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La nueva hegemonía mexicana

México está viviendo un reacomodo silencioso. Tan silencioso que muchos prefieren no oírlo, y otros lo confunden con ruido de fondo. Lo cierto es que el país ha dejado atrás la etapa en que el crimen organizado era un actor perturbador para entrar en otra mucho más incómoda: la etapa en que el crimen se volvió hegemón. No hegemónmetafórico, sino en el sentido más antiguo de la palabra:“hēgemon”, en griego, significaba “guía”, “jefe de filas”, “el que marca el paso”. Milenios después, Gramsci la retomó para explicar algo más sutil: el poder que, además de controlar, consigue que su control parezca natural.

Esto no empezó ayer. Como recuerda Luis Astorga, el fenómeno tiene cien años de fermentación, desde los primeros arreglos entre autoridades regionales y traficantes, pasando por la Pax Mafiosa del siglo XX, hasta llegar a lo que podríamos llamar -para no repetir etiquetas gastadas- nuestro periodo de reacomodos violentos. Ese periodo estalló con la guerra declarada por Felipe Calderón, una guerra que abrió la caja de Pandora institucional y que ningún gobierno posterior ha querido combatir con método ni sinceridad, sólo con administraciones del desastre y pactos encubiertos.

En este terreno movedizo emergió la figura que hoy domina el escenario: la macroempresa criminal, un actor con presencia territorial, capacidad militar y tecnológica, estructura administrativa y un portafolio de negocios que combina lo feudal, lo empresarial y lo improvisado. No exageramos: drogas, tala, minería, extorsión, migración, contrabando, lavado, cobro de piso, control de rutas y “servicios de seguridad” forman un ecosistema económico que prospera porque el Estado, infiltrado, actúa como barrera político-criminal que impide, desvía o descarrila violentamente cualquier acción correctora.

Los liderazgos políticos son los mismos liderazgos criminales. Las discusiones públicas sobre familiares influyentes, campañas financiadas con manos invisibles o gobernadores envueltos en sospechas no prueban culpabilidad; prueban algo más profundo: la frontera se diluyó. No es que el crimen se infiltre; es que la política abrió la puerta y dejó la luz prendida.

Las señales están ahí: investigaciones periodísticas, testimonios directos, reportajes en video, análisis forenses y crónicas desde territorios donde la autoridad formal apenas figura. Y aquí cobra sentido la etimología inicial: hegemoníaya no es una abstracción. Es lo que ocurre cuando un poder no necesita imponer nada porque la gente reorganiza su vida según sus reglas. Gramsci lo diría sin rodeos: la hegemonía es cuando la dominación deja de sentirse como imposición y empieza a sentirse como paisaje.

Eso ocurre cuando un comerciante incluye el derecho de piso en sus costos; cuando un transportista evita rutas que ya tienen dueño; cuando un candidato decide no pisar cierta región; cuando un municipio aprende a convivir con “horarios permitidos” dictados no por ley, sino por práctica mafiosa.

Algunos estados ya viven plenamente bajo este régimen híbrido. Otros todavía se sostienen. Querétaro, de refilón, aparece como excepción: todavía sin explosión abierta, pero con suficiente densidad económica, rutas estratégicas y corredores logísticos como para que cualquier burbuja se vuelva espejismo. La frase “aquí no pasa” envejece mal.

Reconocer que el crimen se está volviendo hegemón no implica derrotismo; implica precisión. El desafío es recuperar la hegemonía republicana: esa donde la ley vuelve a ser guía y no mero acompañante. Una hegemonía que se imponga por la fuerza legitima, la eficacia y sentido común.

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