Opinión

Los demasiados ruidos

María del Carmen Vicencio Acevedo / metamorfosis-mepa@hotmail.com

PARA DESTACAR: ¡Bienvenidas, pues, las nuevas tecnologías de la información! Ese no es el problema. El problema es que ellas solas no bastan para leer el mundo, especialmente cuando la sociedad de mercado bloquea las condiciones para hacerlo.

En 1972, Gabriel Zaid publicó su obra ‘Los demasiados libros’, con la que mostraba la multiplicación exponencial de escritos en el mundo, señalando las dificultades de cualquier lector, para seguir el ritmo del mercado editorial y mantenerse bien informado. Algunos analistas señalaron que dicho libro, más que ser un reporte de investigación sobre lo que la gente leía, constituía “un alegato en favor de la lectura y en contra de una escritura desaforada, nacida de la egolatría global”.


Las leyes del mercado, aplicadas a la academia, exigían producir, no importa qué, ni cómo, con tal de que fuera mucho. La habilidad para publicar y vender, ofrecía buenos dividendos: prestigio, posibilidad de dar la vuelta al mundo (justificada por la participación en congresos), además de dinero extra, etc.
Paulatinamente y por diversas razones, los estudios superiores se fueron devaluando y ya no solo escribían los académicos. Por el principio democrático, innumerables personas, ganaron confianza y ejercieron su derecho a publicar también, mediante las nuevas tecnologías que se ponían a su alcance.
Así, leer pasó a segundo plano. Resultaba mucho más fácil, “productivo” y “medible”, escribir, y la expresión de Borges caducó: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído».

Aún no entraba en vigor el modelo neoliberal, ni existía el TLCAN. Se escribía en máquinas mecánicas, y el internet, apenas se estaba concibiendo. Así que, si comparamos la información que fluía entonces, con la que fluye ahora, se entenderá por qué algunos llamamos mentira, a la llamada “sociedad del conocimiento” de nuestra época.

La saturación de información tan diversa, tan confusa, tan estridente y conceptualmente pobre, que sufre la mayoría de la gente,  es tan brutal, que la lectura del mundo se ha vuelto extraordinariamente difícil.

La motivación para leer (ahora con prestigio mercantil), quedó atrapada en ese eslogan del Consejo Coordinador Empresarial: “Lee 20 minutos al día” (¿Para qué? No interesa). Los libros sirven para ser comprados en las ferias internacionales y luego, acumulados en la sala de la casa. Los héroes de la promoción lectora, han tenido que dejar las escuelas, para promover talleres marginales en bibliotecas independientes, a las que pueden acudir solo unos cuantos.

No niego con esto, que las nuevas herramientas tecnológicas, han traído otras formas de lectura, mucho más ricas y eficientes, o de escribir, más sintéticas, creativas y fascinantes. La teoría conectivista ha mostrado con mucha claridad, que una auténtica lectura del mundo, no requiere necesariamente de impresos (ni siquiera, a veces de lenguaje verbal); que las nuevas generaciones cuentan con herramientas que les permiten captar o producir rápidamente mucha más información, que lo que logran los viejos, a través de hipertextos, esquemas, imágenes, caricaturas, cuadros y demás, y que ahorran mucho tiempo y esfuerzo.

Recuerdo aquí al lingüista Walter Ong, riendo del filósofo Platón (escritor prolífico), por criticar la tecnología de la escritura, porque deterioraría la memoria de la gente; cuando en realidad, esta ofrece al ser humano una prótesis que lo libra de acciones mecánicas y engorrosas, y le permite analizar las cosas con mayor profundidad.

¡Bienvenidas, pues, las nuevas tecnologías de la información! Ese no es el problema. El problema es que ellas solas no bastan para leer el mundo, especialmente cuando la sociedad de mercado bloquea las condiciones para hacerlo; destruye la escuela pública, castiga al pensamiento crítico y aliena la mente, saturando el deseo de comodidad, evasión o placer fácil.

En estas condiciones, cuando fluye tanto ruido dogmático, tanta información burda, superficial y falaz en la vida cotidiana, resulta casi imposible organizarla, seleccionarla, y sobre todo, comprenderla a cabalidad. Así, muchos, buscando qué hacer frente a la grave traición de los políticos, aceptan fascinados y sin mayor análisis, que “Callo de Hacha” (¿periodista?) los llame “pendejos”; que Carlos Slim sea “el candidato ideal a la presidencia”; o dan importancia a criterios irrelevantes, que nada dicen de la condición moral de los nuevos “salvadores”: “es joven”, “es mujer”, “es ciudadano independiente”, “es rico”, etc.

Eso que fluye, pues, por las redes, no es conocimiento. Conocer es mucho más que recibir información; requiere de un arduo trabajo intelectual.

Enseñar a aprender a leer críticamente y creativamente la realidad ha sido tarea fundamental de la educación pública (y sólo es posible en comunidad); una educación, que los neoliberales buscan pervertir.

No permitamos, pues, que se reduzca el financiamiento de las escuelas públicas, pretextando que “todo está en internet”, al alcance de cualquier individuo.

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