Opinión

La sociedad fingida

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano / @rivonrl

PARA DESTACAR: Teorizar es una forma de disfrazar la realidad. Algunos fingimientos dan por sentado que la realidad siempre está equivocada. Se le pide a la realidad otra cosa que no sea ella misma. No comprendemos que la realidad es lo inesperado

UNO

Teorizar es una forma de disfrazar la realidad. Todo lo que logramos es una representación de la misma, una entre muchas otras posibles. Impacientes, evitamos detenernos en esas arenas movedizas para fingir que la teoría de nuestro gusto es suficiente para explicar toda o porciones de la realidad. Disfrazamos y fingimos.

Con frecuencia algunos fingimientos dan por sentado que la realidad siempre está equivocada, así, de manera subsecuente, dedican sus esfuerzos a demandar de la realidad cambios de los más variados.

Se le pide a la realidad otra cosa que no sea ella misma. Este es un error que se comete todo el tiempo. Se juzga a la realidad por lo que ella no tiene, y el juicio normalmente indica cómo “debería ser”.

No comprendemos que la realidad es lo inesperado; preferimos soslayar, porque es cómodo, la oportunidad de nuevos aprendizajes, de captar sorprendentes sutilezas, nos atoramos en la necedad de imputar cualidades que la realidad no tiene.

Parafraseo a Julien Freund:

«Quienes fabrican una memoria de opresores –por supuesto ellos nunca son opresores- no son más que narcisistas. Sólo les preocupa una cosa: fortificar su imagen de penitentes sublimes y de justicieros infalibles pintando la historia… con los colores de la abyección… Se constituyen en aristocracia del Bien…»

La aristocracia del Bien y del saber infalible. Intolerantes implacables pretenden comportamientos sumisos a la gran verdad que dicen portar.

Hace unos días José de la Colina, cronista no oficial de la Ciudad de México, a propósito de la problemática educativa recordó una página admirable –acaso temible, dice también-,  de un libro olvidado: ‘Corazón. Diario de un niño’, de Edmundo de Amicis.

“Piensa en los innumerables niños que a todas horas acuden a la escuela en todos los países; imagínalos yendo por las tranquilas y solitarias callejuelas aldeanas, por las concurridas calles de la ciudad, por la orilla de los mares y de los lagos, tanto bajo un sol ardiente como entre nieblas, embarcados en los países surcados por canales, a caballo por las extensas planicies, en trineos sobre la nieve, por valles y colinas, a través de bosques y de torrentes, subiendo y bajando sendas solitarias y montañeras, solos, o por parejas, o en grupos, o en largas filas, todos con los libros bajo el brazo, vestidos de mil diferentes maneras, hablando en miles de lenguas”.

Sin mucho esfuerzo podemos adecuar estas líneas al contexto mexicano. La mirada está dirigida a los niños, no se desvía, permanece en ellos, los niños como imán a considerar. Destinatarios de nada porque ni los adultos buenos ni los no buenos dirimen disputas de adultos para atenderlos. El sistema educativo funciona sin llegar cabalmente a atenderlos. Los atajos del fracaso adulto son múltiples.

La búsqueda del hombre nuevo, con lenguaje, sentimientos y emociones nuevas, atormenta a quien todavía dice creer. La esperanza se ha transformado en una forma de tortura. Es mejor, creo, desde el cansancio, aceptar la decepción.

Los mitos se desmoronan a velocidad de vértigo. ¿Qué queda?

 

DOS

Juan Arnau publicó este año ‘La invención de la libertad’ (Ediciones Atalanta). El mundo es una invención de la libertad. La libertad es un hecho, quizá el más fundamental, y el hombre está lejos de ser una marioneta como sostienen las corrientes dominantes de la ciencia contemporánea.

Tampoco hay tal cosa como las leyes de la naturaleza; los organismos pueden dictar nuevos hábitos a los hábitos del mundo.

El libro es un homenaje a tres pensadores que, en el siglo de la física y el materialismo mecanicista, defendieron la idea de un universo vivo y creativo, cuyo destino no está escrito sino que se encuentra regulado por la vida consiente y el ejercicio de la libertad. William James, Henri Bergson y Alfred North Whitehead.

Dos epígrafes del libro:

-No engañan los sentidos, engaña el entendimiento (Johann W. Goethe).

-Se habla de una racionalidad, pero hay tantas racionalidades como ciencias (Henryk Skolimowski)

 

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