Opinión

Las calles, verdaderos hilos del tejido social

Por: Gabriel Morales López

Decir una cosa y hacer otra puede calificarse de muchas maneras, desde incongruencia hasta un largo catálogo de adjetivos, pero dicha conducta parece encajar a la perfección entre el discurso y los hechos al hablar de tejido social en Querétaro.

Cuando un hecho de extrema violencia —como un homicidio, violación o robo— sacude las conciencias de las autoridades y ciudadanos, con frecuencia escuchamos expresiones que llaman a reconstruir el tejido social, entendido como una red de relaciones de solidaridad e intercambios constructivos entre quienes integran una comunidad.

Sin embargo, en los hechos —tal vez por omisión o de forma deliberada— se emprenden obras y programas de gobierno que lejos de favorecer las relaciones, las dislocan. El trazo urbano es decididamente un factor que deshilacha la cohesión de la sociedad.

Nuestro entorno citadino es mudo testigo de una acumulación de decisiones que durante décadas han ido rompiendo la capacidad de las calles para ser un “telar” social, decisiones que limitan, segregan y discriminan a las personas según su modalidad de transporte.

Los camellones en las autopistas urbanas de Querétaro —5 de Febrero, Bernardo Quintana, Autopista México-Querétaro, Anillo Vial Junípero Serra, entre otras— convierten el espacio público en impermeable para los peatones, so pena de muerte.

Aunque se han construido puentes peatonales, estos invariablemente implican mayor gasto de tiempo y esfuerzo para ejercer su derecho al libre tránsito. Al respecto, la Liga Peatonal propone, en la Carta de los Derechos del Peatón, que los puentes peatonales deben estar equipados con elevadores para que el puente sea efectivamente un conector, no un disuasor de las relaciones.

Pareciera una paradoja: sí, las autopistas conectan dos puntos lejanos, pero al mismo tiempo rompen las relaciones en los espacios que hay durante su trayecto. Terminan por desnaturalizar el objetivo primigenio de las ciudades: ser un espacio para las personas.

Bajo esta evidencia, tanto en Querétaro como en el resto de las ciudades del mundo, resulta necesario recuperar los espacios públicos, hacer regeneraciones urbanas para dar menos espacios a los automóviles y más a las personas.

Esta tendencia de recuperación de los espacios urbanos no es nueva, se ha adoptado en importantes ciudades alrededor del mundo, en lo que se puede denominar como la crónica del nacimiento, vida y muerte de las autopistas urbanas.

Boston, Portland y San Francisco, en Estados Unidos; Seúl, en Corea del Sur, y Bogotá, Colombia, nos dan claros ejemplos de cómo reemplazar espacios destinados exclusivamente para los automóviles en zonas de movilidad sustentable, que revalorizan los predios (lo que resulta en mayor recaudación del impuesto predial) y que devuelven a las personas el espacio público.

Como muestra, la cronología del caso del Bulevar Embarcadero, en San Francisco. En 1959 se construyó la Vía Rápida de Embarcadero, en 1989 un terremoto daña la autopista elevada, haciendo imposible su reparación; en 1991 se decide remover de la autopista elevada y reemplazarla con infraestructura a nivel de suelo y hasta el año 2000 se concluyó la construcción del Bulevar del Embarcadero.

Afortunadamente para Querétaro, la propia ciudad nos da indicios de cómo revertir estas decisiones que han roto la capacidad urbana para ser espacio del tejido social. La avenida Constituyentes hace décadas fue una autopista y hoy, en su cruce con la Alameda Hidalgo es un espacio permeable para peatones, ciclistas, automovilistas y el transporte público de pasajeros.

Aunque parezca radical, es el camino idóneo a seguir en las otras autopistas urbanas para ir recuperando los espacios públicos a su sentido original. ¿Cuándo veremos la demolición de camellones y pasos elevados para vehículos en 5 de Febrero y Bernardo Quintana? Ojalá haya una toma de conciencia entre ciudadanos y autoridades para que sea pronto.

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