Opinión

La educación es un rumor que no hemos sabido escuchar

Por Ricardo Rivón Lazcano

Pareciera que todos los expertos en educación coinciden en afirmar que la inteligencia es el gran recurso de nuestro tiempo. En ese sentido, la riqueza de las naciones ya no son las materias primas o la cantidad de personas como fuerza de trabajo. La riqueza es el conocimiento. Hay una obsesiva, y a veces abusiva búsqueda del talento. Pero con frecuencia, estas afirmaciones, sin duda verdaderas, se reducen al ámbito individual, olvidando que nuestra inteligencia personal se desarrolla siempre en un entorno social que la estimula o la deprime, y que, por eso, debemos hablar de talento social, de inteligencia compartida y todo ello anclado inevitablemente a la educación como fenómeno sociológico y como desafío cultural y civilizatorio.

La gran creación de esa inteligencia compartida es el capital cívico de la sociedad, su manera de promover las libertades, la dignidad, el bienestar; la creatividad de cada uno de sus miembros; el modo de resolver los conflictos, los valores que sustentan la convivencia; la confianza y las vinculaciones afectivas que se establecen.

Crear es producir intencionadamente novedades eficientes. La creación social es la posibilidad de sacudir nuestra propensión conservadora e innovar nuestro modo de pensar, de emprender, de actuar con el objetivo de aumentar la propia inteligencia social, de crear capital cívico, y de resolver de la mejor manera posible los graves y acelerados problemas sociales con que nos enfrentamos y nos vamos a enfrentar.

Discutible y todo, lo más sorprendente de la educación es su mecanismo de creación social ética, que es el conjunto de soluciones para resolver los grandes problemas que afectan a la felicidad personal y a la dignidad de nuestra convivencia.

Pero creo que no hemos sabido escuchar ese rumor educativo. Atendemos reactivamente a las pequeñas provocaciones de la convivencia cotidiana en formato biológico, es decir, instintivamente. Prueba de ello es la infelicidad predominante, la quejumbre estridente, la evasión de responsabilidades mediante los sofismas más seductores, o burdos, da igual. Creo, igualmente, que escuchar detenidamente dicho rumor nos permitirá detectar nuevos intersticios de reflexión, que son, a su vez, la especialidad de la buena rebeldía humana.

Inteligencia compartida

Pensamos a partir de una cultura y la historia nos ha llevado a institucionalizar una porción de esa cultura en los sistemas educativos. Las creencias culturales se nos presentan como poderosas evidencias. Somos influidos por los grupos a los que pertenecemos, pero no sabemos a carta cabal cómo se formaron esos grupos ni cómo se formaron sus creencias, valores y saberes. Hay una inteligencia colectiva pero no nos preguntamos por su naturaleza. ¿Pesa más la inteligencia individual o la colectiva? ¿El destino las va terciando o su dialéctica define el destino? ¿Es sensato esperar un fututo acogedor? ¿En qué nos basamos para responder que sí o que no?

La inteligencia humana ha producido muchas definiciones de lo que es la inteligencia humana. Una de ellas es descrita como la capacidad de dirigir bien el comportamiento, captando, elaborando y produciendo información. “Dirigir bien” supone resolver adecuadamente los problemas. Así, la inteligencia humana produce sin cesar desequilibrios, que después se esfuerza en reequilibrar. El ser humano inventa herramientas intelectuales cada vez más poderosas para ponerse a salvo de su propia desmesura. Una herramienta es un objeto real o ideal, expresamente diseñado para realizar una función, que sin él resultaría difícil o imposible de realizar.

Todas las herramientas se caracterizan porque condensan conocimientos que el usuario utiliza, pero no conoce. Cada cultura se caracteriza porque pone a disposición de sus ciudadanos un repertorio mayor o menor de herramientas; por ejemplo, los sistemas morales o las instituciones políticas. Al utilizar una herramienta están utilizando, sin saberlo, los conocimientos impresos en su diseño.

La inteligencia individual, escuchemos el rumor, es social en su estructura y su funcionamiento. En su estructura, porque depende inexorablemente de la colaboración social. El cerebro humano está relacionado con la complejidad social. Convivir con un grupo impone grandes demandas intelectuales. Nacimos con predisposiciones, con preferencias, pero es la sociedad la que elaboró en nosotros “nuestras expectativas” y la misma sociedad, junto con uno mismo, va a definir posibilidades de su realización. El papel de la cultura en la estructura personal es hoy ineludible.

Pensamos, sentimos y actuamos en una situación y en interacción con otros sujetos. En las interacciones sociales se da algo más o algo menos que la mera suma de inteligencias. Una gran parte de las ocurrencias individuales proceden de los modelos culturales aprendidos en la inmediatez. Cada situación histórica, social, económica, amplía o cierra posibilidades, suscita ocurrencias, sentimientos, acciones, proyectos. ¿Cómo elaborar una pedagogía social que aumente la inteligencia de las sociedades?

Guiños de la inteligencia compartida

La interacción, tema esencial de la sociología, es la esencia de la sociedad. De la interacción de las inteligencias personales emergen significados, entidades simbólicas, que se mantienen en un espacio ideal, a disposición de todos aunque no todos optemos por tomarlas.

En estricto sentido, la sociedad comienza con la aparición de otro. Simplemente el hecho de sentirnos mirados altera nuestra actitud. La inteligencia compartida es siempre una inteligencia comunicativa, y la conversación es un tipo privilegiado de comunicación. La historia de la conversación proporciona un acercamiento a la historia social, forma parte de la civilidad.

Toda conversación produce un efecto subjetivo y otro objetivo. Esta misma dualidad la encontramos en todas las manifestaciones de la inteligencia compartida. Uno de los efectos subjetivos de la inteligencia compartida es facilitar la aparición de ciertas ocurrencias, y entendiendo como ocurrencias a nuestras experiencias conscientes, que aparecen sin que pueda explicar su genealogía. Una alta inteligencia compartida produce en los sujetos muy buenas ocurrencias de todo tipo.

En la educación observamos una inteligencia compartida que se caracteriza no por la inexistencia de conflictos, sino por el modo de resolverlos; ello es evidente cuando se manifiesta en la capacidad de ayudar a cada uno de sus miembros a realizar sus objetivos vitales; cuando propicia el incremento de la creatividad, produce coordinación de los fines y mejora la calidad de los resultados.

Calidad y cualidades igualmente observables en cuatro grandes aspectos de nuestras vidas: sobrevivir, disfrutar, vincularse socialmente y ampliar las posibilidades vitales. Capital social, capital comunitario, capital colectivo.

(Nota: lo anterior es la transcripción de un diálogo imaginado con José Antonio Marina, él puso casi todas las ideas –y texto– yo solamente el rumor)

rivonrl@gmail.com Tuiter @rivonrl

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