Opinión

La retórica del desconsuelo

Por Marcela Ávila Eggleton

Cuánta razón tenía el sabio Platón al señalar que la Retórica es adulación, pues “sólo se cuida de lo agradable, despreciando lo mejor”. Cuánta razón tiene el ciudadano de a pie que, cansado de discursos que prometen lo agradable, no encuentra alternativas que le ofrezcan lo mejor.

Cada día tengo menos cosas claras en la vida, pero la falta de propuestas sustantivas en torno al tipo de país de queremos es, sin duda, una de las pocas certezas que me quedan –y que conste que no me refiero a consensos en torno a los medios o los fines, ésa es otra historia, quizá mucho más triste–.

En un país como México, donde los “grandes temas nacionales” son tantos –y tan complejos– una propuesta sensata –y creíble, por supuesto–, más allá del discurso, bien podría colarse en el inconsciente colectivo de los indecisos. El asunto es que, al menos yo, no he leído o escuchado aún una sola propuesta por la que valga la pena rifármela; una sola propuesta que más allá de la duda razonable, inclinara mi voto escéptico hacia alguno de los contendientes.

En los últimos 20 años, los mexicanos hemos votado por la paz, por bienestar para nuestra familia, por inglés y computación, por que el poder sirva a la gente, por sacar al PRI de Los Pinos, por el empleo, por el cambio y, por no extenderme hasta el hartazgo ¡hasta por la tenencia! Lo cierto es que tras tantos años de entrenamiento, los mexicanos seguimos votando por candidatos y partidos a pesar de que, en el fondo, sabemos que un país no se construye con la imaginación de los mercadólogos y que de ninguno de estos lemas de campaña surgirá una propuesta que, en alguna medida, haga la diferencia.

Así, los augurios no son buenos, ni como ciudadanos ni como espectadores. Nos quedan meses de forma sin fondo, pero ni el más grande maestro de la Retórica es capaz de construir de la nada y, en el caso que nos ocupa, los flamantes mexicanos que aspiran a convertirse en nuestros representantes no pueden elaborar por falta de contenido, de modo que corremos el riesgo de quedarnos, incluso, sin lo agradable. Espeluznante. Estamos destinados a escuchar hasta la nausea los mismos planteamientos –algo más sofisticados, es cierto–; a jugar a que creemos que, en alguna medida, estos aspirantes, no sólo hablan sino que saben de lo que hablan.

Por ello, bien haríamos en poner un poco más de atención a los clásicos y considerar, como sugiere Platón en Gorgias, alejarnos de los negocios públicos en tanto aprendemos algo, “porque es una vergüenza para nosotros que en la situación en que al parecer estamos, presumamos como si valiéramos algo, siendo así que mudamos de opinión a cada instante sobre los mismos objetos, y hasta sobre lo que hay de más importante, ¡tan profunda es nuestra ignorancia!”

Así, el que tenga algo que decir –pero en serio– que arroje la primera palabra y el que no, mantenga por piedad cerrada la boca, guardada la pluma y aproveche para salvar el alma, la reputación y, en una de ésas, hasta la vida a través de la lectura.

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