Opinión

La democracia desquiciante y la democracia posible (Primera parte)

Por María del Carmen Vicencio

Hace poco vi nuevamente la película El oro de Mackenna (1969) de Lee Thompson (con Gregory Peck, Omar Sharif y Camila Sparv), que narra las vicisitudes de una veintena, muy dispar, de colonos de El Viejo Oeste (vaqueros, forajidos, soldados, aventureros, empresarios, un predicador; hombres y mujeres, blancos, mestizos e indios), que andan tras la pista de una legendaria veta de oro, custodiada por espíritus apaches y escondida entre las montañas.

La historia es simple, pero la tomo como metáfora para el tema que me ocupa en este artículo.

Mackenna (Gregory Peck), alguacil del pueblo, se topa accidentalmente con un anciano apache que trata de impedir a toda costa su avance hacia la reserva india. En la balacera, el viejo muere y el alguacil obtiene el mapa del tesoro que memoriza y quema. En su agonía, el guardián del sagrado lugar, narra triste al alguacil, que los jóvenes indios han sido corrompidos por los blancos; piensan ahora como ellos y ya no respetan las tradiciones, ni el legado cultural, ni la tierra de sus ancestros; los espíritus apaches se sienten ofendidos y por eso todo aquel que se atreva a atravesar dichas tierras, corre peligro.

Muy pronto aparece en la misma escena un grupo de forajidos, dirigidos por Colorado (Omar Sharif), que descubren que Mackenna conoce el mapa del tesoro y lo obligan a guiarlos hacia él.

En el camino se van incorporando otros aventureros, que van también tras el oro. La alianza entre todos, (signada por una gran codicia, plagada de rivalidades y sangrientos enfrentamientos), se hace necesaria para poder sobrevivir en una travesía llena de escollos. Entre frases abiertas de “alcanza y sobra para todos” y cuchicheos de “cuidado, Colorado no comparte nada”, los aventureros continúan su travesía. Antes, Mackenna les advierte que pocos sobrevivirán; sin embargo, la voracidad es más poderosa que el miedo a perder la vida.

Después de una complicada odisea, en la que varios mueren en encuentros con indios y militares, llegan al lugar señalado en el mapa. Gracias a un juego de sombras, producidas al amanecer, descubren la entrada al cañón oculto. El asombro de los aventureros es mayúsculo, cuando al fin ven las enormes vetas de oro, en la falda montañosa. La codicia es tanta que termina por desquiciarlos. Sólo Mackenna se mantiene impávido y aparentemente incorruptible. El trato con Colorado había sido, que después de llegar al lugar, él quedaría libre y regresaría de inmediato al pueblo.

Una bella joven, que había sido raptada por los forajidos (ahora protegida de Mackena), y que antes de llegar mostraba gran templanza, al ver la veta, pierde cordura, e intenta (con ojos desorbitados) convencer a Mackenna de detenerse, para recoger todo el oro que pudieran cargar.

De pronto llegan al lugar muchos indios, cabalgando en furioso tropel. Tanto movimiento, golpeteo de piedras y ruido ensordecedor, termina por romper el equilibrio de las piedras empiladas (de por sí frágil por la primera invasión), y todo el cañón natural comienza a derrumbarse. Sólo se salvaron (obvio) Mackenna, la chica y Colorado. La última escena del filme muestra las alforjas del discreto alguacil, repletas de oro.

El esquema de esta historia me parece similar a la forma como nuestras sociedades modernas se organizan, en el mundo capitalista. El movimiento social dominante parece consistir en una frenética carrera de grupos rivales, heterogéneos, que se homogenizan, persiguiendo el mismo fin: conseguir la mayor cantidad posible de oro. Por ese fin máximo, los hombres están dispuestos a dejar todo atrás: el hogar, el amor, la paz, la comunidad, la naturaleza, la salud, la libertad…

El oro representa una eterna promesa de poder; aunque es uno de tantos medios para obtener fines mayores, a la hora de la verdad, se convierte en el único fin. Así surge un marrullero círculo vicioso (o como dicen los alemanes, un Teufelskreis, un círculo demoniaco): Conseguir más oro tiene sentido para obtener más poder, y ganar más poder tiene sentido para conseguir más oro.

Este frenético e insaciable círculo maligno es el que lleva a los hombres más ricos del mundo a duplicar o triplicar sus fortunas en unos cuantos movimientos y a muchos otros hombres, de todas las capas sociales, a desear ser como ellos. ¿De dónde sale todo el oro que aumenta las riquezas de los hiper-mega millonarios?, no es una pregunta que a ellos interese. No importa, en cambio, que al menos cuatro mil millones de seres humanos en todo el mundo estén en situación de supervivencia.

Para preservar este estado de cosas, que conviene a unos cuantos, se difunde entre la población una poderosa ideología “ética” que justifica y soporta las diferencias sociales: LA MERITOCRACIA. “Todos son libres” (sic) de ganar el oro que quieran. Legalmente es de todos, formalmente hay para todos, PERO sólo aquellos que “se esfuercen”, “los mejores”, “que estén dispuestos a arriesgarse, que demuestren su inteligencia, los más aptos”, en fin, serán los que logren llegar al lugar del tesoro.

La trasnochada idea de que la riqueza nacional es de sus nativos, de TODO el pueblo, resulta muy romántica, pero poco ayuda al progreso. El pueblo primitivo no tiene ni el conocimiento, ni las herramientas para extraer el oro de las montañas y por eso no puede hacer nada con él. Sólo la “blanquitud” superior (Bolívar Echeverría) puede; sólo los que tienen el dominio tecnológico merecen las principales ganancias.

Por eso hay que educar a las nuevas generaciones en la lógica de la competencia, ésa que divide a la población entre “winners” y “losers” (ganadores y perdedores). Progresan “los mejores”, los “emprendedores”. Los individuos o instituciones que no logren serlo (“certificarse”), quedarán fuera del sistema, pues “no merecen” permanecer en él.

Por eso la meritocracia tiene como virtud complementaria, la filantropía: A quienes les sobre, que hagan obras caritativas, para ayudar a los infelices que nada tienen. No importa que con esto los anulen como sujetos, ni importa que con esto destruyan la razón de ser del Estado distribuidor.

Aunque las garantías individuales de nuestra constitución (“el oro”) son para TODOS los mexicanos, en los hechos, sólo unos cuantos gozan de ellas. El aparato político, en la democrática capitalista, sigue la tónica de los forajidos que secuestraron a Mackenna. La política, que tenía como fin servir al pueblo, se traduce, en los hechos, en guerra de todos contra todos, guiada por la avidez del oro prometido.

La pluralidad en las cámaras se vuelve, en los hechos, tremenda rebatinga por el poder, en la que los partidos se desquician y dedican la mayor parte de su tiempo y esfuerzo a denunciar las corruptelas de sus contrincantes y a vencerlos, para justificar quedarse, ellos, con “el oro”. Los adversarios se cosifican, se vuelven objetos dignos de destrucción.

El desquiciamiento llega a su máximo paroxismo en los procesos electorales. Quien logre desprestigiar más a su enemigo y presentarse a sí mismo como el más fuerte, el más osado, el más inteligente, ¡el más guapo!… ganará. Las alianzas entre unos y otros son veleidosas, efímeras y utilitarias. El aliado también se cosifica, se vuelve herramienta para conseguir beneficios egoístas; si ya no sirve, se tira.

En el fondo, más de los que imaginamos aspiran a tener la mayor tajada, a volverse ricos, en el lapso que dure su gestión. Incluso para los más mesurados, las arcas abiertas terminan por desquiciarlos y hacerlos perder toda proporción, y los “incorruptibles”, como Mackenna, meten discretamente en sus alforjas, lo más que pueden. La confusión se apodera del escenario político. Se vuelve muy difícil saber quién es quién, y qué esperar de cada uno.

Cocoa en Michoacán pierde la cordura, exigiendo cínicamente, como mal perdedora frente al PRI, la revisión “voto por voto, casilla por casilla”. Lo que hizo Felipe, su hermano, en su momento, como recuerdo de fondo, más que mal chiste sabe a colmo.

A esta democracia capitalista, es a la que el PRI, el PAN y los demás partidos políticos nos han acostumbrado en los últimos noventa años.

Esta forma de democracia, desquiciante, se ha apoderado también de varias de nuestras instituciones educativas públicas de nivel superior. Varios de quienes contienden, y de quienes los promueven, inician sus procesos civilizadamente y, de pronto, pierden toda proporción y parecen dispuestos a cualquier corrupción, agresión, violencia simbólica o sofisticación legaloide y tramposa, con tal de ganar. Ésta es la lógica de la democracia capitalista que nos desquicia como pueblo y que tenemos que cambiar.

Hay otras democracias posibles.

Después del dramático lucimiento de las corruptelas perredistas, en pasados procesos electorales (por las que parecía que la izquierda estaba totalmente perdida), como un “rayito de esperanza”, Marcelo Ebrard, muestra gran sensatez y da la bienvenida a su adversario, Andrés Manuel López Obrador, a la candidatura a la Presidencia de la República. La colaboración parece imponerse aquí sobre la destrucción del otro.

Sin embargo, la democracia posible a la que me refiero en el título, no es la de los partidos. (Continuará)

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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