Juntas en el Dolor

Quise levantarme tarde. Mis hijos no iban a la escuela ese día, sábado, y debía aprovecharlo para repasar el drama que acababa de vivir. Como ya estaba levantada, se me ocurrió hacer una torta de huevo con calabacitas o chayotes. A Raúl y a Lety les gusta ese platillo. Estaba batiendo el huevo cuando oí unos golpecitos en la ventana de la cocina. Corrí la cortinilla y, en la calle, vi a mi prima Fátima y a sus dos hijos. Lo primero que se me vino a la mente fue ponerle al sartén más huevos y calabacitas, para que alcanzara para todos, aunque el dolor no me permitiera grandes planes.
Sorprendida por esa visita, hice pasar a mis parientes. Supongo que mi cara, al verlos llegar con un bulto a la espalda (me imaginé que era de ropa) los estremeció. Ellos viven allá, por Cerro Prieto, y tuvieron que levantarse muy temprano para andar por aquí a estas horas.
Los invité a pasar, con una sonrisa fingida y dolorida. Mis hijos entendieron mis señas y, a su vez, invitaron a sus primos a comer lo que ya teníamos en la mesa. Entonces, Fátima me jaló a mi cuarto; no habíamos cerrado la puerta por completo, y ella soltó de inmediato el llanto.
Con palabras entrecortadas –muchas veces le pedí que me repitiera lo que decía, pues no le entendía– me dijo que su marido, Iván, halló chamba de policía auxiliar. Su tarea era cuidar una bodega, cerrada con rejas de hierro, reforzadas con cadenas y candados gruesos, e impedir el acceso de gente sin autorización a ese espacio. Sólo se entraba a la bodega por otro acceso, pero se tenía que dar un rodeo muy largo (una vuelta de casi dos horas), para entrar por el extremo poniente, también cerrado con cadenas gruesas y candados poderosos. En aquel lado debía haber, también, un guardia que lo cubriera, aunque, en línea recta imaginaria, ambas entradas estaban separadas apenas por 50 metros, el terreno ofrecía dificultades que las hacían ver muy ajenas. Entonces, Iván le consiguió el empleo a Felipe, su cuñado. Los dos cuidarían espacios colindantes, con entradas diferentes (cerca y lejos a la vez). Aunque cada uno tenía su propia entrada, se buscaban para estar juntos, compartir tareas y hacerse compañía.
Así lo hicieron por varias semanas. Muy a gusto. Desde que se volvieron parientes, hacían su trabajo con más gusto, y compartían temas comunes de la familia. Como Iván, mi marido, le había conseguido el empleo a mi cuñado Felipe, él vivía agradecido con mi esposo. En su empleo cada uno tenía sus propias responsabilidades, pero se apoyaban bien uno a otro. El patrón de su empresa le encargó a mi cuñado nuevas tareas -después nos enteramos que se trataba de traslados secretos de dinero y de llevar mensajes a gente ajena: ya no hacía sólo tareas de vigilancia. Iván me comentó, discretamente, que le preocupaba que su patrón le pidiera a Felipe cosas que lo podrían comprometer legalmente. Le pedí a mi marido que no se metiera, sino que cada uno se hiciera cargo de lo suyo. Así pasaron varios días.
Hace poco, sin embargo, Iván me dijo que le preocupaba más lo de Felipe, pues había descubierto que, en efecto, cargaba con bolsas de dinero que entregaba a un grupo que, cada dos días, se presentaba a la garita que cubría mi cuñado. Cuando mi esposo le dijo que estaba actuando mal, mi cuñado le dijo que no era asunto suyo y que, a la próxima que se metiera en sus cosas, le iba a retirar su confianza. Y, en efecto, la razón por la que mi prima Fátima llegó a mi casa, con sus hijos, es porque descubrió que su marido entregaba dinero sucio a unos delincuentes profesionales. Fue cuando mi Iván lo reprendió y le dijo que lo iba a denunciar. Ciego por la ira o por verse acorralado, me dijo Fátima, Felipe sacó la pistola de servicio que tenían para el resguardo de su puerta, y le dio a Iván tres balazos en el pecho. Después de acribillar a su cuñado, Felipe habló por teléfono a la policía estatal, denunció el asesinato de Iván y, enseguida, se quitó la vida, con un balazo en el paladar.
Mi prima Fátima está desecha, al ver que su marido se metió en negocios sucios, asesinó a su propio cuñado y, finalmente, se suicidó. Sin saber qué hacer o a quién acudir, decidió refugiarse con el asesino de su cuñado. Ella y yo quedamos como dos viudas ante su propia fatalidad, que es de ambas.

