Opinión

Karma, indignación y conciencia

Por: Daniel Muñoz Vega

Peña Nieto es una construcción, es la cínica impostura de todo un sistema que se presenta como democrático; no es el resultado de la eterna aspiración a la paz. Es la construcción de diferentes poderes. Se le maquilló, se le puso al servicio una televisora, se le consiguió una esposa, se le dio un guión y se le puso en la silla. Se convirtió en el parapeto de un sistema que engrasaría sus engranes para desmantelar lo que quedaba del país. Peña se hizo presidente por la inercia de nuestro inconsciente colectivo.

El 11 de mayo de 2012, en la Ibero se reivindicó el papel de ser estudiante en México. Resulta que los “niños fresas” de la Ibero levantaron la voz por la brutal represión en Atenco en 2006. Se supone que, en el prejuicio colectivo, los que estudian en la Ibero son los privilegiados de este país, los que carecen de conciencia; pero no, fueron ellos los que al grito de ¡La Ibero no te quiere!, refundieron a Peña Nieto en un baño mientras organizaban su salida del campus universitario.

Aquel día, un Peña Nieto molesto, de propia voz se dijo responsable por los acontecimientos sucedidos el 4 de mayo de 2006 en San Salvador Atenco. ¿Qué pasó aquel día? La Policía Federal Preventiva, la Agencia de Seguridad Estatal del Estado de México y la policía municipal lanzaron una brutal ofensiva contra habitantes del pueblo, militantes del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra y adherentes a la Otra Campaña del EZLN, asesinaron a los jóvenes estudiantes Alexis Benhumea y Javier Cortés, detuvieron a 146 personas de manera arbitraria; y se documentaron vejaciones y violaciones contra 26 mujeres. Todo por el incidente en el que se trató de reubicar a unos vendedores de flores un día antes.

El incidente de la Ibero fue el golpe más fuerte contra Peña Nieto en su campaña presidencial; sin embargo, el 1 de julio de 2012 resultó el ganador de la elección. Más allá de la maquinaria del sistema, México decidió seguir dormido. Prolongar nuestro karma es un mal hábito que heredamos generación tras generación. No podemos negar nuestra responsabilidad en la catástrofe nacional.

Antes de cumplir el primer tercio del actual gobierno, la desaparición de 43 estudiantes de Ayotzinapa, Guerrero, sacudió al país. Todos dormíamos siendo testigos de las famosas reformas estructurales; de pronto, en el sueño, sentimos que nos caíamos y despertamos de forma abrupta. Una fracción de segundo donde imaginamos el vacío y sentimos el vértigo de caer, nos hizo abrir los ojos y ver lo que nos estaba pasando. Ahí estábamos, donde siempre, pero ahora siendo conscientes de la crueldad del Estado. Quizá no haya la intensidad que necesita la indignación para que colectivamente se levante la voz. Todavía somos tímidos para indignarnos, no somos capaces de tomar una cacerola y una cuchara para exigir la renuncia del presidente. Algo, todavía, nos falta.

La forma en que la que opera el sistema no puede dar resultados distintos. El sistema administra nuestra somnolencia. Dicen algunos que ya despertamos, que estamos en el trance en lo que decidimos levantarnos. En México, protestar por las tremendas aberraciones de las que somos testigos casi todos los días se convierte en un acto de justicia. No dimensionamos lo que podría lograr la fuerza de la indignación colectiva. Las manifestaciones por la desaparición de los 43 estudiantes rebasaron de forma natural las fronteras de nuestro país. El mundo volteó a ver a México. Nuestro “primermundismo” por las reformas del actual gobierno quedó como un endeble cascarón que oculta una lastimosa verdad, la del México que es atacado y herido por su propio Estado; la figura encargada de establecer la paz es la que secuestra, desaparece, tortura, mata y entierra a los ciudadanos. Políticos y criminales crearon un híbrido que se ostenta como un poder absoluto.

Las formas como concebimos un cambio ya son arcaicas. Muchos hablan todavía de revolución armada, otros siguen viendo la vía política como única opción. La primera es ridícula, las revoluciones de México han servido de poco. Las armas las tienen el Estado y el narcotráfico, así que es fácil imaginar qué tipo de revolución se tendría y dónde quedaríamos los ciudadanos. La segunda, la vía política, trata de hacer llegar al poder a personajes para insertarse en el sistema, donde nada cambiará.

La idea que se me ocurre es la de replantear nuestra propia consciencia hacia el mundo exterior; para eso, hay que darnos cuenta de que no somos seres individuales, que somos una colectividad, que no podemos ser ajenos al dolor de otros, que no podemos ser cómplices de la corrupción y de la simulación democrática; tenemos que despertar, y después, ayudar a despertar a otros. Tenemos que cambiar la forma de concebir la realidad desde la introspección. Basta de dejar nuestro destino en manos de otros que dicen gobernar. Hay que darnos cuenta. Nada cambiará yendo a votar. La única revolución válida es la de la conciencia; de la cual estamos tan lejos y, a la vez, tan cerca.

{loadposition FBComm}

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Botón volver arriba