Opinión

“La inclusión que nació en el corazón de los padres de Valentina”

Abonando a la visibilidad de las personas con Síndrome de Down, queremos compartir nuestra historia, y externar que la inclusión no es solo un concepto: es una experiencia diaria que se vive, se aprende y se impulsa desde el corazón de nosotros como padres pero que necesita extenderse a toda la sociedad.

La inclusión es una palabra que no formaba parte de mi vida. No estaba en mi conversación ni en mis prioridades. Fue hasta que me convertí en madre, hace 13 años, que entendí su significado: no como discurso, sino como una realidad que se construye con amor, constancia y compromiso.

Cuando nació nuestra hija Valentina, la colocaron en mi pecho y me dijeron que tenía trisomía 21. En ese instante no hubo miedo ni duda. La vimos y la reconocimos como nuestra, con un amor absoluto. Así comenzó un camino que no elegimos, pero que asumimos con responsabilidad, con valentía y con alegría.

Mi maternidad es también una paternidad compartida con mi esposo, Daniel Pesquera. Juntos hemos aprendido que criar a una niña con síndrome de Down no es una tragedia, sino una experiencia profundamente humana que nos enseña sobre capacidad, resiliencia y amor incondicional.

Valentina nació con hipotonía muscular, que era bajo tono muscular y tres soplos en el corazón, actualmente cerraron dos y el último ya por cerrar. Cada avance ha sido resultado de terapias, disciplina y acompañamiento, y cada día nos sorprende con su felicidad y su disposición a aprender. Actualmente forma parte de “Gigi’s Playhouse” y seguimos en lista de espera para recibir terapia de lenguaje; esperamos que pronto la tomen en cuenta, porque cada día de aprendizaje es valioso y esencial para su desarrollo.

Nuestra invitación también va a la sociedad: vecinos, padres, niños, todos podemos revisar nuestra mirada y nuestros gestos. Las miradas pueden incluir, acompañar y fortalecer, pero también pueden herir. La inclusión empieza en el respeto, la empatía y en enseñar a nuestros hijos a reconocer al otro como igual.

Al mismo tiempo, pediríamos más instituciones públicas que permitan que nuestros hijos accedan a terapias y clases sin interminables filas ni depender de apoyos gratuitos gestionados por las familias. La inclusión requiere inversión, planificación y compromiso real del Estado.

Sabemos que Valentina llegará muy lejos. No solo por las terapias o los esfuerzos médicos, sino porque cuenta con el amor y el impulso de sus padres, sus abuelos, sus tíos y toda su familia que la ama, la respeta y la acompaña. Ese amor no es un privilegio: es un derecho que debería ir acompañado de oportunidades reales para todos los niños.

La inclusión comienza en el corazón de los padres, pero no puede quedarse ahí. Debe traducirse en políticas públicas efectivas, en inversión, en infraestructura y en acceso real y sin condiciones. La inclusión no es caridad ni discurso; es justicia, compromiso y valentía colectiva.

Agradecemos profundamente contar esta historia gracias a la DIIGEPaz UAQ y a Tribuna de Querétaro, porque visibilizar también es un acto de inclusión.

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