Opinión

La obstinación de la memoria

En México, el tiempo se ha vuelto una espiral absurda donde los desaparecidos existen y no existen al mismo tiempo. Se habla de ellos en los discursos oficiales, se niegan en las conferencias de prensa, se buscan en terrenos baldíos, pero su número se diluye en los registros como si nunca hubieran estado. Cada madre que busca a su hijo se convierte en espectadora de una maquinaria estatal que gira sin avanzar, que funciona sin propósito, como si su única misión fuera producir papeleo sin respuesta.

Porque la desaparición no es un evento, es un proceso interminable. Todo comienza cuando un ser querido deja de contestar el teléfono. Luego, la espera se convierte en días de incertidumbre, y después en semanas de peregrinaje por oficinas donde los papeles se sellan con gestos de indiferencia. «Regrese en una semana», le dicen a la madre. Y cuando regresa, le piden que vuelva en dos. La burocracia avanza sin moverse, acumulando nombres en expedientes que nadie, o casi nadie, se toma la molestia de abrir.

El Estado mexicano prefiere la burocracia al duelo. En 2017, al final del gobierno de Peña Nieto, se creó la Comisión Nacional de Búsqueda como si una oficina bastara para saldar la deuda con los ausentes. Desde febrero de 2019 hasta agosto de 2023, Karla Quintana, como Comisionada Nacional, encabezó la construcción de políticas públicas y metodologías para abordar desapariciones en distintos contextos: desapariciones forzadas, trata, secuestro, reclutamiento forzado. Su trabajo incomodó al poder y fue separada del cargo. Regresó la simulación. Pero fueron las madres, esposas, hermanas y amigas quienes continuaron la tarea: escarbar la tierra, oliéndola, rasgándola con herramientas caseras, porque antes que ellas estuvieron sus desaparecidos, unos junto a otros, entrelazados en fosas comunes donde descansan más de cien mil personas que nunca volvieron a casa.

Mientras tanto, los gobernantes han convertido las conferencias de prensa en espectáculos de magia inversa: desaparecen problemas. Fruncen el ceño, declaran que todo está bajo control y presentan investigaciones que no investigan nada, denuncias que no prueban nada. ¿Pruebas? Ya no hacen falta. La verosimilitud ha sido reemplazada por la narrativa. Y el acto de exigir justicia se convierte en una amenaza, en un gesto subversivo.

Porque el problema no es solo la desaparición, sino la insistencia del Estado en desaparecer a los desaparecidos. La impunidad prolonga el crimen, y el crimen prolonga el terror. Se cierra así un círculo vicioso en el que el poder oculta cuerpos, manipula cifras y convierte la búsqueda de la verdad en una afrenta.

Los desaparecidos no son solo estadísticas ni argumentos de debate político. Son presencias que demandan ser reconocidas. No basta con encontrar restos: hay que devolverles su nombre, su historia, sus vínculos afectivos. Ellos, desde su inmaterialidad forzada, insisten en existir. Y esa insistencia transforma a los vivos en buscadoras, en excavadoras de un pasado que niega cerrarse. Como dijo Juan Rulfo, los muertos pueden morir otra vez: la violencia se prolonga más allá del cuerpo, degradando lo poco que queda de ellos, incluso en el olvido.

El duelo no es opcional: es la única defensa frente al exterminio total de la memoria. La madre que cava con las manos no solo busca huesos: busca respuestas. Cada fosa común es una pregunta abierta, una denuncia sin eco. La ausencia no solo marca a los vivos: también define a los muertos. Ellos siguen aquí, exigiendo su derecho a ser reconocidos. Y nosotros, los vivos, solo podemos responder con la búsqueda, con la memoria, con la obstinación de no dejarlos caer en el olvido.

La historia lo ha demostrado: cuando los muertos no son defendidos, ni ellos ni nosotros estamos a salvo del enemigo.

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