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La exportación más exitosa de Cuba

Mirar a Cuba hoy no es un ejercicio arqueológico ni un ajuste de cuentas ideológico. Es una necesidad política. En la coyuntura mexicana e internacional marcada por el debilitamiento de reglas, la normalización del autoritarismo y la tentación de confundir soberanía con cierre, Cuba funciona como un caso extremo, pero esclarecedor: un país que, sin haber construido una economía sólida ni un desarrollo científico sostenido, logró sobrevivir e influir durante décadas exportando algo muy específico. No bienes, no prosperidad, no futuro, sino una tecnología política de dominación.

Desde 1959, el nuevo régimen cubano entendió una lección elemental: una revolución aislada es una revolución vulnerable. La respuesta inicial fue tosca y directa. En los años sesenta, guerra fría, Cuba impulsó guerrillas en Venezuela, Bolivia, Guatemala, Colombia, Perú y otros países de América Latina. El balance fue un fracaso militar casi total, pero dejó un aprendizaje duradero: no bastaba con incendiar Estados; había que aprender a controlarlos.

Esa lección maduró en África durante los años setenta y ochenta. En Angola, Etiopía, Mozambique, Guinea-Bisáu, Argelia o el Congo, Cuba actuó como actor militar y político de primer orden. No exportó desarrollo ni instituciones modernas, sino cuadros armados, doctrina ideológica y saber de control. Fue un imperio sin retórica imperial, sostenido por subsidios soviéticos y justificado como internacionalismo. Mientras tanto, el desarrollo productivo interno quedaba siempre para después.

Cuando la Unión Soviética colapsó, Cuba no se reconvirtió: se especializó. Sin tanques ni grandes ejércitos, refinó una exportación más discreta y eficaz. Venezuela fue el caso paradigmático. No una invasión, sino una integración profunda de aparatos de seguridad, fuerzas armadas, registros civiles, sistemas de identificación, tribunales y telecomunicaciones. Un Estado reorganizado no para producir riqueza, sino para reproducir el poder en condiciones de escasez permanente.

Ese modelo, replicado con variaciones en Nicaragua, Bolivia o Ecuador, no promete bienestar ni progreso. Promete algo más modesto y más valioso para quien gobierna: duración. Cuba ofrece manuales para gobernar cuando la legitimidad se erosiona, la economía ya no alcanza y el sistema mundial deja de integrar. En lugar de crecimiento, control; en lugar de innovación, lealtad; en lugar de ciudadanía, control de poblaciones.

El costo ha sido evidente puertas adentro. Mientras otros países intentaron -con éxitos y fracasos- industrializarse, diversificar su economía o invertir seriamente en ciencia, Cuba dejó esas tareas en suspenso. Vivió de subsidios ajenos, de rentas políticas, de remesas y de servicios estatales disfrazados de solidaridad. Su producto más consistente no fue el azúcar ni la biotecnología, sino un saber autoritario portátil.

Tal vez por eso resulte incómodo nombrarlo. Porque obliga a reconocer una forma de impulso imperial poco habitual: sin flotas ni grandes capitales, sin promesas de modernización. Un poder que no expande mercados, sino restringe alternativas. Un imperialismo de baja intensidad, sostenido no por la abundancia, sino por la escasez.

En un mundo que dejó de ofrecer trayectorias claras de ascenso, esa tecnología encuentra demanda. No crea órdenes nuevos; ayuda a habitar el desorden. Y en la coyuntura actual -también la nuestra- conviene mirarla de frente: no como modelo a imitar, sino como advertencia de lo que ocurre cuando gobernar deja de significar construir futuro y pasa a significar, simplemente, seguir mandando y viviendo de los demás.

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