Opinión

Lo que le falta a La educación prohibida

Por: María del Carmen Vicencio Acevedo

Se difunde rápidamente, en YouTube, la película La educación prohibida, que hace serios cuestionamientos al sistema educativo actual y dice verdades incómodas, buscando cambiar la perspectiva dominante. Se trata de una producción cooperativa de la “Red de Educación Viva”, que integra a académicos y jóvenes estudiantes de diversos países iberoamericanos.

La educación prohibida crítica acremente a la escuela “tradicional” dominante (más bien: “capitalista, castrante y excluyente”, que no necesariamente es lo mismo), iniciando con una recreación de la famosa alegoría de “La caverna” de Platón, en la que varios esclavos viven encerrados, sin acceso al mundo exterior. Sólo ven sombras y su concepción de “realidad” se reduce a éstas. Si pudieran salir alguna vez, quedarían totalmente desvalidos en el mundo real, tan extraño y complejo.

En el tercer milenio, las cosas no han cambiado mucho. Según esta película, la escuela que sufre la mayoría de los chicos es muy similar a esa cueva, pues “muy poco de lo verdaderamente importante sucede en ella (y) lo que realmente vale la pena no se anota en los cuadernos, ni cabe en una calificación”. La escuela no sólo no prepara para la vida; inocula en quienes asisten a ella el miedo, la sumisión, el egoísmo y la insensibilidad: “Obedece, compite, desconfía, no pienses, no discutas, no expreses lo que piensas, no te atrevas”, son mensajes que recibimos desde pequeños. Conforme más grados se cursan, más se pierde la curiosidad intelectual y más inhibiciones se adquieren, hasta que los mayores dejan de ver, de sentir y de escuchar.

“La educación prohibida” sitúa el origen de la escuela moderna, (como la conocemos), en la época del Despotismo Ilustrado, que mantiene la tajante separación entre las escuelas de élite y las de la plebe. Contra ese despotismo, la película promueve el respeto al enorme abanico de opciones educativas liberadoras, que desde hace casi un siglo se desarrollan en diversas partes del mundo, en espacios formales y no formales, privados y públicos y desde diferentes estilos: activo, popular, holístico, ecológico, libertario, etc.; experiencias altamente valiosas, que merecen todo el reconocimiento social, pero que están prohibidas porque llevan a los jóvenes a pensar, a expresarse por cuenta propia y a confiar en su facultad creativa; y esto, viéndolo bien, resulta peligroso para el statu quo.

Todas estas propuestas coinciden además en plantear preguntas incómodas, como la de ¿qué es lo realmente importante? ¿Pasar los exámenes y conseguir un título? ¿O desarrollar la comprensión del mundo en que vivimos? ¿Aumentar el deseo o la alegría de vivir y la confianza en la propia capacidad transformadora?

Algo le falta, sin embargo a esta película: La denuncia a otras formas de educar mucho peores que la abiertamente autoritaria y cuyos daños no se dejan descubrir tan claramente, pues se presentan tras rostros amables o “divertidos”, con palabras suaves y “lineamientos necesarios”.

Me refiero, entre otros, al modo laxo de educar (también capitalista) dentro y fuera de la escuela, que se rige por la ley del menor esfuerzo, del relativismo a ultranza; el que se caracteriza por su falta de reglas o límites y deja ser (laissez faire) al capricho egoísta y a la impunidad, dando como resultado la desidia intelectual, la ignorancia, la mediocridad y la debilidad social (como la que se da en la televisión).

So pretexto de evitar el autoritarismo, de “centrarse en los intereses del niño”, deja que las cosas sucedan, sin intervenir. Esto facilita, en los hechos, el imperio del más fuerte (que ya no es quien asume la autoridad formal, sino quien es privilegiado por ella “justificadamente”).

En este contexto, el “respeto a los menores”, no siempre es tal. No siempre el “dejar hacer” da como resultado a esos chicos felices y deseosos de aprender, tipo “buen salvaje” rousseauniano (cuyo tufillo deja escapar la película mencionada). Los niños y adolescentes, como seres sociales, son vulnerables a todo alimento espiritual (nutriente o chatarra, devastador o edificante) que reciben desde la cuna. Así, los llamados “intereses espontáneos de los niños” son, en realidad, muchas veces internalizaciones de la ideología dominante, que convienen a los dueños del mercado.

Casi al final de la película, aparece la frase-corolario: “La educación está prohibida, no por culpa de las familias, no por culpa de los chicos, no por culpa de los docentes. La educación la prohibimos todos, cuando elegimos no escuchar…” Si bien esta frase resulta pertinente para generar conciencia sobre la participación que todos tenemos frente a la educación autoritaria, por permitirle ser como es, la entelequia del “todos somos culpables” (¿por qué “culpables” y no “responsables”?) puede llevar también, por un lado, a la conclusión relativista, de que nadie lo es, y, por el otro, a la de que todo depende sólo de la voluntad individual (de mí, de ti).

Con esta frase, la argumentación inicial (que ligaba a las formas de educar con su correspondiente sistema económico), se viene abajo. El minúsculo grupo de poderosos hipermillonarios que mueve los hilos de nuestro mundo-títere se mantiene convenientemente oculto y a salvo y “aunque no nos guste, como ellos son los que dictan las reglas, no hay nada más que hacer”.

La crítica a la educación “tradicional” es algo muy antiguo; pero también lo es la crítica al modelo opuesto, rousseauniano, y al técnico-eficientista que ahora nos domina. Todos estos modelos y sus cuestionamientos conviven “sin bronca”, en la lógica de la “complejidad” y de la Teoría del Caos (a la que también se refiere la película), así como también en nuestras cabezas disociadas. ¿Por qué será?, seguramente no por vivir en democracia.

Sigamos la discusión en el nuevo programa radiofónico sobre educación: “La pregunta… del águila que se levanta”, todos los sábados a las 12, en Radio UAQ, 89.5 de FM.

metamorfosis-mepa@hotmail.com

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