Opinión

La Real revelación de Madrid

Por: Mariana Villalobos Rodríguez

Madrid, España.- Esta mañana Siréx, la colombiana, me invitó a ver una presentación de danza africana y acepté. A decir verdad, la danza africana no me cautiva, pero tenía tiempo libre que matar antes de mi cita con el madrileño, además, era el único plan que no estaba relacionado con el partido ese de futbol que las pocas personas que conocía iban a ver: el “clásico”, Atlético de Madrid contra Real Madrid, el final de la Champions.

En fin… aproximadamente a las seis de la tarde me dirigí a la dichosa presentación. Después de las obligadas preguntas estúpidas que un turista tiene que hacer para llegar a una de las estaciones más concurridas de la ciudad, pude llegar a la estación más lejana en la que había estado: la “doce de octubre”, no la del metro sino la del renfe.

Cuando esperaba transbordar caí en cuenta de lo molesto que era viajar tan lejos para ver una presentación de baile, en realidad no había razón alguna para llegar a tal estación desde Madrid a menos que se tratase de un importantísimo acto de danza africana, ¡y eso!

Justo pensaba en todo esto cuando una multitud con camisetas bicolor (franjas rojas y blancas) se acercaba a la parada del otro lado del andén, iban hacia la ciudad.

De momento creí que se trataba de una manifestación de algún partido político puesto que al día siguiente eran las elecciones europeas, pero cuál fue mi sorpresa al ver que se trataba de un grupo de personas con camisetas de uniforme, pero no de un partido político sino de un equipo de futbol.

¿Será? –pensé con repudio– y sí, en efecto lo era.

Dejé mi indignación de lado para llegar con Siréx. Se me hacía tarde. La bola de rayados (los del Atlético de Madrid, ahora lo sé) obstruían el camino a mi paso. Por suerte, uno de ellos pudo ayudarme a encontrar la dirección que buscaba con desesperación. De algo han de servir –dije en voz baja–.

Llegué como 20 minutos tarde a la muestra, pero llegué, aunque tal vez hubiera preferido no llegar, estaba aburridísima.

A mitad de la presentación me salvó una llamada: “¿Mariana? Soy David. Joder… estoy muy muy nervioso, ¿tú sabes lo que sería perder hoy?, ¡ya con la final de Lisboa!,¡teniendo el Real Madrid 9 copas de Europa!,¡llevo doce años de mi vida esperando este momento, hostias!… por cierto: el partido acaba a las 10:30 y se va a llenar Cibeles, me es imposible llegar a nuestra cita, a ver si nos vemos mañana ¿vale?” pues vale… pero vale madres: ¡estúpido partido!

En ese momento sólo podía pensar en lo inútiles y enajenantes que podían resultar los partidos de futbol, por eso la sociedad está decayendo –pensé– porque no es capaz de ocupar su atención en las cosas realmente importantes: la danza africana, por ejemplo.

Todo el mundo en una pantalla

Al terminar el acto aquel me detuve a pensar en cuáles iban a ser mis acciones procedentes, ya que no tenía ninguna cita por la cual apresurarme. Más que llenarme de alivio me disgustaba bastante. No dejaban de revolotearme estas ideas negativas en la cabeza.

Estaba en este proceso de berrinche mental cuando salí del auditorio y me enfrenté a un silencio sepulcral. Las tiendas estaban cerradas, los calles vacías y las banquetas ni se diga. Debo confesar que sentí un poco de miedo, pero lo reprimí para caminar de regreso a la estación que me llevaba a la ciudad con mi amiga.

¿Quieres ir por una cerveza a Sol?–me dijo Siréx mientras caminábamos–, bueno –le contesté–. No había terminado de responderle a la colombiana cuando escuchamos un alboroto que rompía el silencio; era como de un grupo de personas. Siréx y yo nos miramos a los ojos con cara de incertidumbre.

A la vuelta de la esquina nos encontramos con un montón de personas pegadas frente a una televisión, la pantalla estaba conectada como por tres extensiones de cable que se dirigían al interior de un apartamento. Se trataba de un grupo de vecinos que se habían puesto de acuerdo para ver el partido del que hablo en el patio del edificio. Me pareció sorprendente. Nunca pensé ver algo así fuera de México. Me sentí intrigada, pero no acabó ahí: ese grupo de personas parecía ser sólo el primero de otros tantos que hacían lo mismo.

Había incluso algunos que impedían el paso en la banqueta. Cuando Siréx y yo nos atravesamos entre ellos y la pantalla, se escucharon expresiones de inconformidad, como reclamando la osadía de hacer uso del paso peatonal. Nos burlamos con una risa de complicidad y continuamos nuestro camino.

Al llegar a Sol lo inusual del ambiente seguía sorprendiéndome, frente a la casa de correos se encontraban dos espectaculares gigantes; el primero con una playera blanca (del Real Madrid); el segundo con una playera de rayas blancas y rojas (del Atlético de Madrid) y entre ellos un pequeño anuncio que decía “Gane quien gane, gana Madrid”.

En la plaza central había más personas de lo común y estaban colocados, todos, estratégicamente cerca de alguna televisión que les brindara información sobre los resultados de aquel evento, así como si la pantalla se tratase de un tanque de oxígeno y ellos unos enfermos de enfisema pulmonar: sólo podían alejarse del tanque por unos cuantos segundos.

De atea del futbol a orgullosa aficionada

La intriga de todo lo que observaba comenzó a despertar en mí la curiosidad, a tal grado que comencé a sentir que el aire me faltaba también. No encontramos ningún lugar disponible para tomarnos la cerveza. Todos los lugares estaban llenos por el partido.

En realidad cambié el interés de la cerveza por el de conocer un poco más acerca del partido con el que todo mundo se enajenaba.

Quería averiguar los resultados del marcador del juego. Pasaban de las nueve y media de la noche cuando un grito arrasador retumbó en las paredes de los edificios de la Puerta del Sol. ¡Gooool! –se escuchaba mientras mi corazón saltó emocionado–.

No pude contenerme. De pronto todo el rencor que había estado sintiendo por ese juego desapareció para dejarme escapar un grito de emoción eufórica e inesperada. Siréx, asustada, me clavó una mirada de incertidumbre y condena.

Al principio me sentí avergonzada y desconcertada por mi reacción. Pero la intriga que despertó en mí ese juego primitivo me hizo ignorar su intransigencia. Decidí despedirme y comencé a caminar apresuradamente hacia la casa para saber qué pasaba con el partido. Caminaba sobre Gran Vía cuando escuché un segundo alboroto. Mis sentidos se alertaron. La única señal que tenía era la del sonido del claxon de unos taxis que pasaban con bandera del Atlético. ¡No puede ser! –pensé– y comencé a caminar más rápido. De la nada ya sabía hasta de qué lado de los dos equipos estaba.

Eran casi las diez y media de la noche cuando vi a lo lejos un bar con vitrinas de cristal. Se veía la pantalla perfectamente. Decidí unirme a una familia de chinos que estaban viendo el juego. Estaban comiendo pistaches de forma enajenada mientras su mirada estaba pegada al televisor. Me acomodé entre la basura de los pistaches e imité su comportamiento.

No sabía qué pasaba, pero entendía que los blancos eran los buenos y los apoyaba, igual que David y que la familia de chinos. Para cuando anunciaron una prórroga en el marcador ya estaba comiendo pistaches que el chino de junto me ofrecía.

Estábamos en el último minuto cuando Cristiano Ronaldo coronó la victoria del Real con el último gol obtenido por su penal.

Al terminar el juego se escucharon cantaletas y aplausos.

“¡Cómo no te voy a querer!” –cantaba un chico por la ventana mientras otros se le unían en el canto–. Una multitud de pronto se encontraba de nuevo en las calles caminando hacia la misma dirección. Me sentía satisfecha. No podía creer lo que acaba de presenciar, pero sobre todo, no podía creer en lo que me acababa de convertir.

En poco tiempo se definió mi preferencia futbolística: pase de ser una atea del futbol a una orgullosa aficionada al Real Madrid.

Sentí ganas de ir a plaza Cibeles a festejar, pero recordé lo inútil que eso sería. Confundida y llena de incertidumbre, me fui a la cama pensando en que no culparía al ateo más ateo del futbol sentirse contagiado por esa enfermedad extraña de la afición.

Antes de dormir no pude hacer otra cosa más que mandarle un mensaje a David que decía: ¡Ganamos, David! ¡Ganamos!

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