Opinión

La dimensión ética de la salud mental

Por: Carlos Germán Barraza Cedillo

Entre los atributos del hombre está el de ser constructor, construye todo: su entorno, en su indeterminación se construye a sí mismo y lo mejor de sus construcciones son conceptos, el concepto de hombre, educación, cuerpo-mente, bienestar y estrechamente relacionados con los anteriores los conceptos de salud y enfermedad que son centrales en el quehacer de la medicina aunque –por fortuna– no de su dominio exclusivo.

Estos conceptos son constructos y están sujetos a la acción del tiempo y la geografía, cambian de una cultura a otra y a través del tiempo en la misma cultura, dependen de la reflexión filosófica, del desarrollo científico y corresponden al espíritu de una época.

Desde sus orígenes el hombre ha dado un valor a la salud y a través del tiempo en las distintas culturas se le ha concebido de varias formas, el elemento común que encontramos en todas ellas es la noción de equilibrio entre las tres dimensiones que constituyen al ser humano, biológica, psicológica y social.

La ecología humana ha demostrado que salud y enfermedad no constituyen simples estados opuestos sino diferentes grados de adaptación del organismo al ambiente en que vive y que los mismos factores que fomentan esta adaptación pueden actuar en sentido contrario produciendo la desadaptación que constituye la enfermedad. Estos factores están contenidos en el ambiente natural, en la herencia biológica, cultural y social, en los grupos sociales.

Una primera consecuencia es que el campo de acción de la medicina es principalmente mantener y fomentar la salud así como atender la enfermedad del individuo y de la población; en segundo lugar, el estudio de la salud y la enfermedad no puede realizarse en el individuo ni en la población aislados de su ambiente; en tercer lugar, la preocupación primaria de la medicina en todos sus aspectos es el individuo considerado como un ser social más bien que la salud o la enfermedad considerados aisladamente. Esto obliga al médico a ver al enfermo como parte de una sociedad con influencia del grupo que puede ser positiva o negativa para la salud y es de distinta naturaleza; física, biológica, psicológica y social.

Un problema de salud deja de ser individual y pasa a ser de dominio colectivo cada vez que en su solución dominan factores sociales y por ende la acción comunal organizada.

Entre los estados de salud y enfermedad existe una escala de variación con estados intermedios que va de la adaptación perfecta (difícil) hasta la desadaptación que llamamos enfermedad.

Salud y enfermedad –dos grados extremos en la variación biológica– son pues la resultante del éxito o del fracaso del organismo para adaptarse física, mental y socialmente a las condiciones de nuestro ambiente total.

Por lo tanto, un individuo “sano” es aquel que muestra una armonía física, mental y social con su ambiente incluyendo las variaciones, puesto que ningún estado biológico es definitivo salvo la muerte, en tal forma que puede contribuir con su trabajo productivo y social al bienestar individual y colectivo. Se trata entonces de un estado orgánico de equilibrio entre el medio interno y externo del individuo, estado que toma en cuenta las diferencias genéticas entre los individuos y las diferencias en sus condiciones de vida.

La salud no logra ser un fin en sí misma si no va acompañada del goce pleno y equilibrado de las facultades del hombre sano del disfrute del bienestar y de su contribución productiva al progreso social, por otro lado el concepto de salud es dinámico, histórico, cambia de acuerdo con la época y más exactamente con las condiciones de vida de las poblaciones y las ideas de cada época (relaciones de producción).

La OMS define a la salud como: “El estado de completo bienestar físico, psíquico y social y no solamente la simple ausencia de enfermedad o de invalidez”.

En este punto conviene cuestionarse qué significan las palabras salud y enfermedad para la medicina y los médicos en vez de lo que significan para políticos y funcionarios, pero indudablemente en la complejidad de las redes de la organización social el cuidado de la salud es resultado de las decisiones políticas.

Siendo la mente del humano lo que le distingue y la inteligencia y el pensamiento partes centrales de la vida mental, cobra la mayor importancia el concepto de salud mental que se ha definido de distintas formas partiendo de los ideales de la Grecia clásica que eran eutymia (paz en el alma), eudaimonía (felicidad) y sophrosyne o ataraxia (templanza).

Desde entonces se han formulado diversas definiciones elaboradas por autores diferentes para distintos fines y resaltando algún aspecto en especial de la vida mental de las personas, por ejemplo la de Sigmund Freud: “Amar y trabajar”.

Por la dificultad que representa tener una definición que incorpore todos los factores a tomarse en cuenta en la salud mental, la Organización Mundial de la Salud, a través de su comité de expertos, ofrece una definición que intenta abarcarlos:

“La salud mental es un estado sujeto a fluctuaciones provenientes de factores biológicos y sociales, en el que el individuo se encuentra en condiciones de conseguir una síntesis satisfactoria de sus tendencias instintivas potencialmente antagónicas, así como de formar y mantener relaciones armoniosas con los demás y participar constructivamente en los cambios que puedan introducirse en su medio ambiente físico y social”.

La definición está planteada en términos ambiguos, por la dificultad que ofrece el concepto y para defender los intereses de la clase dominante, que nos ofrece espejismos como los de “orden”, “progreso” y “desarrollo”, conceptos huecos que cuando son aplicables a todo no quieren decir nada.

La idea de la salud como valor de la cultura es transmitida a través de la educación y con la suma de estos elementos llegamos a lograr mejores condiciones de vida.

Sin embargo, la bestialidad del neoliberalismo las ha convertido en valores de mercado y los ha sometido a sus leyes, dándoles un carácter elitista, ni la salud ni la educación son valores accesibles para todos y en su ignorancia, malevolencia e incapacidad los gobiernos se han estado deshaciendo sistemáticamente de esa responsabilidad atentando una y otra vez contra la educación y la salud, dejándolas en manos de administradores que saben algo de economía y nada de ética y habiendo pobreza, injusticia, desigualdad, marginación no se puede hablar de salud mental.

Ante este panorama tenemos que pensar primero: ¿Qué significa hablar de salud mental en un mundo en crisis y con sociedades profundamente enfermas que obligan a las personas a llevar la vida del campo de concentración? Indudablemente estas definiciones tenemos que reflexionarlas a través de la ética –la gran ausente de la actividad del hombre actual– y de los valores propuestos por la bioética –ética basada en el conocimiento biológico–, dirigida a la sobrevivencia, responsabilidad de la ciencia para garantizar la sobrevivencia de la humanidad. La inteligencia que sólo puede lograrse en un cerebro bien desarrollado debe estar matizada por un sentido ético, con la responsabilidad por los otros. Porque el cuidar de los demás nos humaniza, debe dirigirse al bienestar de todas las personas en justicia y equidad, debe respetar a las diversidades y ocuparse del medio ambiente como una manifestación del respeto por las generaciones futuras.

El individuo mentalmente sano será entonces aquel que logre construir la mejor versión de sí mismo, desarrollando los mejores atributos de la especie, cuidando de sí mismo, de los demás de los otros seres vivos, del medio ambiente, en el presente y en el futuro, que respete y reverencie la vida, en justicia, igualdad y democracia; la salud mental que la época requiere es revolucionaria, porque en este mundo en crisis ser buenos es lo que nos conviene para sobrevivir y el ideal en las forma de relacionarnos con nosotros, con los demás y con el medio es el propuesto por Kant: “Obra de tal manera que tu forma de obrar sirva de norma a la humanidad en general.”

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