La visa y el poder de la sospecha

Hace ya unos meses, la activista mexicana Arlín Medrano publicó en X un brevísimo post sobre las intenciones de Estados Unidos de hacer una “limpieza étnica” con los mexicanos que viven del otro lado de la frontera.
Todo normal. Hasta que su comentario provocó la reacción de uno de los villanos más peculiares que han tenido las redes sociales: El Quitavisas.
Christopher Landau apareció en la publicación con una señal que utiliza de manera recurrente para advertir que alguien está bajo sus ojos y, eventualmente, bajo la amenaza de perder uno de los documentos aparentemente más preciados: la visa estadounidense.
Landau, subsecretario de Estado de Estados Unidos, se ganó el apodo de El Quitavisas por sus constantes advertencias sobre la posibilidad de restringir o retirar visas a extranjeros cuyas conductas considera contrarias a los intereses de Washington.
Al principio parecía una ocurrencia. Con el tiempo, el retiro de visas se convirtió en una estrategia de presión que ha funcionado para sus fines. Estados Unidos ha logrado construir una creencia regional de que este documento migratorio es una especie de certificado contra conductas criminales: tenerla quizá no demuestra nada, pero perderla parece demostrarlo todo.
Desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca, el Departamento de Estado ha retirado más de 175 mil visas a extranjeros. Pero la administración estadounidense justifica que su gobierno no está obligado a revelar públicamente las razones particulares por las que decide revocar una visa.
Y es ahí donde Washington ha encontrado un poder incluso más estratégico que el aumento de los aranceles: la capacidad de influir en la política interna de otros gobiernos.
Me explico: cuando Estados Unidos amenaza con imponer aranceles, el conflicto se convierte automáticamente en un asunto de soberanía. En un problema de un país entero. La sanción colectiva cohesiona y despierta un nacionalismo difícil de atacar.
Pero la sanción individual, fragmenta. Quitarle la visa a un gobernador, a su familia, a un alcalde o al hijo de un expresidente cambia completamente la lógica. En lugar de provocar solidaridad colectiva, genera una sospecha sobre la persona y extiende la desconfianza hacia su partido o el gobierno al que pertenece. Incluso cuando las razones de la revocación no se conocen públicamente.
La revocación de visas le permite al gobierno de Trump ejercer presión sobre la política interna de otros países sin necesidad de sancionar al país entero. Porque obliga a sus gobernantes a decidir si defienden al señalado y asumen el costo político de hacerlo; si se deslindan y alimentan la sospecha; o si guardan silencio mientras crecen las preguntas.
Es lo que ha experimentado en México la presidenta Claudia Sheinbaum y lo que ha contribuido a la división que desgasta a Morena últimamente.
¿Defender a ciertos alcaldes? ¿Defender al gobernador de Sonora? ¿Defender al hijo del expresidente? ¿Defenderlos exactamente de qué?
Ese es el verdadero poder de la medida. Porque Estados Unidos tiene todo el derecho soberano de decidir quién entra y quién no a su territorio. Pero también ha descubierto el poder de señalar a una persona pública, instalar una sospecha sin hacer públicas las pruebas que eventualmente la sustenten y dejar que esa sospecha produzca efectos políticos dentro de otro país.
Las visas empiezan así a desconfigurar al gobierno mexicano. Nos obligan a mirar hacia dentro, a desconfiar y a cuestionar la integridad de nuestros propios gobernantes. Ahí, creo, radica la eficacia.
Pero esperen, que como dijo el famoso Quitavisas: ¿Están disfrutando del espectáculo? Rellenen sus palomitas que les va a encantar la siguiente parte.



