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“La sexualidad desde las ciencias sociales”

Estudiar la sexualidad desde las ciencias sociales constituye una necesidad académica. Durante décadas dominó un modelo médico-biologicista que abordaba esta dimensión solo como un tema de salud física o enfermedad. La sexualidad es una dimensión de la personalidad que no se reduce únicamente a la anatomía o a la reproducción, implica la forma en que tejemos nuestros vínculos interpersonales cotidianamente en los diferentes escenarios sociales.

Las ciencias sociales demuestran que la sexualidad es una construcción histórica, política y cultural. Así, adquiere una expresión particular de acuerdo con cada etapa de nuestro desarrollo humano. Estudiarla permite abordar temas urgentes como el consentimiento, la autonomía y la equidad de género. Lejos de ser un asunto exclusivo de la juventud, está vigente durante toda la vida, se experimenta y expresa de múltiples maneras. Como bien señala la Organización Mundial de la Salud, en ella convergen elementos biológicos, psicológicos, hasta determinantes económicos, culturales y espirituales.

Un concepto importante que la permea es la interseccionalidad. El término fue acuñado por la estadounidense Kimberlé Crenshaw. Factores como la edad, la religión o el contexto geográfico moldean de manera única cómo cada persona la vive y experimenta. Existe un cruce entre opresión y privilegio, que no se debe dejar de mencionar, por ejemplo, el estatus económico determina la autonomía sexual. En este sentido, el acceso a anticonceptivos, servicios de salud sexual de calidad, educación integral e incluso espacios de privacidad para vivir el erotismo depende directamente del nivel de ingresos económicos.

En esta misma línea, factores como el territorio juegan un papel importante, en lugares rurales o periféricos, el control social y el peso del conservadurismo pueden obligar a vivir la sexualidad en el secreto o la culpa. También la etnia y el racismo consiguen moldear el deseo, las corporalidades afrodescendientes e indígenas suelen ser hipersexualizadas o, por el contrario, invisibilizadas y despojadas de su derecho al placer. La edad es otro elemento que ha condicionado que la sociedad le niegue la sexualidad a las personas que viven la senectud. A los adolescentes se les penaliza su curiosidad, mientras que a las personas adultas mayores se les asume como seres «asexuados», ignorando sus necesidades afectivas, eróticas y de salud sexual.

Por ello, la Educación Integral de la Sexualidad (EIS) es fundamental. Es una herramienta indispensable de prevención y un derecho humano que no debe ser visto como un terreno de disputa ideológica. Su importancia radica en ofrecer a las adolescencias y juventudes herramientas basadas en evidencia científica para conocer su cuerpo, prevenir la violencia, evitar embarazos no planificados y construir relaciones de respeto.

Existe el mito de que hablar de sexualidad con adolescentes los incita a experimentar antes de tiempo. La ciencia demuestra lo contrario: un joven informado se cuida más, sabe decir que no y no se deja presionar. Además, la educación sexual empieza en la niñez enseñando a reconocer y defender los límites de su espacio corporal, la mejor herramienta contra el abuso.

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