Opinión

Lo malo de “Lo bueno de ser bueno”

Por María del Carmen Vicencio Acevedo

Las suspensiones laborales de estos días valen para detenernos y pensar juntos hacia dónde se dirige nuestro mundo y hacia dónde estamos siendo arrastrados, no sólo quienes llevamos un largo trecho de vida, sino sobre todo los chicos que apenas despiertan a ella.

En 1954, la ONU recomendó dedicar un día a generar acciones en pro del bienestar de TODOS los niños. Esta recomendación (asumiendo su legitimidad) se diluye y pervierte en la economía voraz del neoliberalismo dominante, cuya principal característica es la reducción y cosificación de los seres humanos en pro del mercado.

Las personas no valen por sí mismas, sino sólo en cuanto actúen como dóciles instrumentos o funciones, al servicio de los intereses de esos pocos, que acaparan para sí la riqueza y el bienestar, que producen las mayorías.

En torno a esos intereses, toda la sociedad se organiza. Las grandes corporaciones (como Wal-Mart, sumida hoy en el escándalo), vulneran la soberanía de las naciones; sobornan a los gobernantes para obtener toda clase de privilegios; evaden impuestos; compran congresistas, regidores o jueces para que legislen o dictaminen en su favor; fomentan la dependencia y destruyen a los pequeños productores; propician la esclavitud velada; mutilan o cobran la vida impunemente a sus trabajadores, por falta de protección en accidentes previsibles; provocan el crecimiento desordenado de las ciudades; separan a sus habitantes, en zonas residenciales y fraccionamientos “pajareras” con casas de 40 metros cuadrados, sin áreas verdes; desquician el tránsito; contaminan el ambiente y rompen la ecología; privatizan todo lo público; menosprecian las artes y las ciencias que no estén a su servicio; imponen ideologías, culturas, formas de relación y costumbres auto y socio-destructivas; marginan, excluyen, persiguen o destruyen a quienes no satisfagan sus exigencias o cuestionen sus dictados.

Como consecuencia de este sistema, los niños y las niñas sufren cada vez más el abandono de sus padres, la violencia intrafamiliar, el hacinamiento en sus viviendas o salones escolares, la exigencia de trabajar para apoyar la economía familiar, el peligro de la migración, la carencia de espacios para jugar o hacer deporte, la obesidad y el bullying, la alienación televisiva, los embarazos prematuros, la degradación de seres inteligentes a consumidores acríticos, tiranos egoístas, narcomenudistas, adictos depresivos, esclavos sexuales y donadores de órganos.

Los niños observan en silencio, desconcertados, la corrupción, violencia y delincuencia de quienes se dicen “la autoridad”. Luego se acostumbran y concluyen que ésa es la única opción, también para ellos. Como dice el poeta: “Los niños aprenden lo que viven, los niños viven lo que aprenden”.

Acaso el programa “Los niños en el gobierno”, celebrado en estas fechas, ¿cambiará la percepción de la mayoría infantil, imitando la lógica perversa de seleccionar a “los mejores” e invisibilizar al resto?

Para los comerciantes, el Día del Niño representa un aumento en sus ventas. Para los políticos o candidatos, la oportunidad de ganar puntos. Por eso organizan fiestas para los chicos, comen tacos, se sacan fotos con ellos y les regalan (o dicen que lo harán) laptops. Así, sin ningún plan, desgranan el erario público, para mostrarse generosos y simpáticos; no importa que los ambientes de aprendizaje, en donde crecen los pequeños, dentro y fuera de la escuela sean deprimentes y altamente dañinos para su cuerpo y su espíritu. A ellos no les interesa transformarlos, sólo que la gente lo crea.

Esos grandes empresarios, esos políticos o esos candidatos, luego se escandalizan porque los chicos están “tan mal”, se drogan o son violentos e indisciplinados y sólo se les ocurre disminuir la edad de la criminalización. Culpan a sus maestros, “por su ineptitud y falta de vocación”, o a sus familias, “por su desatención y falta de valores (…)”, hasta que encuentran una nueva oportunidad para hacer negocio.

Un claro ejemplo de voracidad mercantil, disfrazada de preocupación por los niños, lo da Armando Prida, soberbio líder de la fundación “Educación por la experiencia”.

Ya que ni los maestros, ni los padres de familia saben cómo educar a los pequeños, él (que sí sabe) impulsa un programa piloto de formación en valores, “Lo bueno de ser bueno”. Este programa, financiado por las Secretarías de Educación Pública de Puebla y Tlaxcala, y que pretende imponerse más adelante a toda la República Mexicana (¡!), consiste en una serie de libros para los niños de educación básica, así como en talleres de capacitación docente.

Lo malo de “Lo bueno de ser bueno”, no es sólo que subordine a los gobiernos al interés privado, sino que imponga sobre los menores un discurso ramplón, sin sustento pedagógico, de gran pobreza teórica y lexical, plagado de moralina autoritaria, de errores conceptuales y prejuicios, que inducen a una falsa conciencia (diría Marx), a asumir posturas dicotómicas (separando a “los buenos” de “los malos”), propias de regímenes dictatoriales. (Basta ver sus promocionales en YouTube para reconocerlo). Se trata ésta de una “formación” que seguramente empeorará más las cosas, oponiendo a los chicos y a sus educadores, unos contra otros.

Este programa no resiste un análisis serio, y sí merece el veto firme de nuestras autoridades.

¿Serán ellas capaces de prepararse filosófica, pedagógica y políticamente para asumir la enorme responsabilidad de proteger a los pequeños frente a los abusos y trampas del poder, o seguirán el ejemplo de ignorancia crasa, negligencia, sumisión o complicidad de quienes los precedieron en otros estados?

metamorfosis-mepa@hotmail.com

 

 

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