Opinión

La universidad

Punto y seguido

Por: Ricardo Rivón Lazcano

Huimos construyendo utopías

La universidad es una organización enredada. Es decir, formada por redes humanas. Hace tiempo Robin Dunbar descubrió que la red de relaciones de cada uno de nosotros difícilmente rebaza las 150 personas. Si uno hace la lista de todos, incluidos familiares, con los que se tiene interacción permanente, de confianza y relativa intimidad, puede que Dunbar tenga razón. Sucede con los primates también.

 

Las redes humanas, redes sociales, son redes –enredo– de ideas de todo tipo.

¿Han considerado ustedes alguna vez la verdadera naturaleza de la universidad?

Apuesto que no. Algunos la ven como si fuera un gran depósito, como una biblioteca o un almacén, donde los hombres y las mujeres vienen por propia y clara voluntad y eligen lo que les completa la vida, donde todos trabajan juntos como abejas en un simple panal.

La Verdad, el Bien, la Belleza, están justo al doblar un edificio, en el pasillo de al lado, están en el próximo libro, en uno que no se ha leído, o en el siguiente estante, el que no se ha consultado. Pero estate seguro que Verdad, Bien y Belleza los encontrarás algún día.

Y cuando lo hagas… y cuando encuentres…

Para otros, la institución es un instrumento del bien, del bien para el mundo en su globalidad y, de paso, del bien para ellos mismos.

Otros más la ven como una especie de melaza sulfatada que atiende cabroncetes a los que bondadosamente habrá que dar palmaditas mientras transitan por la mar de ilusiones presentes y un poco más adelante sus cuerpos caerán en el gran molino de carne que es la realidad de “allá afuera”.

No falta quien opina que la universidad es un sanatorio o – ¿cómo lo llaman ahora? – una casa de reposo, para los enfermos, los ancianos, los infelices y los incompetentes en general. Nomás mirar a los maestros; han sido seleccionados por la providencia –con su tosco sentido del humor providencial–; los arrebató del mundo para situarlos en un espacio seguro, con sus iguales, porque se puede la igualdad en la Torre de Babel.

Enfermos de sueños locos en mundo de locos, don quijotes retozones, sin Sancho, mercando ilusiones de futuro. Enfermos de vieja enfermedad: creer que algo “hay ahí”, algo que encontrar, enfermos que se llevan la universidad a su casa, o a su barrio, impidiendo así aprender lo que se aprende fácil en el mundo: el mundo mastica humanos y los escupe, el mundo no es lo que el enfermo espera. Prefiere ser recalcitrante esperador haciendo que hace.

¿Y si la universidad –dice alguien al final–, fuese crisol de providencia, sociedad, azar y otras cosas, crisol-hogar especializado en atender a tan especiales enfermos? ¿Una cabaña para refugiarse de la tormenta trágica que es el conocimiento?

La universidad –dice ese alguien–, no es para los estudiantes, ni para la altruista y luminosa búsqueda del conocimiento, ni por ninguno de los motivos que se aducen por ahí. Claro que se esparce el raciocinio y se permite el acceso a la ciencia y a ciertas habilidades prácticas para quien quiera aprovecharlas y pueda, más adelante, encajar en el mundo. Pero se trata sólo de un barniz protector.

Al igual que la iglesia en la edad media, a la que le importaba un bledo los seglares e incluso Dios, también la universidad sobrevive gracias al autoengaño.

(Gordon Finch, David Masters y William Stoner, tres jóvenes profesores de la Universidad de Misuri, dialogan en un bar, es el año 1915. El texto de arriba recupera partes del dialogo. Incluí a Dunbar para dejar rendijas de imaginación. John Williams dedica Stoner a sus antiguos colegas, a quienes, dice, se darán cuenta de las libertades que se ha tomado, tanto físicas como históricas, para hacer de la Universidad de Misuri, un lugar de ficción también.)

Stoner está publicada por la editorial Baile del Sol.

rivonrl@gmail.com

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