Opinión

Las secuelas de la elección

Por Ángeles Guzmán

No sé si compartiría mis ideas, pero dedico estas líneas a la memoria del Dr. Ramón Del Llano, compañero y amigo.

El proceso electoral ha terminado, no así las secuelas que dejó. Se requiere tiempo para reconciliar a los actores, para establecer programas incluyentes y un largo periodo de tres años, para mostrar resultados que beneficien a la Universidad.

 

La situación aún es complicada, la asimilación del resultado para algunos aún es difícil, así como comprender que todo se resuelve en un acuerdo. Otros lo festejan, estando en diferentes bandos contendientes. Tal vez la reflexión que aquí expreso no satisfaga posiciones ni las justifique. No obstante, lo hago con el ánimo de ser una voz más que exprese su opinión en un afán de discernir lo que vivimos como universitarios.

 

No me escandalizan las campañas con su prácticas en donde hubo de todo: estudiantes y profesores convencidos de un proyecto, estudiantes y profesores que buscaron mejores condiciones (desde situaciones de privilegio, puestos en el futuro, hasta mayor calidad académica). No me perturba detectar los más disímiles intereses, ni me asombra el conjunto de prácticas llevadas a cabo por candidatos y operadores. Si la elección de Rector en la Universidad se hace con el voto de estudiantes y profesores de manera universal en cada sector, ¿por qué deberíamos ser diferentes al resto de nuestra sociedad?, ¿por qué somos universitarios? Yo creo que no. Como universitarios somos susceptibles a comportarnos como nos lo permite nuestro marco institucional y éste es todavía defectuoso.

 

Las voluntades, los ideales y los valores se hacen presentes en los momentos de cambio y transformación donde los actores son fundamentales. En nuestra Universidad ha habido esos momentos de cambio donde las voluntades, con todo lo que las mueve, han sido determinantes para orientar el rumbo. Así, pasamos de elecciones de Rector donde decidían unos cuantos, sin más justificación que ser consejeros universitarios por algún motivo, la más de las veces oscuro, a elecciones donde esos consejeros deben llevar el voto de sus respectivas urnas. ¿Un avance? ¿Un retroceso? Depende de cómo se le analice. Lo que me parece evidente es que ese cambio se dio desde voluntades de actores identificables, pero no se ha llegado a establecer un marco institucional que permita reflejar en las acciones los valores universitarios: libertad de expresión, responsabilidad, pluralidad, discusión libre de las ideas y proyectos, verdad y honor. No existe una cabal reglamentación de lo que se puede y no se puede hacer en las campañas. Equiparamos la elección de Rector de una Universidad a una elección de gobernantes en la sociedad civil. Esto, me parece, es la mayor de las falacias de nuestra elección.

 

Para la elección de gobernantes y representantes contamos con un marco jurídico que nos iguala a todos ante la ley, el voto es universal y lo mismo vale el voto del campesino que el del empresario. Eso trae costos y beneficios, pero es la base del régimen democrático. Así debe ser, ya que las consecuencias son para todos, como país, estado o municipio. Pero en la Universidad el contrato señala que unos forman parte como docentes investigadores o como alumnos. La responsabilidad no se comparte por igual, los beneficios son diferenciados. Jurídicamente no existe esa base de igualdad. ¿Por qué, entonces, queremos hacernos una democracia de iguales en donde, como punto de partida no lo somos? Y, atención, no estoy diciendo que haya superioridad o inferioridad moral o de algún tipo en un sector o en otro. La Universidad es una entidad que presta un servicio y debe contar con el marco institucional que lo garantice con calidad.

 

Es así que tenemos un doble problema en la elección de Rector: por un lado, queremos que la Universidad reproduzca una forma de elección que le corresponde a la sociedad civil, por otro lado, lo queremos hacer sin reglas claras. ¿Debe salir bien sólo porque somos universitarios?

 

Más bien, resultan en este proceso todos los vicios de nuestra sociedad, algunos ampliados. Personas que antes eran amigos, ahora se espiaron, se grabaron, se amenazaron. Alumnos y profesores fueron clientelizados, algunos votaron por el más simpático, otros por el que organizaba mejor las fiestas, otros, no los olvidemos, porque se convencieron de algún proyecto. La pluralidad, la tolerancia y el respeto se vieron mermadas por las pasiones que acompañaban el apoyo a una tendencia u otra: uno era completamente bueno, el otro completamente reprobable. Estos argumentos se daban entre alumnos y entre profesores, en eso sí fuimos iguales.

 

Lo que he oído de parte de mis alumnos y de mis compañeros profesores son voces de decepción, cansancio y hartazgo con respecto al proceso electoral y sus secuelas. Parece que la voz generalizada es que ya no queremos que siga siendo así. Entonces es el momento de las voluntades, de la discusión, de poner en práctica los valores que nos congregan como universitarios; ponernos de frente ante el reto de construir nuestro marco institucional, nuestras reglas del juego. Ya nos dimos cuenta de que el solo hecho de ser universitarios no nos exime de vicios. Mientras la elección de Rector siga siendo un juego político los políticos harán lo que está permitido e incursionarán en lo que está prohibido hasta donde las sanciones se aparezcan.

 

Intentar que la Universidad sea punto de referencia y motivo de orgullo para nosotros y el resto de la sociedad hace impostergable la discusión de cómo designar a nuestras autoridades. Somos una institución académica, no somos la sociedad civil, nuestro actuar se constriñe por reglas y si no existen, nos volvemos caóticos como cualquier sector social que no las tiene. ¿Ser universitario significa algo? Por supuesto que sí. Lo que acabamos de experimentar nos deja un aprendizaje que podemos capitalizar poniendo en juego lo que la Universidad nos da a pesar de lo que vivimos. La Universidad está más allá de un proceso electoral, su función social y lo que logra cotidianamente nos involucra a cada uno de los que formamos parte. Ahora toca que respondamos.

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