La civilización y el arte de postergar la muerte

Crónica razonada de la decrepitud administrada
Por mucho tiempo creímos que el progreso era incompatible con la fragilidad. Bastaba vivir más para suponer que vivíamos mejor. Sin embargo, esa observación lúcida y a la vez incómoda de Arsuaga y Millás (2022. La muerte contada por un sapiens a un neandertal. Alfaguara). —la idea de que la naturaleza sigue la lógica “plenitud y muerte” mientras que la civilización opta por la del “declive administrado”— nos obliga a repensar si realmente sabemos qué hacer con la vida que hemos ganado.
El guepardo, cuando ya no alcanza a la gacela, muere. Así de claro. Así de brutal. Pero también, así de coherente con el ciclo natural. La civilización, en cambio, ha roto ese contrato biológico. Nos empeñamos en sobrevivir a nuestra utilidad corporal, estirando la vida más allá del umbral de la potencia. La vejez ya no es una antesala breve sino un largo epílogo sin guion. Y lo más revelador: esa prolongación no ha venido acompañada de un proyecto existencial claro, sino de un conjunto de parches institucionales —seguros, casas de retiro, tecnologías médicas— que nos permiten negociar con la muerte en plazos mensuales.
Norbert Elias, en La soledad de los moribundos, ya anticipaba la paradoja: cuanto más tecnificamos la muerte, más la convertimos en tabú. Y cuanto más escondemos a los viejos, más visibles se hacen sus ruinas. El acto de morir, antes ritual comunitario, se ha desplazado al anonimato clínico. Ya no se muere en casa, sino “desaparecido” tras una cortina blanca, con papelería de por medio. La decrepitud, entonces, no es sólo el deterioro biológico: es una producción social organizada con eficiencia aséptica.
Simone de Beauvoir lo dijo con precisión quirúrgica en La vejez: no es sólo que los cuerpos envejezcan, es que la sociedad envejece a las personas. No se trata solo de dejar de producir, sino de dejar de importar. Y cuando alguien deja de importar, incluso su dolor resulta irrelevante.
Zygmunt Bauman, desde su teoría de la modernidad líquida, lanza una advertencia complementaria: la vejez molesta porque interrumpe el circuito de lo útil. Un cuerpo viejo no rinde, no seduce, no fluye en el mercado de imágenes. En ese sentido, la decrepitud es la forma biológica del excedente, como un producto que ya no se vende ni se recicla.
Byung-Chul Han, aunque no aborda la vejez directamente, completa el panorama. En La sociedad del cansancio sostiene que el sujeto contemporáneo se autoexplota en nombre de la productividad. Llegamos a viejos sin haber vivido, no por azar sino por agotamiento. No nos mata un león, nos desgasta la agenda. Morimos diluidos en tareas, no por colapso sino por desgaste.
Y luego está Cioran. Para él, la longevidad es una ironía perfecta: “Morir joven: he ahí una idea que siempre me ha seducido. Pero he envejecido y ahora solo me queda la seducción.”
La decrepitud no es accidente ni fracaso: es la condición de un pensamiento que no se atreve a suicidarse, pero tampoco a ilusionarse. El cuerpo ruinoso como casa filosófica del escepticismo.
Entonces, ¿qué nos queda? Si la biología proponía “plenitud y muerte”, la cultura moderna replicó: “¿y si metemos una prórroga?” Y vaya que lo hicimos. Creamos décadas adicionales sin saber si eran un don o una condena. La longevidad no trajo automáticamente sabiduría ni dignidad. Fue una conquista tecnológica sin equivalente moral. Tuvimos más tiempo, pero sin saber para qué.
Mientras el guepardo muere con la lógica seca de la naturaleza, nosotros seguimos corriendo. Ya no hacia la presa, sino hacia la farmacia. Y lo hacemos con bastón inteligente, seguro de gastos medicos y seminarios de envejecimiento activo. Corremos, sí. Pero nadie nos ha dicho aún en qué dirección.
Quizás sea hora de dejar de correr, al menos para pensar. Tal vez ahí, en ese alto lúcido, encontremos una forma menos burocrática —y más humana— de envejecer. O de vivir, que en muchos casos, sigue siendo la misma cosa.


