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La muerte en Mesoamérica

En el pensamiento mesoamericano, morir no implica desaparecer, sólo transformarse. La muerte representa un cambio de forma, la continuación del viaje por otros rumbos del cosmos, dónde la vida y la muerte no se oponen, sino que se fecundan mutuamente, aclaró la coordinadora del Centro de Estudios Interculturales y Vinculación (CESIVI) de la Facultad de Filosofía, María Cristina Quintanar Miranda en la conferencia magistral “La muerte en la cosmovisión mesoamericana”.

La maestra en Estudios Históricos y etnohistoriadora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) explicó que la manera en que los pueblos mesoamericanos comprendieron la muerte está estrechamente ligada a su visión del universo. Lejos de concebirlo como algo lineal, imaginaron un cosmos vivo y dinámico, compuesto por planos interconectados. En su centro se encontraba el mundo terrestre, punto de equilibrio entre los distintos niveles del cosmos. De este eje se extendían los cuatro rumbos del universo -cada uno asociado con colores, deidades y elementos específicos- y tres grandes niveles de existencia: el celeste, el terrenal y el inframundo.

El plano superior se dividía en trece cielos, moradas de las divinidades, mientras que hacia abajo se hallaban los nueve niveles del inframundo, el Mictlán, lugar de reposo y tránsito donde las almas emprendían un largo recorrido para liberarse de la materia y reintegrarse al ciclo cósmico. Contrario a la cosmovisión occidental, este viaje no era un castigo ni una condena, sino parte natural del equilibrio universal.

En esta cosmovisión, más que ver a la muerte como una pérdida definitiva, se le resignificaba como un retorno al origen. Sin embargo, el destino de cada persona después de morir no dependía de sus acciones en vida, sino de la manera en que había muerto. Quienes perecían en combate o durante el parto se unían al sol para ayudarlo en su combate diario en el inframundo; los ahogados y quienes morían por causas ligadas al agua iban al Tlalocan, el paraíso de Tlaloc, la deidad del agua celeste, la lluvia; mientras que los fallecidos por causas naturales emprendían el largo camino hacia el Mictlán, dónde su espíritu atravesaba diversas pruebas antes de alcanzar el descanso final. Estas creencias expresaban una visión cósmica regida por las leyes sagradas de la naturaleza y no así por la moral humana.

Quintanar Miranda subrayó que, para los pueblos mesoamericanos, comprender la muerte implicaba también entender la vida como parte de un mismo ciclo. El nacimiento, el crecimiento, la vejez y la disolución, que no eran etapas opuestas, sino manifestaciones de una misma energía que fluye eternamente. Este pensamiento nos invita a repensar nuestra relación con la muerte y con la memoria, a reconocer en ella una transformación más que un final, concluyó la conferencista.

DIVULGACIÓN, FACULTAD DE FILOSOFÍA

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