Opinión

Lo que Francisco dejó

Varias afirmaciones del papa me intrigaron, pero una sobre todo, cuando en Ecatepec, en un arrebato casi violento dijo: “metámoslo en la cabeza: con el demonio no se dialoga; no se puede dialogar con el demonio porque nos va a ganar siempre”.

 

Por: Efraín Mendoza Zaragoza

 

¿Quién soy yo para juzgar la visita del papa Francisco a México? Lo que yo opine tendrá sin cuidado a los infiernos, por supuesto. Sin embargo, tengo la impresión de que su visita encajó muy bien dentro de las expectativas del gobierno federal y de los caciques locales, pues evitó hacer lío y se mantuvo en los márgenes diplomáticos de un jefe de Estado entre jefes de Estado. Tengo la impresión de que le quedó a deber a su feligresía, que padece una vida pública empantanada, desastrosa y sombría, tejida por la violencia y la desconfianza.

Nada añadió el papa a condenas conocidas. Salvo su estilo personal, nada añadió a las seis visitas papales anteriores. Nada añadió a su tono afable y coloquial que, desde luego, se agradece. Eligió un tono elíptico y abstracto, cargado de bellas metáforas, tan bellas que requirieron la interpretación de teólogos y exégetas. Evadió los temas sensibles. Dos al menos: la pederastia clerical y las víctimas de la desaparición forzada, ambos pecados institucionales de sus poderosos (y hasta ahora impunes) anfitriones. La obscena presencia de Norberto Rivera, la grotesca comunión del presidente y el tiempo que sí hubo para la farándula televisiva aplastaron gestos nobles como la reivindicación de Samuel Ruiz en una región donde el catolicismo casi es minoría. La Iglesia Católica seguirá en su pendiente de decadencia y todo quedará como un acontecimiento emocional para volver mañana a la iracundia habitual.

Nada podía uno esperar realmente. Sin embargo, si hubiera que recuperar aspectos positivos, me quedo con dos momentos, para mí los dos momentos significativos de este viaje. El primero fue su escala en La Habana. Hay que destacar el elevado simbolismo que entraña el encuentro del jefe del catolicismo con el jefe de la iglesia ortodoxa rusa, el patriarca Kirill. No sólo por los mil años de espera. Sino por lo que significa encontrarse con el otro distinto, con el otro alejado, con ese otero cuyo antagonismo fue cultivado con la paciencia de diez siglos. En días en que la palabra oculta más de lo que revela; en días en que la palabra incomunica más de lo que abraza, el diálogo entre dos antagónicos cobra extraordinario significado. Ahí la lección: usar la palabra para la confrontación, ruta inevitable para superar la confrontación.

El otro momento significativo fue el fabuloso silencio del pontífice en la Basílica. Pude percibir cuánta angustia produce el silencio. No sé cuántos minutos fueron y en realidad no importa si fueron 28, 15 o cinco. Cuando alguien calla crea una atmósfera extraña. Estamos habituados al infinito sonar de las alarmas y al infinito parlamento de los merolicos de la patraña mediática. No fue difícil percibir la incomodidad del silencio. No sabemos qué hacer con el recogimiento.

Nadie supo comportarse ante la contemplación. Ni los príncipes ni los faraones, enfrascados en el ruido incesante, apurados por la siguiente selfie y por los millones que vale cada segundo en televisión. Si casi nadie puso atención a las palabras del pontífice, creo que nadie de plano se detuvo a dimensionar el escándalo espiritual del silencio y la contemplación.

Varias afirmaciones del papa me intrigaron, pero una sobre todo, cuando en Ecatepec, en un arrebato casi violento dijo: “metámoslo en la cabeza: con el demonio no se dialoga; no se puede dialogar con el demonio porque nos va a ganar siempre”. Es decir, bajo el tono dialogante y tolerante que incluye su paternal rechazo a juzgar a los otros, subyace un pensamiento absoluto, dogmático, de categórica y violenta determinación. ¿Qué fuerzas de la sociedad o del Estado o del Mercado encarnan eso que llama “el demonio”? Porque supongo que es una metáfora cada vez más frecuente en él. Ya antes había soltado una oscura afirmación parecida: a México, dijo, “el diablo lo ha castigado con mucha bronca”, refiriéndose por supuesto al tropel de abominaciones que vivimos. Habrá que seguir atentos para entender a qué demonios se refiere cuando ordena a sus discípulos cancelar toda posibilidad de diálogo con el demonio.

Por ahora, sólo espero una cosa con interés: la visita que el pontífice prometió a Cuba para el acto con el que se sellará la paz entre el gobierno y la guerrilla de Colombia, tal vez en la segunda mitad del año. Y una más, seguiré atento a las medidas que como monarca del Estado Vaticano puede tomar (no olvidemos que el papa concentra en sus manos los poderes ejecutivo, legislativo y judicial) para hacer que el Evangelio vuelva al mundo, empezando por Roma.

Porque, como dijo hace días una de las víctimas de la pederastia clerical, el chileno Juan Carlos Cruz, “palabras bonitas las podemos decir todos, lo que queremos son hechos”. Pues sí, palabras abundan y palabras bonitas sobran. A todos nos llegan a salir palabras bonitas. Las palabras también indigestan. Es la hora del silencio, de ese silencio que precede a los actos que son el auténtico mensaje.

 

 

 

 

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