Opinión

La salvación humana: el erotismo

AMOR, HUMOR Y MUERTE

 

Por: Edmundo González Llaca

Respondo a algunas preguntas de estimados lectores, empiezo con quien se autonombra: “Pene siempre erecto” (Si no es enfermedad ¡felicidades!). Confiesa que tiene una verdadera afición a ver mujeres desnudas (chócala pero, coincidirás conmigo, es mejor desnudarlas). Me interroga si ese gusto por ver mujeres como Dios las trajo al mundo lo convierte automáticamente en un enfermo aficionado a la pornografía.

Respondo. “Pene siempre erecto”, no eres muy elocuente, no me explicas dónde, cómo ni cuánto tiempo te dedicas a verlas y, para colmo, no soy siquiatra. Pero mira “Pene… (presumido) te remitiría a mis anteriores artículos sobre las diferencias entre erotismo y pornografía, pero te subrayo, una de las principales diferencias: “sexo sin contexto es pornografía”.

Erotismo. Viñeta de Ana Alvelais

Por otra parte, “Pene… etcétera” (¡qué envidia!), no olvides que, y déjame utilizar el discurso católico en el que fui educado, el pecado no está en las imágenes, sino en las miradas; en el alma, de quien las ve. Si sientes vergüenza, perturbación, culpa. Eres un cochino adicto a la pornografía pero, lo peor, vas acabar aburriéndote como si escucharas un Informe de Gobierno.

Respondo a otra pregunta. “Si se supone que es un escritor político ¿Por qué ahora le da por escribir sobre erotismo? Ya pasó la primavera” Respondo. Se supone mal, me niego a encasillarme como escritor político o como lo que sea, escribo auténticamente sobre lo que me da la gana. ¿Por qué escribo ahora de erotismo? Son varias las razones, en este artículo expondré sólo una.

Tengo un drama personal digno de la mitología griega, ya de perdida de una telenovela en hora estelar. En el fondo de mí soy más solemne que un notario de pueblo y me fascina escribir de temas trascendentes, donde supongo que de mis reflexiones dependerá la salvación de la patria. La realidad es que estos artículos no los lee ni Olimpia. Otra cosa muy distinta es cuando abordo temas considerados “frívolos”, de inmediato provoco más pasiones que un clásico futbolero entre el gloriosísimo América contra las Chivas holandesas.

Me resisto a aceptar que estoy negado para la solemnidad marmórea, lo que es mi oscura fascinación, sino que más bien se trata de que la gente esté harta de la política. Basta ver unos minutos el Canal del Congreso para llegar a la conclusión que el país es irredento.

Toda esta larga explicación para decirles que quiero sostener que la única solución para México y el mundo es el erotismo. (Nótese que en el fondo no cambio mi obsesión por los temas estructurales) Toda esta tesis revolucionaria, les recuerdo, la iniciamos con nuestro análisis histórico de la evolución del ombligo en la época neoliberal. La degradación de la exhibición de esta primera cicatriz de la vida se refleja en su pérdida de erotismo. El ombligo masculinizado de las mujeres es el punto de partida que nos explica la decadencia de occidente. ¡Sopas! De frívolo paso a apocalíptico.

“El erotismo, Octavio Paz dixit, es lo que la imaginación agrega a la naturaleza” ¿Por qué es tan importante en la época actual el encarecimiento de esta hermosa virtud del ser humano? Por lo siguiente. En la actividad erótica el hombre establece su raya de la animalidad; el acto sexual se transforma en un juego de la inteligencia. A partir de aquí la humanidad festeja el triunfo de la razón y la conciencia en cualquier actividad que desee emprender. El erotismo y su espiritualidad redime al impulso imperativo de la carne y la transforma en sustancia amorosa.

Con el erotismo como escudo –y como arma– la vida adquiere una nueva realidad. “Los instintos, la voz de Dios”, reciben el soplo creativo del ser humano; este atrevimiento se paga con la salida del paraíso. No curiosa, sino significativamente, lo primero que hacen los seres humanos al ser expulsados es cortar una hoja de parra y cubrirse sus vergüenzas. El disfrute de la sexualidad adquirirá una condición desgarradora y angustiante: la atracción de lo prohibido.

En la época actual el dilema parece resolverse radicalmente en el triunfo de la animalidad, de lo pornográfico; la sexualidad expuesta, reiterada y sin límites. No hay enemigo peor para el erotismo que esta difusión de la omnipotencia de la carne. El sabor está en lo prohibido, pero no en el libertinaje ni en su exceso. El erotismo tiene que ver con el ritual; en su esencia el erotismo rinde un homenaje al pudor y a la castidad.

Si le quitamos todo velo a la sexualidad, la excitación y la creatividad mueren de inanición. El erotismo que exige de imaginación y valentía, se rinde ante la expresión clara, abierta, gráfica, sin misterio de la cópula natural de la bestia. Las relaciones humanas quedan en la simplicidad de la procreación biológica.

Otra perversión del erotismo, más sutil y no menos peligrosa, es irse al otro lado, al exorcismo de lo animal en nuestro ser; la asepsia de la modernidad. Es depilar el ombligo para dejarlo sin el elemento atropellado, salvaje y espontáneo de la hormona. El erotismo es un intermediario entre los sentidos y el espíritu amoroso; actualmente el equilibrio que hace guardar entre estos dos factores se ha arruinado. El resultado no es el pecado y la decadencia, algo peor: el fastidio. Un mundo en el que el deseo bosteza.

Espero sus comentarios en www.dialogoqueretano.com.mx donde también encontrarán mejores artículos que éste.

 

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