Opinión

La voluntad de ignorar

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

metamorfosis-mepa@hotmail.com

PARA DESTACAR: No es lo mismo empaparse de información, que construir conocimientos científicos sobre la realidad; ni saber manejar diversas herramientas cibernéticas, que comprender lo que sucede en el mundo. No se trata de denostar a los trabajadores, obligados a realizar tareas insulsas por muchas horas, sino de denunciar a un sistema económico que los torna sujetos mínimos.

Una gran paradoja de nuestros tiempos se da con la “sociedad del conocimiento” en la que, supuestamente, estamos. El filósofo Peter Drucker, autor de dicha expresión, dice que la innovación de las tecnologías de la comunicación modificó radicalmente la forma de desarrollar muchas actividades en la sociedad moderna: se incrementaron enormemente los flujos de información; se eliminaron las barreras espaciotemporales y se produjo la interconexión de todo el planeta.

La sociedad del conocimiento posibilita al ser humano (al abstracto, no a todos los concretos) disponer de enormes cantidades de información y realizar un intenso intercambio. Esto facilita, según la UNESCO, incrementar la libertad de expresión, el respeto a la diversidad lingüística y cultural; debilita los dogmatismos y posibilita la cooperación internacional para el desarrollo sustentable.

Frente a estas luminosas afirmaciones, habrá que analizar qué sucede en otras esferas de la vida humana con la “interconexión global”, pues no es lo mismo empaparse de información, que construir conocimientos científicos sobre la realidad; ni saber manejar diversas herramientas cibernéticas, que comprender lo que sucede en el mundo.

En esa “interconexión global” los humanos están, a su vez, profundamente fragmentados (egoístamente vueltos hacia sí mismos). En plena “era de las comunicaciones”, sufren tremenda incomunicación y soledad; padecen una profunda ignorancia y naufragan en un mar de confusiones.

Incluso, la voluntad de ignorar adquiere prestigio, cuando los valores “modernos” como la comodidad, facilidad, diversión y rapidez, se tornan “obsoletos”: el esfuerzo cognitivo, la disciplina, la reflexión, la perseverancia y la lentitud que implica construir conocimientos.

La voluntad de ignorar (evadiéndose en la religión, el New Age, el “feis” o la parranda….) se acrecienta, cuando los conflictos sociales son complejos y duelen; cuando la percepción personal concluye que casi nada puede hacerse frente al Gran Poder; frente a su corrupción e impunidad; frente a la incapacidad del poder judicial de poner orden, pues la descomposición del legislativo y la suya propia, vuelven “legales”: la acumulación de la riqueza, la evasión fiscal, la privatización de los servicios públicos, la precariedad laboral, la venta del territorio nacional y la devastación de sus recursos naturales…

Lo que sucede actualmente, en México por ejemplo, con el conflicto magisterial, es sólo una pequeña muestra de la tremenda incomprensión que padecemos: Los maestros disidentes insisten en rebelarse contra la reforma educativa, hasta ser escuchados, y  el secretario de Educación insiste en que sólo dialogará con ellos, si antes aceptan la reforma (fuerza policiaca de por medio).

El dolor del conflicto no explica del todo la voluntad de no saber. Si Engels estudió, hace más de cien años, “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”, hoy tendríamos que estudiar: el papel del empleo “moderno” en la transformación del hombre en mono.

Cuando las ocupaciones degeneran: de campesino, a obrero, a empleado, a vendedor informal de bagatelas, a “viene viene”…, las facultades intelectivas y creativas del individuo disminuyen, si este no practica otras tareas que lo desafíen.

No se trata de denostar a los trabajadores, obligados a realizar tareas insulsas por muchas horas, sino de denunciar a un sistema económico que los torna sujetos mínimos.

Isabel Soria (citada por Herman Bellinhausen, en su artículo “El trabajo estúpido”) señala que: “La estupidez funcional” es una forma de gestión organizacional que elimina la reflexión crítica de los trabajadores, haciendo que éstos se centren en sus tareas con cierto entusiasmo, sin  pensar ni cuestionar nada. “La estupidez funcional surge de la interacción entre la falta de voluntad y la incapacidad para comprometerse con la reflexión”.

Conviene al Gran Poder que la gente prefiera ignorar lo que pasa; así será “más eficiente” con las tareas que le encomienden.  Alversson y Spicer señalan, por su parte, que “pareciera que las empresas fomentan tal stupidity management, pues a corto plazo, este permite a quien ejerce el poder, no detenerse en dar explicaciones”. Cuando los maestros se inconforman con el “trabajo estúpido” que los reformistas quieren imponerles, bloquean la producción en serie de estudiantes con voluntad de ignorar. Por eso hay que reprimirlos.

Una parte de la población, ya “estupidizada” por los medios comerciales, y afectada por la pereza epistémica (flojera de conocer a fondo) asume que “Nuño Mayer, al fin impuso la mano dura justiciera”; sin ocuparse en pensar, lo que sucederá después.

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