Lo que guardo en el baúl

Iba frente al mercado, cruzando la calle. En eso, sentí que la sangre se me subía hasta la coronilla; sentí mucho miedo: el auto se me acercó peligrosamente. Seguro acabaría bajo sus llantas: no podía hacerme a un lado. Para mayor ansiedad, el sol mañanero daba en el parabrisas y se me reflejaba en la cara; no veía quién conducía. Si bien, de haberlo sabido, ni eso me libraría de ser arrollada. El alma me volvió al cuerpo al ver, fuera de la ventanilla del conductor, un brazo que me hacía señas para que cruzara rápido. Pocas personas, en su auto, le dan a una el paso o le hacen señas de avanzar. Se creen dueñas de la calle y con autoridad para ir a sus anchas sobre el asfalto.
Con un saltito, salí de la ruta del vehículo y, a la vez, vi la cara de quien conducía: seguía manoteando, como si condujera una ambulancia con la urgencia de llegar a un accidente. La mujer sonreía; no tenía gesto de malhumor o furia. ¡Era Sara, mi amiga de juventud! Hacía más de 11 años que no la había vuelto a ver, aunque vivimos en la misma ciudad.
Risueña y franca, cercana a mis recuerdos, me hizo señas para que la esperara en lo que se estacionaba. Bajó del coche con rostro de plena confianza e intimidad. Supuse que también recordaba ella mi gran cariño. Tras del abrazo por el reencuentro y los viejos tiempos, la miré con detenimiento. Estaba muy demacrada. Hablaba de su mal, pero parecía que, con algo de culpa, como cargando con una vieja deuda. La enfermedad se apoderó de ella con silencio, así como fuertes dolores en cuerpo y articulaciones. A veces, se siente tan mal que ni se puede mover: y tiene que permanecer en la cama, en la misma posición, todo el día. Cuando le confirmaron su cáncer de colon, le dijeron que, hoy, es de los más graves males en México. Los enfermos sufren de fatiga constante, con heces en sangre, fuertes dolores en el tracto intestinal y pérdida de peso inexplicable. Los tratamientos son muy caros en edad avanzada. Dicen que el mal cobra 9 mil muertos al año en México.
Su voz era dramática y, a la vez, serena ante lo ineludible (una morirá más temprano que tarde, repite). Justo ahora iba a preparación al sanatorio de especialidades, donde, en días, la van a intervenir. Entonces, me ofrecí a acompañarla. Lo rechazó con firmeza. Se explicó: “andar en estos trotes, con sólo mis fuerzas y decisiones personales, es mi forma personal de despedirme de la existencia, sin pena ni dolor, si es que, al final, tengo que irme. Es mi manera de decirle “adiós” al regalo de la vida que me tocó, aunque no la merecí”.
Hace días hablé con Zambrano. Según él, hizo famosa a mucha cuando él fue cronista de la ciudad. Todavía lo buscan para que les dedique unas líneas – “con rigor profesional y de primer nivel”. Debido a su probidad, piensa, los editores se disputan reseñas que él escribe para rotativos.
Hace años, el periodista le dedicó unas notas. Según él, ella fue nombrada “Reyna de las Fiestas Patrias”, porque él la recomendó; que, por eso, la llevaron a “Palacio Nacional”, a la CDMX, a presidir un festejo patrio. Después, al regreso de México, por él fue solicitada en muchos lados: le llovieron ofertas para hacer cine, peticiones de matrimonio, de salidas al extranjero y fiestas suntuosas. Ella casi rechazó todo, por timidez y miedo. Pero supo que era admirada.
Le llegó, al fin, una oferta para hacer cine en Hollywood. Estaba muy impresionada. Lo comentaba a sus amigos, pues no se imaginó que podría “llegar tan lejos”. Sacó del baúl, donde guardaba sus documentos básicos, el acta de nacimiento, para actualizarla; también, procuró fotocopia a colores de su nominación como “Reyna de las Fiestas Patrias”, y pidió actualizar su pasaporte para viajar a la meca del cine, en los EE. UU.
Seguro, organizaba mentalmente esos tres documentos: ni siquiera se dio cuenta de que se detuvo justo atrás de un gran camión de mercancías, cuando éste descargaba cajas para las bodegas del mercado. Tampoco vio que el camión se echó para atrás y, menos, cuando su cráneo quedó contra un poste de concreto, y la cara –que le valió premios de belleza– terminó como masa sanguinolenta.