La verdad en ruinas: el periodismo que Querétaro no merece

En las aulas de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Querétaro, nos enseñaron que el periodismo es un oficio noble, un faro de verdad en un mundo turbio. Nos hablaron de ética, de la duda como motor del conocimiento, de ser vigías de la democracia. Nos pintaron un sueño romántico: el periodista, pluma en mano, desenterrando verdades con la precisión de un cirujano y la pasión de un poeta. Pero la realidad, como un golpe seco, destroza ese ideal. En Querétaro, el periodismo no es un baluarte de la verdad; es un eco servil del poder, una maquinaria de propaganda disfrazada de noticia.
El reciente desayuno del gobernador Mauricio Kuri González con representantes de los medios, con motivo del Día de la Libertad de Expresión, fue un ejercicio de ironía. Kuri habló de defender la verdad, la democracia y el derecho a la información, pero sus palabras suenan huecas en un estado donde la prensa vive atada a los convenios publicitarios. En Querétaro, los medios no investigan; repiten. Las portadas se clonan con la misma foto del gobernador, la misma nota redactada con la precisión de un boletín oficial. La “declaracionitis” reina: los reporteros, convertidos en taquígrafos del poder, regurgitan discursos sin filtro ni cuestionamiento. ¿Investigación? Un lujo. ¿Fiscalización? Un mito. La corrupción, el mal uso de recursos o las irregularidades solo ven la luz si el gobierno lo permite, y siempre con un cálculo político detrás.
No es un secreto: los medios locales dependen de los recursos gubernamentales. Esta relación clientelar convierte a los periódicos en espejos que reflejan la imagen que el poder desea proyectar. Los “líderes de opinión”, con sus columnas y micrófonos, prefieren el halago al escrutinio, guiados por el brillo de los contratos publicitarios. Mientras tanto, los reporteros de a pie, los que cubren la calle, trabajan en condiciones precarias: salarios bajos, sin prestaciones, y con la presión de una línea editorial que les prohíbe incomodar a los intocables. Su valentía merece más que un reconocimiento en un evento oficial; merece un ecosistema donde puedan ejercer sin mordazas.
Kuri no se equivocó al decir que vivimos un “momento crítico”. Pero la crisis no es solo nacional; es local. Querétaro, que se jacta de vanguardia, no tendrá un periodismo digno mientras los medios sean un apéndice del gobierno.
La situación no es exclusiva de Querétaro. En Puebla, la “Ley de Ciberseguridad” del gobernador Alejandro Armenta, apodada “Ley Censura”, ha encendido alarmas. Aprobada con una rapidez sospechosa, tipifica el “ciberasedio” con penas de hasta tres años de cárcel, un garrote contra la libertad de expresión disfrazado de protección. Aunque Armenta promete “revisarla” tras las críticas, la ley ya está vigente, y su ambigüedad es una amenaza. En Querétaro, iniciativas similares ya rondan las mentes legislativas, mientras la protección a periodistas sigue siendo una promesa vacía, una iniciativa sumergida en la congeladora
El periodismo que nos enseñaron en la facultad no existe aquí. La verdad, esa musa que nos prometieron, fue asfixiada por billetazos y enterrada bajo boletines oficiales.



