Opinión

La Rectoría (y el maestro Granados Chapa)

Por Efraín Mendoza Zaragoza

Con los pies siempre puestos en el suelo, Miguel Ángel Granados Chapa nunca se negó a encarar la inminencia del final y vio a la muerte a los ojos. Con una lacónica expresión decidió despedirse: “Esta es la última vez en que nos encontramos. Con esa convicción digo adiós”, dijo en su última columna, publicada dos días antes de asistir a su muerte. Los 34 años de su Plaza Pública, que tuvo en el diario Reforma su última estación, constituyen el más puntual registro del carácter de quien siempre supo que la vida era confrontación.

 

Este hombre que nació en Real del Monte, en el estado de Hidalgo, se movió entre la academia, el periodismo y el activismo político. Su ánimo polemista y entregado de cuerpo entero a sus contiendas se reflejó en su permanente migración en medios ubicados en esquinas tan distantes como Proceso y Reforma. Disputó la gubernatura de su estado natal, postulado por una coalición de izquierda, y la última batalla por la libertad de expresión la ganó luego de que el ex Rector de la UAEH, Gerardo Sosa Castelán, lo llevó a los tribunales por haber escrito el prólogo de un libro.

 

Cuando fue árbitro electoral, Granados Chapa se movió en el delgado filo de su autonomía personal y la imparcialidad de sus actos como autoridad. Siendo integrante del primer colegiado del IFE, hace más de 15 años, libró bien una controversia que desató cuando sostuvo que para que hubiera transición a la democracia en México tendría que pasarse necesariamente por una aduana: la derrota del PRI. Dicho sea de paso, habiendo sido pronunciado eso el siglo pasado, y a unos días de la muerte de quien así lo sostuvo, sigue teniendo estremecedora vigencia. Granados Chapa se defendió con pulcritud: si por su actitud independiente lo designaron autoridad electoral habría sido absurdo abdicar de su ejercicio de la crítica.

 

Vivió intensamente la confrontación y en ningún momento la evadió. Encaró la vida al punto de decidir el momento de su término. A algunos su carácter personal, a veces arrebatado, no les impidió reconocer la lucidez de su pensamiento y la claridad de sus posiciones políticas. Su nivel discursivo, culto en grado superlativo, le hizo merecer la silla XXIX de la Academia Mexicana de la Lengua.

 

Al evocar la desaparición del maestro Granados Chapa, por muchos años profesor de la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM, no deja uno de lamentar que en nuestra Universidad, cuando nos encontramos en el proceso de elección de Rector, se haya evadido la natural confrontación que es propia de la democracia. Sin reglas previamente debatidas y al estar formado por emisarios directos de los contendientes, al árbitro de la contienda se le negó autoridad e independencia. Con su conformación se creó una instancia frágil que devino suma de parcialidades. Así, lo que hemos visto es una contienda acartonada, rígida y sin entusiasmo.

 

Si la elección de Rector es un acto esencialmente político, ¿por qué se le teme a la confrontación? ¿Por qué se inhibe el debate entre los candidatos ante los medios de comunicación? ¿Por qué, justo cuando se requiere más información, al interior se cancela el flujo informativo, como ocurrió con la “síntesis” que producía diariamente la administración central? Las campañas electorales son el momento privilegiado para el contraste, son un episodio de sana catarsis y necesario ajuste de cuentas. Por definición, las campañas electorales están dotadas de una elevada dosis de belicosidad. Las campañas constituyen una ocasión para que los electores midan la estatura de sus líderes. Si se toma en serio al elector y se le respeta siquiera un poco, no puede dársele trato de acarreado o de mera escenografía.

 

Es de pena que algunos universitarios asuman que lo de menos son los programas; igualmente es de pena que otros se nieguen a revisar biografías, alegando que lo que importa es “el proyecto”. Pero tampoco es que interese demasiado la oratoria o la buena prosa. Es lo de menos. La confrontación en un debate es útil para que el elector perciba de qué están hechos los hombres que quieren dirigir y qué luces intelectuales les adornan. Por supuesto que un Rector no puede ser medido por la vehemencia de su retórica, pero la palabra transmite la fuerza o la debilidad que hay en el interior.

 

Que en las presentaciones fueron filtradas las preguntas para evitar la guerra sucia es un argumento de pena. Aun si hubiésemos tenido entre los candidatos a un Fernández Noroña nada habría perdido nuestra incipiente democracia universitaria; al contrario, la democracia lo habría puesto en su lugar. Estoy seguro de que con una campaña más viva, más intensa y animada, una campaña de nervios y de auténtica incertidumbre institucionalizada, la Universidad habría ganado mucho más. Nos privó la Comisión Electoral de la confrontación (de programas, biografías, capacidades e intenciones), y al hacerlo privó a la Universidad de la oportunidad de salir más robusta y renovada.

 

Habría sido muy sano observar la ecuanimidad de los candidatos, la atención que ponen a sus interlocutores, su agilidad mental, su acervo intelectual, su manera de atacar y defenderse, su modo de enfocar los problemas de la institución que pretenden dirigir, así como su habilidad para evadir trampas o para rechazar el veneno que se les pretendiera colocar en sus copas.

 

Siempre es útil que los electores midan a sus líderes cuando éstos enfrentan no a legiones de aduladores sino a inteligentes adversarios y sus impugnaciones. Es lamentable constatar que, frente a los últimos procesos electorales, esta vez se retrocedió. Reclamamos democracia afuera y exigimos madurez a los actores políticos, y debemos seguir haciéndolo, pero de este examen no saldremos bien librados. Hoy se desaprovechó una gran oportunidad de que la Universidad mostrara que tiene un concepto moderno de democracia.

 

Si el cuerpo de Granados Chapa fue derrotado por el cáncer, al rehuir la confrontación nuestro proceso electoral universitario derrotó el espíritu del maestro.

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