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La utilidad de la protesta: ¡Viva Palestina Libre!

Vamos de tragedia en tragedia y a veces parece imposible o hasta inútil hacer cualquier cosa. Cuando inició el genocidio en Palestina, miles de personas salieron a las calles para protestar en muchísimas ciudades del mundo. En redes sociales no han cesado hilos en X, artículos, conferencias, mesas y reflexiones sobre la cultura Palestina, su historia y, desde luego, reportajes, notas y todo tipo de información que da cuenta de cada una de las masacres, bombardeos y francas afrentas a los desesperados intentos de diversas instancias de la ONU por detener la barbarie. Todo parecía inútil.

Supongo que la apuesta de los Estados Unidos, los líderes de la Unión Europea y desde luego Netanyahu, era que el tiempo hiciera su parte y atenuara la intensidad de las protestas. No ha ocurrido. De entrada, hay ya una orden de arresto para el Premier israelí y su secretario de defensa. El mérito es de Sudáfrica, así como de las personas asesoras y el Fiscal de la Corte Penal Internacional; pero muy probablemente nada de eso se habría logrado sin las protestas y muestras de apoyo a las personas palestinas.

Y, sin embargo, no es infrecuente encontrar mensajes que ridiculizan, por ejemplo, alguna publicación en X o en Facebook. “Luego de tu publicación, Netanyahu anuncia la retirada del Ejército israelí”, responden de forma irónica a quienes o de plano están convencidos de que no hay algo más inútil que compartir información en redes sociales, o que son contrarios a la causa palestina. Claro que una o mil publicaciones en Facebook apenas cambian algo más que, acaso, la conciencia de una o dos personas dispuestas a leer o compartir. Y, sin embargo, ninguna forma de protesta es inútil.

El sociólogo Jeffrey Alexander se pregunta por qué determinados sucesos logran colocarse histórica y socialmente y adquieren relevancia y peso histórico, convirtiéndose en traumas colectivos. La respuesta es que, independientemente de la tragedia, un suceso traumático es construido así a partir de la capacidad que determinados agentes tengan para colocarlo en el imaginario colectivo. Me pregunto si esa construcción logra también movilizar las estructuras jurídicas y, de manera hipotética, respondo que sí, aunque de manera muy cautelosa.

El movimiento #BlackLivesMatter, por ejemplo, puso en el centro de atención la brutalidad policiaca en los Estados Unidos. Se ha enfrentado, sin embargo, al poderosísimo aparato policial, al discurso de la securitización y a la franca incapacidad política de los líderes demócratas. No es poco, al menos, logra dar cuenta de que las policías son un poder incluso por encima de los liderazgos electos; o sea, que está más allá de la democracia.

El Estado israelí (y el matiz es importante, porque no se extiende ni a las personas judías ni necesariamente a toda la población de Israel) parece estar más allá de las leyes internacionales; así se lo han permitido los Estados Unidos, y no sólo en el Consejo de Seguridad de la ONU; ha sido por lo menos patético ver a las policías (otra vez) reprimir las protestas estudiantiles en las universidades norteamericanas.

No podemos saber cómo va a terminar todo, si Netanyahu va a perder el favor de Biden y Blinken que tienen su propio cálculo electoral; el genocidio, lo saben, les puede costar la elección. Si lo perdiera, podríamos verlo encarcelado. Eso sí, más allá de las consecuencias de derecho internacional, históricamente va a pasar como uno de los tantos genocidas en la historia de la humanidad y su estado, Israel, pasará también con toda la carga simbólica de su símil más cercano: el régimen nazi. Sin las protestas y toda la construcción significativa de la cuestión palestina, nada de esto sería posible.

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