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La captura del “Mencho”: militares sin contrapesos

Las capturas o, para usar el eufemismo preferido de los casi veinte años de lucha frontal contra el narcotráfico, “abatimientode líderes de la delincuencia, tienen efectos perversos, y seguramente buscados.

Las escenas y la recreación de la batalla por “neutralizar(pido que se entienda que mi selección de palabras es deliberada como una crítica al lenguaje de guerra que se ha apoderado de nuestro imaginario) al delincuente más buscado de país es muy semejante a los operativos que terminaron con el asesinato de Bin Laden o la captura de Nicolás Maduro, por mencionar algunos. No sugiero, porque realmente no creo que importe, que fueron los Estados Unidos los que “realmente” llevaron a cabo la tarea. Porque lo que sí importa es que lleva toda la impronta de la lógica de guerra.

Un primer problema con eso es que se refuerza el poder con que ya contaban las corporaciones militares. Dado que optar por el Ejército o cuerpos militarizados como la Guardia Nacional es reflejo y probablemente consecuencia del debilitamiento de las policías municipales, que entre otras cosas son policías de proximidad, no esperemos ver pronto una estrategia diferente que procure reforzar las comunidades. Los Ejércitos son fuerzas de ocupación y como tal se comporta.

Entonces, cuando un actor poderoso y con márgenes bastante amplios de operación se queda mucho tiempo en el terreno ocupado, suelen presentarse diversas formas de extorsión. Están ampliamente documentados los abusos de los soldados norteamericanos en Vietnam. Y ya no es necesario insistir en las atrocidades de las Fuerzas de Defensa Israelí en territorio palestino. En México no es muy distinto. En “Amaneció un muerto”, la antropóloga Adele Blázquez, dedicó su estudio doctoral a la vida cotidiana en Badiraguato, Sinaloa. Son muy sugerentes los encuentros con militares y las muchas formas de extorsión que buscan no tanto acabar con los plantíos o el narco, sino extraer recursos de los campesinos a través de la amenaza del uso de la fuerza.

El mayor de los problemas, sin embargo, es que validar los operativos militares por su presunta buena ejecución deja de lado a todas las víctimas de los militares. En este sexenio y los anteriores. Así, por ejemplo, las niñas Alexa y Leydi, asesinadas en Badiraguato por miembros del Ejército apenas el año pasado, pasan como “daños colaterales”, como dijera el infausto Felipe Calderón; a quien, por cierto, hoy, luego de lo acontecido, muchísimos dan la razón. Es cierto que, en el caso de las pequeñitas, algunos soldados fueron procesados. No así la cadena de mando. Y es inevitable que vuelva a pasar.

Los gobiernos no parecen mostrar voluntad ni interés por pensar en otras soluciones, Hay ideas bastante generales y huecas de “atacar las raíces del problema”, reduciéndolo a un asunto de dinero. Es grave, además, que el poder militar se quede sin el contrapeso político de una izquierda que casi por definición tendría que denunciar los abusos y hoy celebra el operativo.

Por supuesto, no se puede olvidar el factor Estados Unidos. Había que contener los embates trumpistas; cosa nada sencilla para el gobierno de Sheinbaum.

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