Opinión

LAS OLIMPIADAS. EL FRACASO

JICOTES

Por: Edmundo González Llaca

No soy experto en deportes pero me queda muy claro que nuestra participación olímpica fue un fracaso completo. No solamente porque nuestros resultados no corresponden a lo numeroso de nuestra delegación sino también porque México, según dicen los especialistas, es el país que dedica más dinero a la promoción del deporte en toda América Latina.

Las olimpiadas, desde que las organizó la Alemania de Hitler, se han politizado, a tal punto que se considera que el número de medallas olímpicas están en relación directa con las bondades del sistema político.

Esta tesis fue también promovida por los regímenes socialistas que se aplicaron en la difusión de la vinculación del éxito deportivo y sus gobiernos. De ser cierta esta tesis, nuestro gobierno, igual que en nuestro deporte, campea la descoordinación de las instituciones, la grilla barata, el amiguismo y la corrupción. El diagnóstico de un gobierno en decadencia nos brinca por todos lados.

 

LÓPEZ OBRADOR Y VASCONCELOS

Reconozco que siempre me cuesta trabajo criticar a López Obrador, quizás el único líder nacional vivo, pero últimamente ha cometido pifias que coinciden con esa inclinación de nuestros presidentes autoritarios: la discrecionalidad. Esa omnipotencia chicharronera que considera que su palabra es la ley y él su supremo ejecutor.

Sin más López Obrador ofreció perdón al gobierno de Peña Nieto y a sus aliados. Lo menos que le podemos preguntar es: ¿De parte de quién? ¿Con qué facultad? Voy a recordar una anécdota muy de acuerdo y la respuesta de José Vasconcelos. En un mitin le gritaron: “Cuidado con el perdón, que no le pase lo que a Madero”.

Vasconcelos respondió: “Tiene razón mi interruptor. Se puede perdonar al que ofende nuestra persona, pero no podemos, no debemos perdonar al que ofende a la colectividad… Me comprometo a no perdonar a los perjudiciales a la Patria, a los ladrones de la política…”

DEPRESIÓN OLÍMPICA

Es una depresión que los sicólogos le llaman: “síndrome olímpico”.  Tienen razón, después de esa luna de miel de los juegos en las que hemos podido contrastar lo grisáceo de nuestras ciudades con los raudales de color de los escenarios; los cuerpos lentos, blandengues y fofos, de nosotros, los sedentarios, con la fuerza, vigor y energía de los atletas.

Y una de las cosas más bellas, comparar este mundo de gente contenida en sus expresiones y sentimientos con toda la gama e intensidad de las emociones del triunfo y la derrota. Regresar a la cotidianidad: obscura, fea, andrajosa y desfalleciente, lo menos que puede hacerse es deprimirse.

Han sido días alucinantes, increíble observar todas las formas de expresión del cuerpo; cómo se supera la fuerza, la altura, la velocidad y se rompen todas las marcas. Y pensar que este despliegue de la potencia física de los humanos no es nada ante las posibilidades infinitas de la mente.

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