Opinión

La vulnerabilidad y discriminación del peatón (parte 2)

Por: Gabriel Morales López

 

A raíz de las muertes en accidentes de tránsito, surgieron regulaciones para aumentar los dispositivos de seguridad de los pasajeros de los automóviles. En Estados Unidos y Europa se hicieron obligatorios sistemas como los cinturones de seguridad y las bolsas de aire, con el fin de reducir los riesgos de muerte o discapacidad permanente tras un accidente en coche.

En México, el Consejo Nacional para Prevenir Accidentes estima en 16,600 el número de personas que fallecen en accidentes viales, además de ser la segunda causa de discapacidad motora permanente.

 

Muchas de esas muertes se hubiesen podido evitar. El 88% de las muertes en accidentes viales es ocasionado por el consumo de alcohol y el exceso de velocidad, dos conductas que se pueden prevenir. De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud, el 50% de los conductores de un automóvil no usa cinturón de seguridad, y prácticamente ninguno de los pasajeros que viajan en los asientos traseros lo hacen.

 

Estas cifras revelan y nos recuerdan la fragilidad del ser humano, la finitud de la vida, la vulnerabilidad propia de nuestra existencia a partir del uso que le damos a los avances tecnológicos, que nos hacen ir más rápido que lo que nuestras capacidades biológicas nos permitirían.

 

La situación de vulnerabilidad en las vialidades es aún mayor para aquellos que caminan y para los usuarios del transporte público en Querétaro. En las unidades de Red Q viajan personas paradas o sentadas, sin cinturón de seguridad, por la naturaleza propia del servicio. Si los conductores de vehículos privados deben hacerlo con precaución, cuidado y respeto a los límites de velocidad, señales y cortesía con los otros usuarios de la vía pública, la obligación para los conductores de transporte colectivo debe ser mayúscula.

 

A pesar de esta condición de desventaja peatonal, el estilo de conducción de los choferes del transporte público a diario incrementa los riesgos, al ir a exceso de velocidad, hablar por su teléfono móvil o acelerar, frenar y cambiar de dirección con brusquedad.

 

Aunque hay honrosas excepciones, el propio gobernador ha aceptado que el reto es la calidad del servicio, lo que sin duda implica la forma de manejar de los operadores. (Ver: http://codiceinformativo.com/?p=123336)

 

Uno de los elementos para mejorar la calidad de conducción en Red Q era instrumentar el sistema de prepago, pues evitaría las distracciones al recibir dinero, contarlo y entregar el cambio, pero principalmente al quitar el acceso de los choferes al efectivo y consecuentemente evitar que en cada parada se disputaran -en maniobras bruscas con sus unidades- los pasajes.

 

La penetración de la tarjeta de prepago ha sido aceptable entre aquellos con tarifa preferencial, pero casi nula entre la población en general. Sólo el 30 por ciento de los usuarios emplea la tarjeta de prepago, reconoció el secretario de Gobierno, Jorge López Portillo Tostado. (Ver: http://codiceinformativo.com/?p=118301)

 

El acceso al efectivo en el cobro de los pasajes seguramente es uno de los diversos factores que llevan a los choferes a mantener una conducción brusca, poco amigable con los usuarios a bordo y los peatones, pero sin duda hay muchas más, como competir por el espacio con el resto de los vehículos y una deficiente señalización de las paradas.

 

Cambiar radicalmente los hábitos de conducción de los choferes traería beneficios inmediatos y objetivos, en materia económica, de seguridad, de salud y medio ambiente.

 

Un estilo de conducción con respecto a los límites de velocidad, sin “arrancones» ni frenadas bruscas, reduce el consumo de combustible y las emisiones contaminantes, incrementa la vida útil del sistema de frenos, pero sobre todo reduce los riesgos de accidentes para quienes van a bordo o transitan a su alrededor, con lo que los empresarios obtendrían mejoras inmediatas en su economía; y los usuarios, en la calidad del servicio.

 

Un adecuado protocolo para la conducción de las unidades del transporte colectivo aumenta la sustentabilidad de la ciudad y reduce la violencia vial a la que actualmente estamos expuestos todos.

 

Para lograr esa transformación es necesario invertir recursos financieros en infraestructura, tecnología y capacitación. Encontrar mecanismos para supervisar adecuadamente la conducción de las unidades y eliminar el uso del efectivo a bordo de los camiones, además de capacitar y evaluar a los choferes.

 

Si las unidades ya cuentan con GPS, es posible evaluar la velocidad promedio del conductor en cada tramo entre parada y parada, y sancionar al chofer, con independencia de la actuación de los cuerpos de seguridad pública.

 

No hacer un cambio pronto implica mantener una situación de profunda injusticia social, e impunidad vial donde se vulnera a los grupos mayoritarios: quienes perciben menos ingresos y no usan automóviles.

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