Opinión

La renuncia papal de Benedicto XVI (Primera parte)

Por: Francisco Ríos Agreda

Ciertamente la noticia que más recorrió el mundo católico y no católico y las redes sociales, en la semana del 11 al 15 de febrero, fue la sorpresiva renuncia al papado por parte Joseph Ratzinger, más conocido como Benedicto XVI.

Recordemos que el cardenal alemán fue elegido como pontífice máximo de la Iglesia romana el 19 de abril de 2005, tras la muerte del carismático y derechista Juan Pablo II. El día lunes 11 de febrero de 2013 conocimos la renuncia a la silla de San Pedro ante un nutrido grupo de dignatarios eclesiásticos, que escuchaban, en latín, el texto de la renuncia papal, con efecto temporal del 28 de febrero, a las ocho de la noche.

Primero hay que señalar que el cristianismo inicialmente fue un movimiento subversivo contra el imperio romano. Las comunidades cristianas originarias florecieron en la persecución de los emperadores, como Diocleciano, Trajano, Adriano, Marco Aurelio, Septimio Severo, entre otros. Las catacumbas eran los lugares clandestinos en donde los creyentes recordaban y practicaban la memoria de Jesús, el Nazareno. Muchos cristianos fueron sometidos al martirio en nombre de su fe y fueron convertidos en hombres y mujeres ejemplares, que el imaginario colectivo transformó en santos.

Es decir, los que ahora llamamos los primeros Papas, eran hombres distinguidos en las comunidades cristianas. Por más que imaginemos a Simón Pedro (el primer “mochaorejas” de la historia), entronizado como primer Papa de la Iglesia vaticana, no nos resulta lógico, ni creíble, pues históricamente no hay datos que nos indiquen con certeza que Pedro vivió en Roma, ni que hubo un colegio cardenalicio que lo eligió en un cónclave para ser el representante de Cristo entre los primeros creyentes.

Sus sucesores, Lino, Anacleto, Clemente, Evaristo, Alejandro I, Sixto I, Telésforo, Higinio, Pio I, Aniceto, Soltero, Eleuterio, Víctor I, Ceferino, Calixto, Urbano I, Ponciano, Antero, Fabián, Cornelio, Esteban I, Sixto II, Dionisio, Félix I, Eutiquiano, Cayo, Marcelino, Eusebio, tampoco tuvieron ceremonia ecuménica vista en el mundo. Probablemente, estos obispos o presbíteros, tenían más prestigio por su trabajo de difusión del Evangelio y por su entrega pastoral que por rituales parecidos a la entronización de los césares romanos, con grandes bacanales, fiestas y combates de gladiadores en el coliseo. Como todos los mitos fundadores, los que hacen la historia la recrean de acuerdo a la ideología dominante y a los valores aceptables del grupo en cuestión.

El cristianismo se transforma, de una práctica religiosa subalterna en religión de Estado con el emperador Constantino, quien “milagrosamente” después de una supuesta visión celestial se convierte a la religión de los cristianos.

Según Enrique Dussel, historiador eclesiástico y filósofo de la Liberación, con Constantino y con el Papa Silvestre (314-335) se inicia la institucionalización del cristianismo, tornándose en cristiandad románica.

Más tarde, también, gracias a la celebración del Concilio de Nicea (actual ciudad de Itznic en Turquía) en el 333 se constituyó el obispo de Roma en pontífice máximo de la cristiandad, por lo que se popularizó la expresión de “¨Papa”. Sin duda otro Concilio Ecuménico que pesó en gran medida en la dogmatización del catolicismo fue el celebrado en Trento (1545-1563), en el actual territorio italiano.

Retomando el hilo de los acontecimientos actuales, vale la pena señalar que causó gran extrañeza la renuncia de Benedicto XVI, al punto que muchos feligreses católicos sintieron, que ahora sí, se acercaba el fin del mundo, al quedarse sin un guía espiritual en tiempos tan aciagos como los que vive el mundo actual, con las guerras, los desastres naturales y sociales, la contaminación, la pobreza extrema, el narcotráfico global y muchas lacras sociales del sistema neoliberal.

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