Opinión

La última frase

Por Edmundo González Llaca

Ya pasaron los días de muertos, que no las muertes, pero después de mi último diálogo con la calaca quedé picado con el atractivo y realmente fascinante tema del más allá. Pero no vayamos tan lejos, a favor de la salud de los lectores abordemos un tema más optimista, de superación personal, aunque éste se ubique en el más acá, en los límites mismos del abismo de la existencia, mejor platiquemos del momento cuchi cuchi de la agonía. En esta narco-fosa que se ha convertido el país, creo que escribir sobre lo que hacemos en los últimos estertores de vida resulta ya algo estimulante y animoso. Para este efecto revisemos algunos antecedentes.

No cabe duda de que los mexicanos tenemos una afición inveterada y casi genética por los slogans. Desde niños por frases aprendemos la historia e identificamos a los héroes: “Va mi espada en prenda. Voy por ella”; “La patria es primero”; “El respeto al derecho ajeno es la paz”; “Si hubiera parque, no estaría usted aquí”; “Los valientes no asesinan”. En términos más modernos y como prueba del declive creativo de nuestros próceres en grado de tentativa: “Cállate chachalaca”; “Hoy, hoy, hoy”; “Haiga sido como haiga sido”.

Ya de adultos los mexicanos utilizamos los slogans a la menor provocación. Con ellos llenamos bardas, pintarrajeamos cerros, mantas, piedras; firmamos proclamas, suscribimos oficios. Es más, no sabemos si para iniciar un movimiento o un grupo, buscamos primero la causa o discutimos antes el slogan. Estoy seguro que si pudiéramos exportar frases nivelaríamos nuestra balanza de pagos.

¿De dónde nos viene a los mexicanos esta inclinación compulsiva por las frases de ocho columnas? Un remoto antecedente la encontramos en Julio César, general y emperador romano, verdadero hombre slogan que no perdía la oportunidad para pronunciarlos. El más famoso, sin duda, es el que dijo después de vencer al rey Farneces, para hacer gala de la facilidad de su éxito: “Veni, vidi vici” (Vine, vi, vencí). Exactamente como piensa Peña Nieto serán las elecciones.

Pero aún en situaciones comprometidas, César, para envidia de todos los mexicanos, no olvidaba su compulsión propagandística. Al desembarcar en África el general tropezó y cayó cuan largo era, lo que podría interpretarse por sus tropas como signo de mal agüero. Aparentando haberse dado el changazo por propia voluntad, César se levantó, se sacudió el polvo serenamente y gritó: “Antes de conquistarte, te abrazo tierra de África”.

En el año 44 a.C. fue advertido por sus partidarios de que desconfiara de Marco Antonio y sus amigos, pues preparaban una conjura para asesinarle. César no desaprovechó la oportunidad para exclamar otra sentencia que resumía su actitud: “No temo a estos hombres fuertes y bien alimentados, sino a los delgados y pálidos”, para referirse a Casio y a Bruto. César, ahora sabemos, tenía razón y al descubrir entre sus asesinos a Bruto, su hijo espiritual y tal vez carnal –no por meternos al chisme pero su madre fue su amante–, dijo sus últimas y más dramáticas palabras: “Tu quoque Brute, fili mi?” (¿Tú también Bruto, hijo mío?). Algunos historiadores dicen que Bruto se limitó a verle directamente a los ojos y decirle: “César, otra de tus malas frases”, para luego asestarle la puñalada final.

Ahora bien, todas las frases son importantes, pero la última, la que pronunciamos agónicos, antes de entrar como decían los aztecas a la región sin puertas ni ventanas, algo así como un condominio del Infonavit, es la frase que más debemos cuidar y preparar. Ya Shakespeare escribía: “Dícese que la lengua de los moribundos reclama nuestra atención como una intensa armonía cuando quedan ya pocas palabras, no suelen gastarse en mano, y los que alimentan sus palabras con dolores, hablan siempre la verdad”.

De esta forma, una buena frase en la agonía es capaz de iluminar una vida oscura o llevar a la inmortalidad una ejemplar. La última frase que pronunciamos es como el postre de la comida, puede arruinar el más exquisito menú o salvar dignamente el peor.

Por ello, como buen mexicano que se respeta y dado que el peligro de ser daño colateral se cierne sobre todos, no puedo dejar a la improvisación semejante acontecimiento; a partir de los próximos artículos analizaré las frases postreras de hombres y mujeres famosos y el mensaje de inspiración que nos dejan.

Si no se prepara uno con anticipación, es capaz de decir lo que pronunció el vizconde de Palmerston en su lecho de muerte: “¿Yo morir, querido doctor? Eso sería lo último que haría”. O al contrario, balbucear tímidamente, como esa señora que en su agonía no podía obedecer las indicaciones severas del galeno: “Perdone doctor, pero es la primera vez que me muero”. O como Pancho Villa, que ya perforado de varios balazos y consciente de que no tenía ningún mensaje, sólo acertó mascullar a su acompañante: “Diles que dije algo”.

Y Usted, estimado lector ¿ya pensó cuál sería su último mensaje a la afición mexicana? No por nada, pero ya vaya tomando nota.

Espero sus comentarios en www.dialogoqueretano.com.mx donde también encontrarán mejores artículos que éste.

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