Opinión

La “autonomía de gestión” como sometimiento vs la autonomía de gestión como liberación

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

En las discusiones sobre las llamadas reformas estructurales, el término “autonomía de gestión” es llevado y traído con significados altamente contradictorios. La OCDE y demás organismos internacionales imponen una lógica homogeneizadora (no sólo) sobre los países miembros, que da al traste con la autonomía y la soberanía de las naciones. El gobierno federal mexicano, sometido a ese ordenamiento global, mina la soberanía o definición autonómica de los estados, y éstos las de los municipios.

Dicho ordenamiento pretende imponer la misma lógica “normalizadora” además sobre las instituciones públicas, independientemente de sus condiciones y contextos específicos, a través de modelos de operación y rendición de cuentas altamente rígidos (que no rigurosos), así como castrantes, que les impiden vivir su autonomía, desarrollar sus propios proyectos, formas de organización, modos de ser y de estar en el mundo, así como responder a las necesidades tan diversas de las comunidades en las que se  asientan.

La subordinación al modelo “modernizador” globalizante está devastando las autonomías universitarias, empobreciendo tremendamente el conocimiento y prostituyendo a quienes tendrían que generarlo.

En contradicción con esta tendencia unificadora, el Estado mexicano se comporta altamente permisivo con las grandes empresas trasnacionales, a las que otorga toda clase de libertades, desregulaciones, subvenciones, condonaciones y demás. Por otro lado ha consentido y sigue consintiendo (en diversos espacios) un gran desorden, vacío de autoridad o “laissez faire”, que suele ser llenado por todo tipo de mafias corruptas.

En este contexto resulta demoledora la reforma estructural que pondera e impone la “autonomía de gestión” como “virtud” sobre las espaldas de las instituciones públicas, entendiendo a ésta como la condición que orilla a las comunidades educativas a conseguir sus propios recursos para sobrevivir. La “autonomía de gestión”, en el contexto neoliberal, como lo indiqué en mi artículo anterior, es el eufemismo de la privatización.

Un maestro de  Michoacán, con quien conversé, ilustraba muy bien cómo viene operando esta forma de gestión, aún antes de volverse ley: Como los dineros no alcanzan y la burocracia  gubernamental es muy lenta, para poder trabajar (y sustituir, por ejemplo, aparatos que no funcionan), los maestros se ven obligados a pedir diversos apoyos a las grandes empresas de la región.

Como sabemos, los ricos no pagan impuestos; en cambio crean fundaciones “altruistas” que les resultan muy provechosas, sobre todo si hacen donaciones en especie. Así, entregan “gratuitamente” a sus donatarios (previo cumplimiento de sus condiciones) varios de sus productos (refrescos embotellados, cajas de cereal o lo que sea) para que los vendan y obtengan el dinero que necesiten. De este modo, la empresa donante, además de deducir impuestos, obtiene promotores gratis. (Este modelo ya fue experimentado en Chile y en Chicago con nefastas consecuencias; ver el texto: “La privatización encubierta de la educación pública”, IV Congreso de la Internacional de la Educación).

En este contexto, considero héroes realmente a aquellos directores que se niegan a permitir que en sus espacios académicos se haga publicidad comercial (ni religiosa, ni partidista) y prefieren prescindir de los apoyos empresariales cuando se impone esto como condición.

Qué diferente es, en cambio, la autonomía de gestión que se respira en los espacios educativos zapatistas. Acabo de estar nuevamente en la Universidad de la Tierra (o CIDECI, Centro Indígena de Capacitación Integral), que tiene estrechos vínculos con el zapatismo y que representa un auténtico oasis esperanzador y una gratísima fuente de inspiración.

Sus fundadores y seguidores se negaron tajantemente a subordinarse a los dictados y burocracias del capitalismo concentrados en la SEP. Así crearon su propia universidad, con sus propias reglas. En la Unitierra se practica la generosa y solidaria gratuidad; nadie paga, todos producen. No hay exámenes de admisión. Para ingresar hay que ser hijo de campesino y tener el aval de la asamblea comunitaria del pueblo de donde viene. No importa si el aspirante no sabe leer ni escribir; sabe muchas otras cosas que puede compartir y ahí se alfabetizará. Tampoco hay boletas de calificaciones, ni certificados, ni títulos, ni maestros, ni profesores que den cátedra o prediquen “la verdad”. Todos son educadores-educandos y educandos-educadores (como decía Freire) y aprenden a través del diálogo.

Esta experiencia educativa que se dio el lujo de ser autónoma, resulta altamente eficiente (si hemos de emplear ese término). Quienes participan en ella aprenden en la práctica varios oficios, varias lenguas, y también a tocar diferentes instrumentos musicales. Además discuten serios planteamientos teóricos en el “Seminario Internacional de Reflexión y Análisis, Planeta Tierra, Movimientos Antisistémicos”, con intelectuales de primer nivel y de todo el mundo, así como con el público asistente. Así, los chicos de esta universidad han discutido con John Holloway, Boaventura de Souza Santos, Pablo González Casanova, José Saramago,  Ybon Le Botv y muchos otros  (http://seminarioscideci.org/).

Muy cerca de esa universidad se construyó otra oficial, pretendidamente intercultural. “Les robaron el alma” (a los indios que se inscribieron en ella), comentaba el Dr. Raymundo, rector de Unitierra; ya no quieren hablar su lengua, ni trabajar el campo; los redujeron a empleados, dependientes, promotores de Monsanto…

 

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