Opinión

La memoria colectiva se hace con faltas de ortografía

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

Claro que podemos imaginar un universo cotangente en el que los personajes de ficción son reales y nos ven como “sus” personajes de ficción. Incluso, si entrenamos nuestra mente en las habilidades para viajar en el tiempo y el espacio del llamado multiverso, tendremos la oportunidad única de saber y de vivir plenamente eso que “está ahí”, ya que conoceríamos al (los) autor(es) de la ficción de que somos parte. Y viceversa. Nada que ver con dioses, monalidades o dualidades que, en todo caso, son juguetitos de entrenamiento para la imaginación. Nada.

 

Hace algún tiempo, Gabriel García Márquez (GGM) levantó revuelo cuando dijo que la ortografía no tenía que ser lo que es. Tal vez quería confesar algún remordimiento. Cuando alguien hace ese tipo de declaraciones es porque algo incomoda al espíritu.

Desde el punto de vista de las fuentes de un escritor -dijo Mario Vargas Llosa en conversación con GGM, Historia de un deicidio-, importa poco determinar la exactitud de las anécdotas, las dosis de verdad o de mentira que contienen.

Por ejemplo, en Querétaro tenemos aquella anécdota que aseguraba que los prósperos mineros de San Joaquín -y Querétaro capital-, a finales de los 60 y principios de los 70, mandaban importar cajas de coñac francés para endulzarlo con refresco Victoria de grosella.

Más importante que saber cómo ocurrieron esos hechos del pasado local, es averiguar cómo sobrevivieron en la memoria colectiva y cómo los recibió y creyó o reinventó el propio escritor.

San Joaquín pudo ¿puede? ser nuestro pequeño Macondo, con su aristocracia, su trama social maravillosa y “la hojarasca”, que en el declive económico y productivo conformó las caravanas de miseria con destino a la zafra veracruzana. Nos faltó el escritor nomás. Aunque nunca es tarde.

Cuando GGM comenzó a gatear, a andar, a hablar, vivió la miseria, la sordidez y la rutina; los mejores días de Aracataca como dinámico centro bananero eran cosas del pasado. Fue la memoria de la gente, la deformación fantástica que el pueblo hace de la historia, de su historia, la que, además de suavizar la sobrevivencia colectiva, proyectó y definió el universo mental de GGM.

La historia verdadera es la deformación fantástica del pasado realizada por la gente, por el pueblo. La historia de los historiadores es, los más honestos lo reconocen, una deformación fantástica un poco más sofisticada.

Supongo que GGM sentía una gran deuda hacia esa memoria colectiva, hervidero de contradicciones cuya riqueza estaría incompleta sin faltas de ortografía.

Vivimos de mitos, de fantasmas, de soledades y nostalgias, somos personajes aparentemente anónimos de una historia que no podemos leer. Pero la podemos imaginar escrita por GGM.

La desgracia de ser feliz

“…así como los hechos reales se olvidan, también algunos que nunca lo fueron pueden estar en la memoria como si hubieran sido.

Aquel sábado negro descubrí la felicidad: un estado del cuerpo y el alma que se vive un instante y se sigue pagando por el resto de la vida.

¿Por qué me conociste tan viejo? Le contesté la verdad: la edad de uno no es la que se tiene sino la que uno siente.

Desde entonces la llevé en la memoria con una nitidez que me permitía hacer de ella lo que fuera útil para ser felices.

La peste del insomnio

“…estudiando las infinitas posibilidades del olvido (José Arcadio siguiendo el método de Aureliano), se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad. Entonces fue más explícito. El letrero que colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de Macondo estaban dispuestas a luchar contra el olvido: Ésta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que herviría para mezclarla con el café y hacer café con leche. Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita. En la entrada del camino de la ciénaga se había puesto un anuncio que decía Macondo y otro más grande en la calle central que decía Dios existe. En todas las casas se habían escrito claves para memorizar los objetos y los sentimientos.”

El íncipit que lo dice todo

«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo».

@rivonrl

{loadposition FBComm}

 

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba