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La neurona patriótica

David Hume, escocés desconfiado de dogmas, descubrió que la razón humana es menos firme de lo que presume. Lo que llamamos conocimiento se apoya en repeticiones: el sol que amanece, la mesa que resiste, la promesa que se cumple porque antes ocurrió. Todo saber es costumbre.

Por eso recomendó moderación y desconfianza ante las pasiones inflamadas.

Walter Lippmann, dos siglos después, trasladó la sospecha a la democracia de masas. En “Public Opinion” (1922) señaló que la mayoría vive en “pseudo ambientes”: titulares, consignas, hoy, además, memes y TikToks. Esas imágenes pesan más que lo real. El ciudadano medio no delibera tanto como cree: necesita filtros y expertos se los dan.

Con Eric Hobsbawm la escena adquiere tramoya. La modernidad fabrica pasados a medida. Fiestas patrias, desfiles, himnos escolares y uniformes recientes se exhiben como eternos.

Ahí están los ejemplos: el 15 de septiembre en México, institucionalizado 100 años después de Hidalgo; el 4 de julio estadounidense convertido en parrillada; el 14 de julio francés, desfile de la Tercera República mostrado como eco de 1789. La historia se vuelve utilería al gusto y necesidad del poder en turno.

Puestos en secuencia, los tres trazan un mapa:

  • Hume muestra la mente como hábito.
  • Lippmann advierte que el hábito se alimenta de percepciones prefabricadas.
  • Hobsbawm revela que esas percepciones se legitiman con tradiciones inventadas.

Las fiestas cívicas escolares convierten a los niños en soldados de la memoria, marchando al sol para representar un pasado impuesto.

Las tradiciones teóricas peinan su linaje cómodamente. El liberalismo canoniza a Locke con catecismo de mercado. El marxismo levanta altares a Marx, Lenin, Fidel. El neoliberalismo cita a Hayek como si fuera evangelio.

Las religiones dominan este arte: el calendario litúrgico disciplina costumbres y conductas.

Las pseudociencias copian el método: frascos vacíos en homeopatía, “memoria del agua”, signos zodiacales reciclados de Babilonia, terapias biocuánticas con evidencia escurridiza.

El ciudadano cree decidir, pero obedece rutinas neuronales y recuerdos manufacturados. La política lo sabe: por eso convoca vírgenes, próceres, himnos y banderas que cambian de dueño, pero no de función.

La neurociencia refuerza la metáfora con la “neurona Jennifer Aniston”, célula que se activa con un rostro o un nombre. Nuestro cerebro busca atajos. En campaña, esa chispa se enciende con la Virgen de Guadalupe, el Che en camiseta, el logotipo de un partido o la bandera en el estadio.

Millones de neuronas Aniston deciden por nosotros: reconocer sustituye comprender.

¿Hay salida? Sí, modesta y trabajosa. Higiene epistemológica. Buen periodismo. Clases de historia que cuenten genealogías y no catecismos. Rituales cívicos que expliquen su origen.

Y, sobre todo, una ética de la duda que premie la evidencia y tolere la complejidad.

Hume pondría el freno: sospecha de lo que entusiasma demasiado. Lippmann recordaría que todo meme es una decisión intrusa. Hobsbawm pediría fecha y procedencia a cada rito.

Con ese trípode, el ciudadano pasa de figurante a agente cívico: menos estampitas, más argumentos; menos mantra y más contraste; menos dogma y más memoria de cómo fabricamos recuerdos.

La democracia respira mejor cuando nuestras neuronas reconocen sin hincarse, cuando el símbolo se deja preguntar y la costumbre acepta desaprender.

Sin infalibilidad, cultivemos procedimientos. Sin certezas, responsabilidad. Sin eternidades, historias bien contadas. Sin ídolos, instituciones que toleren la duda.

Sin milagros, reglas que se cumplan. Sin estampitas, ciudadanos que lean el reverso de la estampita.

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