Opinión

La otra cara de la historia: El bicentenario de fray Junípero Serra (Segunda parte)

Por: J.E. Miguel A. García y Olvera

Nosotros sabemos que durante toda la “invasión guerrera española” (llamada eufemísticamente ‘Conquista’) la construcción de todos los templos católicos y de los palacios ‘coloniales’ fueron hechos con el ‘trabajo forzado’ de los dueños naturales del continente y con las piedras arrancadas de sus propios templos y mansiones, para materializar el ocultamiento de su espléndida arquitectura autóctona.

Sin embargo, los amanuenses ‘naturales’ oto-pames, supieron emular el barroquismo de los edificios europeos con su propia maestría. Un testimonio muy cercano a nosotros hoy son las pinturas otomíes del templo de Ixmiquilpan, Hidalgo.

Con la ‘evangelización’, los españoles estructuraron una teología filosófica que justificara y legalizara la invasión, la destrucción, el sometimiento y la explotación de los ‘infieles’ originarios.

Legitimar la injusticia, la atrocidad, el genocidio, la marginación fue y es el objetivo de juristas, teólogos, religiosos, nobles, comerciantes y aventureros, mientras, con ello generaban la riqueza de España a partir del despojo y el crimen, bajo el argumento de la “razón de Estado”.

Las concepciones de la vida y el mundo, la guerra y el poder, entre los europeos y el resto del mundo han sido totalmente diferentes. De modo que la ‘heroica’ empresa de ‘descubrir el nuevo mundo’, no fue más que una aventura comercial y guerrera, financiada por los voraces mercaderes y llevada a cabo por los españoles más pobres e ignorantes de la obscura Edad Media, a cualquier precio y sin ningún escrúpulo. Todo esto se celebrará en noviembre de 2013 en las Misiones de Sacramento, San Luis Rey, Carmel, Monterey, San Francisco, San Diego y una veintena más de poblaciones californianas, en los Estados Unidos y en la ciudad de Querétaro, Tilaco, Landa de Matamoros, Bucareli, Tancoyol, Concá y Jalpan de Serra.

Cuando se debería imitar lo que se hizo en Australia en 1998, cuando oficialmente el gobierno y la población no nativa pidieron perdón a las comunidades originarias, por la invasión y el genocidio que sufrieron en los siglos XVI al XX.

Hoy día, los nativos de Australia tienen total reconocimiento de su autonomía y de sus derechos territoriales y culturales.

Aquí, la incomprensión e irrespeto del ‘cosmo-ser’ de los pueblos originarios se hace más evidente en instituciones asistenciales. Concretamente en las directrices políticas desde las cuales se ha pretendido paliar la supuesta pobreza de las comunidades denominadas indígenas. Directrices puestas en marcha por el Instituto Interamericano Indigenista y el Instituto Nacional Indigenista (INI) ahora transformado en Comisión para la atención de los pueblos indígenas.

El carácter asistencial de los programas y acciones emprendidas por las instituciones referidas no cambian sustancialmente la situación de olvido en el que el país ha dejado al importante sector ‘originario’ y ello porque sus políticas no promueven su reconocimiento como pueblos-nación. Pueblos con historia milenaria, con lenguas propias, autonomía real de su gobierno, con posesión y usufructo de los recursos de sus territorios y, sobre todo, la aceptación de su pensamiento hacia el futuro.

Un aspecto de gran trascendencia que violentó el cosmo-ser de nuestros pueblos fue la diferencia conceptual y real entre los dogmas del catolicismo impuesto y su propia espiritualidad ligada a la Madre Naturaleza.

En definitiva, parece que el anhelo del ser humano se dirige hacia un estado en el que nos identificamos con el universo, con la totalidad, con la presencia de lo espiritual, con la energía cósmica, es decir, junto con los hñähñú, tzeltal, wixáritari, purépecha, mapuche, wayú (…) somos el todo. Por ello, la Tierra, la Nänä-Jaí, más que como algo material, la consideran como una Madre universal que da vida, que alimenta, que protege y que cobija cuando uno muere, para vivir y dar otra vida.

Junípero Serra, funcionario de la Inquisición, no pudo vislumbrar lo que otros misioneros, como Bartolomé de las Casas, Motolinía, Montesinos, Vasco de Quiroga, que en sus escritos llegaron a consignar su admiración por el pensamiento religioso y filosófico de los nativos, pero que, a pesar de ello, apoyaron la Conquista.

Todavía hoy, en la Plaza de Fundadores de la ciudad de Querétaro, al pie de las estatuas de fray Margil de Jesús, y del propio Junípero Serra, se lee una placa donde se les da el título de ‘civilizadores’, lo cual hace suponer, que los pueblos originarios carecían de civilización. ¿Qué fueron, entonces, y qué son ahora Teotihuacán, Coacalco, Palenque, Chichenitzá, Khabhá, Bonampak, Mitla, Monte Albán, Tikal, Machu Picchu y mil ‘sitios sagrados’ más, donde se muestran vestigios (encubiertos o semidestruidos), de civilizaciones florecientes, testimonio de una gran riqueza cultural y una profunda sabiduría humana filosófica, literaria, espiritual, matemática, astronómica, biológica, arquitectónica…

Bernal Díaz del Castillo, en su relación sobre “La verdadera historia de la Nueva España”, narra la admiración que le causó a Hernán Cortés y a sus soldados la visión panorámica de Tenochtitlán desde el puerto de Tlamacas (entre los volcanes Popocatépetl e Iztaccihuatl), ciudad que fue arrasada con saña.

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