Opinión

La censura

Amor, Humor y Muerte

Por: Edmundo González Llaca

“La censura ha perdido a todos aquellos que han querido servirse de ella”.

 

Chateaubriand

El derecho a la libertad de expresión es el derecho universal más perseguido de la humanidad, en cada etapa histórica estrena nuevos enemigos. Primero era el poder político, llámese monárquico o civil, con todas las persecuciones y muertes de periodistas. No se nos olviden las iglesias y grupos religiosos, que demandaban que en la prensa se impusieran términos ambiguos y subjetivos como: «buenas costumbres», «moral pública», «semidesnudos», «contrario a la educación». ¡Claro! Ellos se reservaban el derecho de lo que significaba cada palabra.

Pero mejor no entremos en detalles, enumeremos a los recientes enemigos de la libertad de expresión: los dueños del papel y propietarios de los diversos medios de comunicación; los voceadores, los publicistas, que de alguna manera sostienen la economía de los medios; los grupos de presión como los sindicatos; los nuevos poderes fácticos y como la lista se alarga, concluyamos con el crimen organizado.

Todos estos enemigos han llevado a los medios de comunicación a remitir sus contenidos a uno de los personajes más siniestros de la historia universal: el censor. La sociedad queda en manos de estos profesionales del decir «no». Gracias a su monopolio del bien, lo que no es peligroso, a su sacrosanta suspicacia, a su vocación por prohibir, cortar, restringir, fijan al país entero lo que puede ver, leer y escuchar.

Toda generalización es injusta, pero no lo es tanto si parece comprobarse con extraña coincidencia en el pasado. Así, la fama del carácter obtuso de los censores, de estos gozadores solitarios de lo prohibido, parece remontarse muchos años atrás. Para quien lo dude, los siguientes extractos; con un finísimo humor involuntario, de la «Guía del Perfecto Censor», escrita en 1874 por el Papa Alejandro VI:

1. La censura es el arte de descubrir en las obras literarias o dramáticas, las intenciones perversas.

2. Lo ideal es descubrir estas intenciones, aún si el escritor no las tuvo.

3. Un censor capaz debe, a primera vista, detectar en la palabra ‘oficleido’ una injuria a la moral pública.

4. La divisa del censor es: ‘Cortemos, cortemos, siempre quedará demasiado’.

5. El censor debe estar convencido que cada palabra de una obra tiene una alusión pérfida. Cuando él llegue a descubrir la alusión, cortará la frase. Cuando no llegue a descubrirla la cortará también, pues las alusiones mejor disimuladas son las más peligrosas.

No obstante las contradicciones y aberraciones de la censura y sus sumos sacerdotes, no puede dejar de reconocerse -con los ojos llorosos, la frente perlada por el sudor y las manos temblorosas- que la censura y los censores son inevitables. Exigir su cancelación sería, demandar también la desaparición de la policía o el ejército. El control de cualquier tipo de libertad es indispensable; reclamar la libertad absoluta e utopía o irresponsabilidad que nos lleva a la esclavitud.

¡Ni modo! Lo que me parece aberrante es que en nuestra sociedad, me da la impresión, además de todo ese tipo de presiones a las que se somete a los periodistas, el adversario más peligroso es la autocensura. Conozco a un buen número de amigos periodistas, y para ellos es este humilde llamado, que se la pasan atormentándose sobre lo que podría pensar el poder político, el económico, el Jefe de Redacción, los patrocinadores y un largo etcétera.

A la dificultad de redacción de un texto se le somete a la tortura del juicio de otro, o de otros. Mi invitación a mis colegas es que dejemos que los censores ejerciten su necesaria, pero para mí, depresiva función. Escribir es un acto de creación, no se puede realizar con profundidad y compromiso con las alas de la imaginación amarradas.

Espero sus comentarios en www.dialogoqueretano.com.mx donde también encontrarán mejores artículos que éste.

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