Opinión

La patria peregrina: una voz, un voto, un silencio

Por Judith Pérez Soria

Tempranito, a eso de las 5:00 am salía la caravana del corazón de Los Angeles, California, hacia Tijuana, con hombres mayores que habían nacido y crecido en México y que no encontraron alternativas en su país, con mujeres jóvenes nacidas en México, nacidas en Estados Unidos, ¿cuál es la diferencia, si todas se preocupan por el futuro de México? Los medios de comunicación cubrían el evento y preguntaban: ¿Por qué gastar tantos recursos para ir a votar? ¿Por qué interesarse en un país que los había expulsado? ¿Por qué interesarse en un país que no los había visto crecer? Porque había esperanza, indignación, compromiso, porque los problemas no se resuelven a pesar de tener documentos para cruzar fronteras. Porque la desigualdad se hace más hiriente cuando se vive transfronterizamente. Porque se confiaba en las elecciones como un medio del cambio político, porque había llegado el momento de la voz desde el exilio con tanta reforma política y doble nacionalidad.

Nada podía contra el entusiasmo, ni las tres horas que separan a Los Angeles de Tijuana, ni las seis horas que había que esperar para votar, ni el sol abrazador que remarca las pieles cual tinta indeleble, ni los regaños de los funcionarios de casilla, ni la molestia de los colados que siempre sobran y nunca faltan. La sociedad civil buscaba mecanismos para liberar la tensión: un aplauso a los que salían de la casilla y gritaban el tiempo: ¡cinco horas y media!, mostrando el pulgar marcado; una protesta por las camionetas y las personas con algún eslogan partidista, o un mito urbano sobre una casilla especial vacía.

A media jornada la mampara se cayó dos veces, como presagio de la fortaleza institucional que no soporta los vientos del cambio; la segunda vez tuvo que ser amarrada con cinta adhesiva, como tantas cosas que se remiendan en el país. Finalmente, el momento de ser buscado en el sistema y el riesgo de no ser encontrado, como les ocurrió a cien personas. Luego, las boletas y a la mampara. Marcar, doblar, depositar y esperar, esperar que los votos cuenten, esperar que otras voluntades se sumen a la nuestra, esperar que la mayoría se construya de voto en voto.

A las 7:00 pm había alrededor de 200 personas aún formadas esperando votar, mientras las encuestas de salida ya anunciaban a un ganador. Los ánimos de unos subieron, los de otros bajaron, cual juego de “suma cero”, unos decían que ganó el que todos decían que iba a ganar, otros que había que esperar el conteo de los votos.

Luego los discursos del consejero del IFE, del candidato de la ventaja estadística, de la candidata, del candidato de la “maestra” y del candidato de las izquierdas, sonaban como un mar revuelto golpeando la voluntad, anunciando, cual cabañuelas, los malos días venideros. Mientras, la espera en la línea fronteriza para cruzar a un país, dejando atrás a otro, hacía más pesada la partida.

 

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