Opinión

Las prácticas neoliberales y el supuesto de la salud mental

Por Benjamín Cruz Soto


Hoy en día vivimos fenómenos que son específicos de un tiempo que ha devenido distinto, en tanto se imponen nuevas maneras de pensar en la cotidianidad. La vida toma significados diferentes y las personas nos perdemos en un vasto y desordenado mundo, me atrevería a decir excedido por las mercancías y su consumo.

 

Actualmente los saberes sobre uno mismo han perdido vigencia, es difícil explicar lo que nos sucede sin acudir a un especialista, el cual, consideramos tiene el saber para aquello de lo que no podemos explicar, que nos causa sufrimiento y angustia. Por lo tanto se nos ofrecen diferentes “remedios”, “terapias” y “medicamentos”. 

 

Es interesante analizar este último punto y poner en evidencia un acontecimiento que merece atención y no debe tomarse a la ligera, me refiero a la medicalización del sufrimiento y de la angustia. Más específicamente: hacer de experiencias, sensaciones y afectos del ser humano una patología, algo a erradicar y no saber más de eso. Sin embargo de esto surge una pregunta ¿Cómo puedo saber de la felicidad sin antes haber tenido una dosis de sufrimiento? ¿Cómo puedo no sentir angustia, cuando ésta me avisa de los peligros?

 

El neoliberalismo desde todas sus estrategias con las que cuenta, y bajo el cobijo de la ciencia, ha hecho que los síntomas no orgánicos, que sostienen al sujeto y que además cumplen una función en la dimensión simbólica e imaginaria, se lean como orgánicos para nominarlos como síndromes, medicarlos y “curarlos”; apuntando al beneficio de los laboratorios transgrede los derechos humanos y se vale de poblaciones vulnerables para el desarrollo de estrategias político-económicas para implantar en nombre de la verdad, un problema donde, con mucha frecuencia, no lo hay.

 

Ejemplos hay muchos, pero uno que cautiva la atención es un documental que se encuentra fácilmente en la web, llamado: Los futuros clientes de la industria farmacéutica. Ahí se pone de manera clara, como surge una enfermedad psiquiátrica a partir de la inquietud o distracciones de los niños en las escuelas. La estrategia neoliberal hace alarma de algo que siempre había estado, pero en tanto un discurso que gana primacía sobre otros, en este caso el médico, logra otorgar el estatuto “enfermedad” a una característica típica de la infancia: la inquietud de los niños ahora se llama TDA. Las consecuencias de medicarlos pueden ser devastadoras.

 

El neoliberalismo ha comprado la ética de algunos psiquiatras, los ha inducido al uso de esos medicamentos que van más allá de un uso moderado y responsable, más bien han entrado a la dinámica del mercado, donde el consumo debe tomar primacía incluso sobre la vida de una persona que no se convierte más que en un número para el sistema.

 

Otro ejemplo es el de un laboratorio conocido que lanza un folleto, el cual tiene por entrada un eslogan que reza de la siguiente manera: “Depresión + Ansiedad. Un binomio que requiere atención”. Con esto ya comenzamos con una nosología que enmarca síntomas, los vuelve tema de preocupación y por ende de atención, de hoy en adelante ya no pueden pasar de largo.

 

Por lo tanto si usted pensaba que sentirse triste, fatigado o sin ganas de hacer algo era parte de un momento de su vida, ahora le harán creer que eso es una enfermedad, pues le queda estrictamente prohibido ser infeliz, en un lugar donde lo hay todo, donde se puede todo. La felicidad es eterna y la tristeza o la angustia no caben en un mundo que se mueve rápidamente. Le estorban a su dinámica, pues ellos generan preguntas ontológicas que no es posible detenerse a contestar.

 

Es tan claro cómo se impone un discurso médico como amo, tomando una superioridad del saber sobre el otro e imponiéndolo. Le quita al sujeto la posibilidad de responder de una manera individual a las preguntas que le generan sus síntomas, pues ahora es el médico el único autorizado a responder por eso, en el folleto encontramos la siguiente frase que argumenta lo que estoy tratando de transmitir: “El primer reto para tratar con éxito ambas enfermedades es reconocer su presencia y solamente el médico podrá hacerlo”.

 

El punto central no es emitir una crítica a la psiquiatría, pues uno debe respetar los campos que no conoce, más bien al abuso de su saber para imponer una verdad que es mentira y además, hacer de ello un uso desmesurado y abusivo de estos diagnósticos y con ello de medicamentos.

 

Sin duda experimentar el sufrimiento no es grato, la experiencia de sentir angustia es desagradable, pero más que intentar erradicar algo que es de uno, que incluso inscribe experiencias que permiten resignificar y encontrar sentidos distintos a la vida, es encontrar los elementos necesarios en uno mismo, que permitan entender eso que por el momento no tiene una explicación.

 

La vida por sí misma no tiene un sentido, las experiencias que uno vive cotidianamente, incluyendo alegría, felicidad, placer, tristeza, sufrimiento, desesperación y angustia, van tornando esos sentidos que no son únicos y para siempre, pues en tanto la vida y las épocas son cambiantes, hay la posibilidad de que algo distinto surja.

 

Por lo tanto, dejarse seducir por un fármaco que promete la felicidad, puede resultar eficaz en un momento, pero eso no garantiza que no tenga efectos secundarios. Pueden incluso ser peores que atravesar por las experiencias de sufrimiento y angustia, las cuales no son ni enfermedades, ni estados subjetivos desechables, pues son un mensaje para el sujeto.

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