Opinión

La memoria

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

En alguna parte leí que en la actualidad las personas tenemos memoria de tres meses. Tengo mis dudas. Con la velocidad del Twitter, la memoria se ha reducido a dos días o a algunas horas. Nos ocupamos de un vendaval en tanto aparece un nuevo vendaval, un nuevo y más horroroso vendaval. Para el poder, el estado ideal de los pueblos es la desmemoria y el miedo. Se gobierna más fácil a la gente olvidadiza y obediente. Se gobierna mejor a los pueblos cuyos historiadores y periodistas escriben sobre el hielo.

Por eso es importante que haya quienes se ocupen de mantener vivos los hechos que nos indignan y que nos recuerdan nuestras miserias. Es el caso del escritor Julio Figueroa, radioescucha de RadioUAQ. José Emilio Pacheco decía que Julio era el precursor del blog y del correo electrónico, pues con paciencia franciscana repartía casa por casa sus “hojas sueltas” cargadas de crítica inteligente. Octavio Paz, con quien Julio mantuvo largo vínculo, le decía que ya dejara de escribir hojas sueltas y escribiera libros. Como Julio siempre ha sido desobediente, no atendió la recomendación de Paz. Ya murieron esos dos poetas y él sigue escribiendo hojas sueltas, sólo que ahora el internet le ha alivianado la existencia y no tiene que andar de puerta en puerta.

Julio es un extraordinario polemista, un erudito de la literatura y un activista que libra con estoicismo las vejaciones verbales de aquellos a quienes molesta la punta de diamante de sus críticas. Le guardo admiración y lo digo públicamente ahora que nos estamos aproximando a una dolorosa efeméride, que cae en días de creciente indignación en el país. El próximo 27 de noviembre, el jueves de la próxima semana, se acumularán diez años de impunidad en un caso que tiene todos los elementos dramáticos de un crimen que nadie en esta ciudad debería olvidar.

Un joven estudiante queretano fue asesinado tras un incidente callejero y el principal sospechoso, miembro de una poderosa familia que simboliza la prosperidad de los buenos negocios, fue liberado en condiciones que exhiben un burdo desaseo por parte de las autoridades responsables de la justicia. Por ser un BMW el auto en el que viajaba el criminal, el caso es mejor conocido con esas letras: BMW. En 2005, la Comisión Nacional de los Derechos Humanos desgranó, una a una, las irregularidades imputables a la Procuraduría de Justicia del Estado, que merece la próxima semana un pastel de aniversario, pues lleva diez años con una averiguación previa y no parece tener el menor interés en esclarecer el caso.

Y es que Julio ha contribuido grandemente a que esta tragedia se mantenga en la memoria. Todos los días 27 de todos los meses que han pasado desde el crimen, en 2004, se ha ocupado de recordar el caso. Muchos le preguntaron que quién le pagaba por dedicarse a desprestigiar al PAN, pues el crimen ocurrió durante la administración del gobernador Francisco Garrido, y algunos ahora, en la más absurda frivolidad, se han atrevido a decir que el joven asesinado en 2004 no es muertito del PRI ni es muertito de José Calzada, así que, por favor, no molestar, que aquí estamos muy ocupados cerrando los negocios de la prosperidad. ¡Hasta dónde han llevado su patrimonialismo más parroquial! No es muerto de José Calzada y él no va a comprar ese boleto, dicen. ¡Vaya noción tan absurda del Estado! En el colmo del cinismo, según oí decir al padre del joven asesinado, recién iniciado el actual gobierno, el procurador Arsenio Durán, en una expresión verdaderamente asombrosa, le dijo que como él venía llegando no sabía nada del caso y que, por favorcito, le hiciera llegar los papeles que tuviera para ver qué podía investigar.

Lo cierto es que el gobierno de José Calzada ya va a terminar y nada investigó. Y no sólo eso: el principal sospechoso enderezó las baterías contra los que mantuvieron el caso en la memoria colectiva. Intentó lanzar al aparato de justicia sobre varios periodistas, entre ellos Julio Figueroa, sólo que, luego de varios años, por fortuna, la Suprema Corte de Justicia de la Nación le negó al sospechoso la razón. Junto con Julio, periodistas como Eric Pacheco, Mariana Chávez, Víctor López Jaramillo, Agustín Escobar, Fernando Paniagua y Alfredo Rodríguez han hecho gran contribución para que se mantenga viva la memoria.

México y Querétaro son sombrío territorio de impunidad. Las procuradurías y los tribunales de justicia son corresponsables de la violencia que se ha instalado y no parece irse pronto del país. Si los gobiernos creen que son de acero, deben recordar que el tiempo se les está acabando y se encuentran ya en la lista de las vergonzosas y muy costosas tragedias contemporáneas.

Lo único que sobrevive a la impunidad es la memoria. Por eso, quise hoy poner el acento en lo fundamental de la memoria. Ya habrá que tocar las fibras del caso en sí mismo, pues tiene aristas muy inquietantes. Sobre todo en momentos en que los agravios acumulados de pronto resucitan y se amalgaman con las nuevas tragedias para interrumpir la fiesta de los que no quieren saber y quieren olvidar.

Parafraseando a Javier Sicilia, además opino que los cuarenta y tres normalistas deben ser presentados con vida y que la movilización nacional del pasado 20 de noviembre, es un síntoma de que la indolencia no ha alcanzado a todos. Ojalá los rectores de todas las universidades del país hagan eco al llamado que está haciendo el rector de la Universidad Autónoma de Querétaro para que la inteligencia de este país se exprese y contribuya a atajar a la minoría de violentos que desde el poder administran la impunidad y quieren ver las calles en llamas para que el país y los negocios sigan siendo de ellos solitos.

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