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Las 40 horas

El pasado 11 de febrero, el pleno del Senado de la República aprobó, con 121 votos a favor, cero en contra y cero abstenciones (en realidad siete senadoras o senadores, de los 128, no votaron en ningún sentido) la propuesta de reforma al artículo 123 constitucional, enviada por la presidencia de la República, con el fin de limitar la jornada laboral ordinaria semanal a 40 horas.

Es necesario recordar que la lucha por jornadas laborales decentes y humanas, a nivel mundial, viene desde hace más de 200 años. Un momento crucial es la Revolución Industrial en Inglaterra en donde las jornadas laborales ordinarias oscilaban entre las 10 y las 16 horas diarias, durante seis días a la semana. Es decir, jornadas laborales de entre 60 y 96 horas y en donde era habitual el trabajo infantil.

En este contexto, alrededor de 1810, Robert Owen hizo explícita la demanda “888”, cuyo significado es ocho horas diarias de trabajo, ocho horas para dormir y ocho horas para recreación (en realidad para hacer otras cosas importantes en la vida de las personas, tales como ir y venir del trabajo, comer, preparar los alimentos, hacer la compra, asearse, etc., lo que deja poco espacio para la recreación). Lo anterior con una semana laboral de cinco días, lo que da una jornada laboral ordinaria de 40 horas.

De hecho, mucha gente no sabe que el 1 de mayo, día del trabajo, a nivel internacional, se conmemora la lucha de trabajadoras y trabajadores de Chicago que el 1 de mayo de 1886 habían convocado a una de las tantas manifestaciones de la época para exigir, entre otras cosas, una jornada laboral máxima de ocho horas diarias. Manifestación que fue fuertemente reprimida y en la que hubo muertos y heridos.

México no fue la excepción y esa misma petición fue una de las demandas en la Revolución Mexicana que quedó plasmada en el artículo 123 constitucional: “Entre los obreros, jornaleros, empleados domésticos, artesanos y de una manera general, todo contrato de trabajo… la duración de la jornada máxima será de ocho horas”.

Sin embargo, el capitalismo salvaje, en la mayoría de los países, incluido el nuestro, siempre buscó revertir lo que se convirtió en derecho, tener una jornada laboral de máximo ocho horas diarias de lunes a viernes, es decir, 40 horas a la semana. Y esta tendencia se acentuó en nuestro país con los regímenes neoliberales, por lo que, actualmente, en México existen jornadas laborales de 48 horas a la semana (e incluso más).

Este es el contexto de la iniciativa de la presidenta, impulsada por Morena y aliados y ya aprobada en el senado y que se prevé que se discuta, vote y sea aprobada por el pleno del congreso este 24 de febrero, después de lo cual faltaría aún la aprobación de al menos 17 Congresos Estatales, lo que también es previsible que suceda en un muy corto plazo, luego de lo cual seguiría su publicación en el Diario Oficial de la Federación (DOF) para comenzar su aplicación gradual el próximo año, en el que la jornada laboral ordinaria máxima sería de 46 horas y se irá reduciendo dos años cada año hasta llegar a las 40 horas en el año 2030.

El PRIAN ha criticado esta propuesta señalando que no se incluyeron dos días de descanso obligatorios a la semana y otras cosas más, porque según ellos están a favor de las y los trabajadores, lo que es totalmente falso. Si estuvieran a favor de las y los trabajadores nos tendrían que contestar ¿por qué no promovieron iniciativas como esta cuando gobernaron el país y tenían la mayoría suficiente como para haberlas incluido en la Constitución?

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