, en especial de éste último, a tal grado que ya el espacio que habitamos se vuelve insuficiente y nuestra mujer nos pone en la disyuntiva: “o la revista Proceso o tú, elige”. Y lo digo, porque esa colección se vuelve invaluable como el registro más metódico que existe de la historia política de nuestro país desde aquel aciago noviembre de1976. Julio Scherer fundó la revista Proceso después del reginazo que le propinó el régimen autoritario y represor de Luis Echeverría y lo despojó de la dirección de Excélsior.

Así surgió la leyenda del más grande periodista que ha tenido este país junto a figuras de la talla de Francisco Zarco o los temerarios hermanos Flores Magón. Así nació la revista más crítica, ética e incómoda que ha tenido México desde la segunda mitad del siglo pasado. Es una fusión indisoluble: Proceso es Scherer y Scherer es Proceso, es la mezcla perfecta que constata la congruencia de un hombre que nos ha dado las más grandes lecciones de periodismo a quienes nos dedicamos a este oficio de luces y tinieblas.

Yo me quedo con la lección de la honestidad, la humildad y la búsqueda de la verdad, cualidades muy poco vistas en los periodistas de hoy. Scherer nunca se dejó mangonear ni manosear por el poder; nunca concedió una entrevista y se alejaba de los reflectores todo el tiempo que podía y, siempre, se afanó por descubrir hasta los más ocultos resquicios donde el poder suele esconder la basura de su podredumbre. Nunca tuvo miedo ni a las represiones, ni a las tentaciones del poder. Tal y como lo dijo el sucesor y actual director de Proceso; Rafael Rodríguez: Julio Scherer ha muerto, pero no se va a morir nunca…

Contrasto este ingenioso y atinado juego de palabras en honor al gran periodista, con el Twitter de Peña Nieto, quien lacónicamente expresó que lamenta la muerte de quien fue “un profesional del periodismo mexicano” Decir lo anterior es decir nada. Se trata de la mínima alusión a la que está obligado por cortesía y buenos modales de gobernante, pero en sus palabras no se expresa ningún reconocimiento sincero o válido, pues el poder no está dispuesto a quemar incienso por uno de sus más fieros detractores. El poder sólo adula a sus aduladores y en ese eterno juego de complacencias se destruye al verdadero periodismo. Profesional puede ser cualquiera y en cualquier profesión, pero ser un verdadero periodista, tal y como lo concibe otro gran periodista como Kapucinsky, muy pocos, casi nadie. Y remata: este oficio no es para cínicos.

Tampoco estoy de acuerdo con el título del texto periodístico de Elena Poniatowska que publicó en La Jornada: “Llanto por Julio Scherer”. Me parece lacrimógeno y simplista, lugarcomunesco, y Scherer no necesita de nuestras lágrimas para trascender. A Scherer no se le debe llorar, se le debe aplaudir a rabiar porque fue un hombre, un periodista que vivió a su manera y lo suficiente para implantar un modo de ser y de hacer periodismo que revoluciona todos los cánones, pone al mundo de cabeza y nos sacude la modorra y con la fuerza implacable de su pluma hace temblar al poderoso. A un hombre así le valen madre nuestros golpes de pecho; a un periodista como él, se le respeta, se le imita y se le disfruta. Al diablo con los homenajes y las lágrimas. Hay que seguir su obra como ejemplo de vida: hay que leerlo, absorberlo, degustarlo a fondo.

Scherer fue todo lo que quiso, pero no era perfecto. Tuvo sus debilidades y sus yerros (eso lo hace un periodista de carne y hueso) y a guisa de ejemplo, un suceso: lamentable aquel fallido intento de entrevista que tuvo con el capo Ismael El mayo zambada. Don julio, como siempre lo dijo, sería capaz de ir al mismísimo infierno si de entrevistar al diablo se tratase. Y lo hizo. Sólo que la entrevista estuvo malograda, fue un encuentro de “cuates” donde El Mayo le habló de su familia y le contó sus penas, pero Scherer nunca se atrevió a preguntar las incomodidades que hicieron de su oficio un pilar del periodismo nacional. Terminó siendo un encuentro complaciente y para coronarlo se tomó la foto abrazado del narcotraficante que, además, y sin que esto fuese absolutamente necesario, engalanó una de las portadas de la revista Proceso más tristemente célebres y, por ende, más polémicas.

Es el negrito que nunca falta en el arroz, pero con eso y más, le pese a quien le pese, y le duela al poderoso, Julio Scherer sigue siendo el rey. El rey ha muerto ¡Viva el rey! Y su obra y su pensamiento seguirán cabalgando en las ávidas mentes de sus millones de lectores que cada domingo nos acercamos al puesto de periódicos de la esquina para hacer la inevitable pregunta a la doña que lo despacha: “¿Ya le llegó la revista Proceso?”

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